Acallar el silencio

El lunes Rivera rompió el tablero y, llevando las reglas al límite, planteó un debate que nadie vio venir, ni contrincantes ni espectadores. Tuvo buenos y no tan buenos momentos: los buenos llevar a Sánchez allí donde éste no quería estar y entre los otros destacaría el cierre. Si hace tres años Iglesias le robaba los golpecitos en el pecho a Bartlet (El Ala Oeste), Rivera le quitó lo de “el silencio” a Brad Pitt en Moneyball.

 

Cada candidato ayer llevaba al debate su mochila. Si la de Iglesias era la más ligera, la del resto, más o menos igual de pesada. Rivera por mantener el nivel, Sánchez por recuperar la figura de presidente (algo intentó anoche delegando en Ábalos el postDebate) y Pablo Casado por tener un poco más de cintura y agilidad.

 

A esto sumemos que había dos actores más; Ana Pastor y Vicente Vallés, dos periodistas de estilos muy distintos, lo que añadía un motivo más para la alerta y, cómo no, la concreción: Pastor la incisiva y determinante, Vallés el hombre tranquilo que busca los huecos y las grietas.

 

Pedro Sánchez no tardó ni un minuto en su primera intervención en hablar de las derechas. Ni en la segunda. Pero la segunda fue más llamativa, porque ahí salió el Pablo Casado que su parroquia (y la que está en la frontera) esperaba. El Pablo Casado que tardó nada en obtener de Sánchez lo que el lunes logró Rivera. De hecho, Rivera intentó ser aquel Rivera y no lo logró, al menos no al mismo nivel.

 

Iglesias abundaba en su estrategia del lunes, pero mejor desarrollada porque ya no parecía exento, aunque en ocasiones pudiera parecer que quería estar más dónde Vallés (o Pastor) que en ese atril. Dejaba claro que su frase de “déjennos estar 4 años en un gobierno” (ojo, que no gobernando) era una afirmación fundamentada. A lo mejor había escuchado los comentarios de los españoles que esta mañana eran entrevistados por los medios y que se quejaban de la falta de propuestas. A lo mejor todos habían escuchado y se vinieron con las propuestas y los datos. Entre propuesta, dato, entre toma de palabra y toma de palabra, y en la mejor tradición del hockey, los moderadores dejaban un tiempo para el enfrentamiento. A fin de cuentas, también como en el hockey, las peleas suben la audiencia.

 

En definitiva, un debate consecuencia del debate del día anterior: los que se vieron fuertes acentuaron y los que vieron mejora, mejoraron (sí, dos y dos) y, cuando se embarró el debate, se llenó de fango, dejando así el primer debate más como calentamiento que como partido de ida.

 

Apartado especial para el capítulo del intercambio de los “regalos”. La frase de Rivera “le voy a regalar un libro que usted no ha leído; su tesis” tan sólo me trajo a la mente aquella anécdota en la que Dumas hijo le dijo a Dumas padre: “¿Has leído mi libro?” a lo que el progenitor contestó “No, ¿y tú?”

 

Enrique Cocero

Consultor electoral y socio Fundador de 7-50 Strategy

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