Atomización

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Dentro del parlamentarismo que nos ocupa, uno de los elementos más perversos (a falta de un calificativo mejor) son las listas electorales. La cúpula de un partido elige a los que van a acompañar en el Congreso al líder, si las candidaturas reciben los votos necesarios por provincia y es ahí donde está la perversión:

un partido no elige siempre a los candidatos más idóneos para la provincia, sino los más afines al líder que, si se da la circunstancia y el territorio les reconoce como propio, pues mejor que mejor.

Imaginen un partido como podía ser el PP de los 90 o el PSOE de los 80. No había ningún problema a la hora de elegir candidatos en listas porque, hasta un número satisfactorio, casi toda la gente que se esperaba que entrase, entraba. Tampoco había muchos problemas con la cercanía al líder porque, salvo en aquel Ferraz del 1 de octubre de 2016, no es muy habitual ver disidencias: entre los de arriba porque son pretorianos al líder, entre los de no tan arriba porque quieren acabar en el círculo de confianza.

Mención aparte merece Podemos y la siega de Pablo Iglesias, pero la estructura revolucionaria que se prometía de inicio chocó con los modelos al uso y… la naturaleza humana no reacciona bien ante estas divergencias. Así que, como decía Richard Pipes, toda revolución implica una guerra civil.

Bien, ¿recuerdan Parque Jurásico? En la película, Jeff Goldblum interpreta el papel de un matemático especializado en teoría del caos llamado Ian Malcolm. Tiene muchas frases memorables: en una de ellas habla de la poca humildad que se respira en el parque temático, haciendo uso de la ciencia sin haber adquirido la disciplina para alcanzarla, pero la que más resalta es cuando afirma que “la vida se abre paso”. 

Pequeño paréntesis para hablar, hoy también, del sistema electoral americano (aplica similar en el británico). Los congresistas, aquellos que conforman la cámara baja, la más potente a nivel legislativo, son elegidos distrito a distrito. Para llegar a ello necesitan, como mucho, imponerse a un compañero de partido en primarias y, el día de la elección, ganar al rival del otro partido. Hay distritos muy demócratas en los que no compiten republicanos (38 en 2018) y viceversa (3). Es decir; nadie dice a un candidato o candidata si puede presentarse. Él evalúa opciones y decide, le caiga bien o mal a quien sea dentro del partido. Cierto que puede recibir apoyos o que esos apoyos potenciales le animen, incluso faciliten las cosas, pero por las mismas puede declinar.

El caso es que estos congresistas se deben, en un escenario optimista, tanto al partido como al distrito, pero ellos mismos no olvidan que es el distrito quién los elige. Es decir, son el alineamiento y el trabajo por la circunscripción (el distrito o el estado, en el caso de los senadores), lo que les facilitan el puesto en la siguiente elección, aún en contra del voto del partido. De hecho, evidenciar que no se ha alineado con la circunscripción es una mina de oro para el siguiente rival.

Esto no pasa en nuestro sistema, pero la vida se abre paso. Ya conocíamos el modelo de partidos que se presentan por una sola comunidad autónoma: BNG, PNV, ERC, las mutaciones convergentes… Podemos nos trajo las mareas y con ellas cierta pérdida de control desde Madrid en la configuración parlamentaria: “no los elegimos, pero confiamos en que se nos unan después”. Compromís fue el ejemplo más extremo porque Baldoví ni siquiera quiso entrar en el mismo grupo parlamentario que Iglesias había montado a forma de arca (elijan ustedes si de la alianza o de Noé).

Cierto que teníamos un tapado que era la representación en las uniprovinciales: sabíamos de UPN, Geroa Bai, Foro o PRC, partidos que representaban a estas Comunidades Autónomas, pero Teruel Existe (que presume de no ser un partido) nos ha dejado el impacto de presentarse por una provincia en “estado puro”.

Parece que el votante no se siente representado por los partidos que juegan a nivel nacional, por los que usan ciertas provincias para colocar a los suyos (a no ser que te llames Julio Rodríguez), así que parece que basta el detectar la necesidad y tener un plan local para convencer de la viabilidad de la atomización política.

Parece que ya no son válidas las inyecciones de esteroides en primacía moral de la izquierda, ni los discursos llenos de valores a recuperar por la derecha. Parece que la España vacía (loor a Sergio del Molino) o vaciada (los que no quieren pagar derechos de autor) reclama su espacio y, lo que empezó como una broma y siguió como un anuncio de intereses suecos, es hoy determinante para lograr un escaño que en abril estaba en manos de Ciudadanos y que en noviembre ha robado el liderazgo del PSOE en Teruel.

Y parece que el ejemplo puede cundir si los diputados no miran a sus provincias, si siguen aceptando el criterio del partido como algo vertical, si no se ve la lucha interna en defensa de los territorios y si, al tiempo, el nacionalismo o el regionalismo tradicional siguen llevándose el gato al agua. Dejará de valer, aviso a mareas y tsunamis, el izar en campaña la identidad y hundir en el Congreso la voluntad (por seguir con el símil marino).

Sospecho que si, para Pedro Sánchez en la investidura, todo era un no al sectarismo, pero sin bochorno a la hora de hablar de “cordones sanitarios”, mientras, en muchos sitios de nuestro mapa, se está alimentando la posibilidad de tener diputados con ideas más hundidas en la propia tierra que en la lejana moqueta.

Sospecho que los partidos de amplio espectro (que si digo “tradicionales” puede que alguno no se sienta aludido) aún siguen pensando que nada ha cambiado, que toda la representación es un bloque. Pero la vida se abre paso y, como en la disciplina de Malcolm (Goldblum), pequeños cambios en el sistema de origen producen grandes cambios en el de destino.

Enrique Cocero

Consultor político y socio Fundador de 7-50 Strategy

Artículo publicado en la edición impresa de Expansión

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