13er Congreso

“En materia de autonomía, la Constitución abre y no cierra” fue la frase de Solé Tura, uno de los padres del texto y portavoz de los comunistas en las Constituyentes de 1977-1979. Txiki Benegas afirmó que, en lo relativo al Título VIII, la Constitución era más progresista que la del 31 porque “reconoce el derecho de autonomía para todos”. Miquel Roca, por su parte, afirmó que “serviría para la consolidación de la democracia”.

El 21 de julio de 1978 eran asesinados por ETA el General de Brigada Juan Manuel Sánchez Ramos y al Teniente Coronel Juan Antonio Pérez en Madrid. Ese mismo día se aprobó el texto constitucional por el Pleno del Congreso de los Diputados por 258 votos a favor, dos en contra y 14 abstenciones.

Hasta tal punto tenía la historia de su parte el entonces diputado Roca que, esa misma tarde, se votaba la disposición derogatoria y, con ella, pasaban a mejor vida toda una serie de leyes del franquismo. Era la propia aprobación de la Constitución la que iba a sepultar el inventario generado por unos legisladores que llevaban la arbitrariedad en la potestad de sancionar leyes tan lejos como no hace mucho hemos podido vivir. Es más, era la propia aprobación de la Constitución la que iba a poner límite a esa arbitrariedad.

La tarde del 21 de julio, antes de votar la disposición derogatoria, el secretario de la cámara leyó esa lista de leyes franquistas a sepultar y, por cada una de ellas que era nombrada, se oía un “¡Bien!” emitido por más de uno y más de dos diputados. Era, en gran medida, toda la celebración que el Congreso se podía permitir tras los atentados de esa mañana.

41 años más tarde asistimos a una apertura de legislatura, la 13ª, en la que hemos visto comportamientos que, esperemos, sólo se albergará en las actas del Congreso y en alguna memoria hiper-excitable. Sesión (y jornadas siguientes) que, por suerte o por desgracia, son propias de una democracia de la edad que tiene la nuestra, la verdad.

Los años 80 demostraron que todo el mundo andaba con mucho cuidado a la hora de saltarse ningún paso o reglamento a fin de que nada se quebrara por la extrema fragilidad de todo. Por otro lado, si tuviéramos una democracia de 200 años, posiblemente seríamos mucho más respetuosos con lo que nos hubiera llevado hasta allí. Pero… en fin, sin estos 41 nunca podremos llegar a los 200.

Obvio las posibles referencias a la Presidencia de la Cámara respecto a lo que tiene entre manos, de lo que ya se ha hablado mucho. Me centraría en la eficiencia y lealtad debidas del máximo representante del legislativo por hacer funcionar con solvencia una institución en la que, si bien todo en este mundo es finito, la primera temporalidad es la propia, no la del Parlamento que, a fin de cuentas, debe perdurar, al menos, esos 200 años.

Pero, sobre todo me centraría en que la institución que representa y gestiona se define en el término sajón de “law maker”: “hacedor de ley”. Hoy lo veo mucho más descriptivo que “legislativo” porque puede que, a fuerza de ser repetido en desde el martes en multitud de frases vacías, el término haya perdido de alguna manera (y temporalmente) conexión con su significado.

Enrique Cocero

Consultor electoral y socio Fundador de 7-50 Strategy

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