Imperativo categórico

Siendo sincero diré que, viendo los 123 diputados del PSOE, partía de la base de que habría gobierno. De hecho, hubo un momento en que pensé que, en Podemos, alguien tiraría de calculadora y diría que tampoco era plan perder la asignación económica que dan 42 diputados con sus comisiones, mesa del Congreso… Luego esto se podrá vender de distintas maneras, incluso como una renuncia a un poder prestado por mantener la esencia, pero perder escaños es perder asignación y, por tanto, perder recursos.

Casado no ha sentido la necesidad de moverse, el PSOE ha logrado pulir mucho su argumento de la abstención del 2016 y, en éstas, llegó Rivera con su propuesta que ha abarcado un espectro de opinión que iba de oportuna a oportunista. Podría parecer oportuna por posicionar al PSOE fuera del alcance de populismos e independentismos, pero oportunista porque, lograr que se tire abajo el gobierno de Navarra, implicaba para el PSOE abrir brechas en otros sitios. Todo esto sin hablar de la propuesta de una acción preventiva en Cataluña con el 155 como ariete.

Aquí me planteé la diferencia entre lo que es la legislación frente a cómo es percibida y la ética que subyace en explicar la primera o alimentar la segunda. Así que, pensando en tomar distancia, decidí mirar a las grandes ligas y hacerlo en todas las dimensiones, incluida la variable tiempo, por lo que acudí a los clásicos y a los ilustrados… bueno, a un clásico de la ilustración.

Dado que mi referente hoy va a ser Kant, busqué material en Google del prusiano (que hoy sería ruso) y me sorprendí cuando veo que “ética” aparecía inmediatamente debajo en el extensible de Google. Resulta que esta materia era, para mi sorpresa, una cuestión muy recurrente en lo que se refiere al interés que despierta Kant.

Como todo en mi vida, la alegría primera dio paso a la posterior suspicacia y decidí limpiar de cookies, historial de navegación y búsquedas previas el navegador y volver a consultar. Tal y como sospechan, Google reconocía al filósofo, pero de la ética no quedaba ni rastro.

Al tratar la ética, Kant parte de que la moral nace de las personas que tienen la voluntad de hacer el bien y es la única virtud que no puede ser tergiversada por su finalidad. Explico esto: piensen en la lealtad, o la valentía, o la inteligencia. Ahora piensen en ponerlas al servicio de un infame. Por muy virtuosas que sean la lealtad, la valentía o la inteligencia, su aplicación llevaría a consecuencias lesivas para otras personas.

Según Kant la ley moral nos obliga a todos y su principio fundamental es lo que él llamó el imperativo categórico: «obrar de forma que la máxima de la voluntad valga como principio de una ley universal». 

Volvamos a lo que ha pasado de abril a hoy en España que, si ha pasado algo (salvo durante 4 semanas, poco), desde luego no ha ocurrido nada que pudiéramos decir fuera el modelo para una ley universal… ni comunal, ni siquiera vecinal. Aún menos cuando, hace tres años, ya vivimos el mismo escenario.

Es muy difícil hoy defender y argumentar algo que no sea el fracaso de esta legislatura. Porque ha sido una legislatura no fallida, sino fracasada. Es el Congreso, son los 350 diputados, los que votan la investidura del Presidente del Gobierno y para ello la Cámara estaba constituida y operativa, con lo que, con todos los medios a su disposición, al no lograr su primer objetivo, el fracaso es evidente.

De hecho, es también muy complicado culpar de forma argumentada al Artículo 99 porque, el deber de aquel al que le afecte es formar gobierno, no buscar cómo rebajar la exigencia o argumentar de que presenta un nivel no acorde a los tiempos.

Así que, tal y como se han desarrollado estas últimas 21 semanas, con las elecciones ya en marcha y las maquinarias empezando a bombear combustible, todo lo que ha habido hasta hoy ha sido una comunicación a acérrimos, no a votantes y menos a ciudadanos. Ha sido un mensaje para primarias, pero lanzado a la población.

Es más, existe muy alta probabilidad de que lo que quede por delante sea más de esta misma comunicación, a no ser que venga alguien osado a romper la dinámica y a buscar ganar corazones y mentes por una vía que realmente suponga una alternativa. ¿El problema? Que de abril a hoy no ha habido ni nuevas propuestas, ni nuevas caras, con lo que la disrupción debe acometerla alguno de los actuales candidatos.

Abundando es esperable una menor participación que la que hubo en abril y resulta que la abstención favorece a aquél que moviliza mejor a su votante. Si el voto que decide está en el centro, quién hoy lucha con mayor eficiencia por este segmento es el PSOE (recuerden lo comentado aquí hace unos días sobre la encapsulación en la comunicación política). Sin ir más lejos, en la sesión de control del miércoles, Cayetana Álvarez de Toledo preguntó a Carmen Calvo qué era «progresismo» y ésta no tuvo más que abundar en lugares comunes, esos lugares comunes que parece que siguen dando el resultado deseado.

Enrique Cocero

Consultor político y socio Fundador de 7-50 Strategy

Encapsulación

La ventaja en el mensaje de la izquierda es el encapsulado. Términos como “social” o “progresista” son referencias inequívocas, lugares comunes de este segmento político, aunque la segunda sufra de aquello que aquejaba al comunismo en Italia en los 90 y es que había una corriente por cada italiano que se decía comunista. Hoy, una formación política de izquierda, no toca el concepto, prefiere no romper el hechizo, hace por mantener vivo el espíritu y, si acaso, le añade propuestas acordes a los tiempos que se vivan.

Un ejemplo de completar con propuestas son los 370 (que serían 369 en cuestión de minutos) puntos puestos en la mesa por el PSOE para un acuerdo de investidura, pero «progresista» y «social» están tan cargados en el imaginario, que perfectamente puede pasar sin ningún añadido, como ocurrió en el periodo que podemos llamar desde elecciones hasta vacaciones. Largo periodo, mudo unas veces, sordo otras, en el que deberían haberse dedicado a forjar acuerdos y no a publicitar desencuentros.

Así que la pugna dentro de la izquierda hoy está en mostrar quién tiene mayor potestad sobre estos términos. El Presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, dispone en sus recientes intervenciones de un atril con un frontal («galleta» se suele llamar) de color rojo que, en letras blancas, reza (con perdón) “Por un Gobierno Progresista”, algo con lo que, junto a su satélite “Programa Común Progresista”, hace que saquen ventaja a Podemos. En paralelo Íñigo Errejón quiere salirse de la terminología clásica para crear un nuevo espacio y, de paso, no entrar en una competición que sus antiguos compañeros van perdiendo.

Impregnar en la población, percolar, hacer usuales términos novedosos, es un proceso costoso en talento y tiempo que requiere diseñar con una capacidad de simplificación elevada. Por lo tanto, la intención del señor Errejón es encomiable, incluso envidiable, pero, mientras tanto, es Ferraz desde donde se domina la terminología de la izquierda y, con ella, mentes y corazones ya que para los votantes es mejor estar con los ganadores.

¿Podría entonces triunfar Errejón? No es descartable, si tiene los medios económicos y humanos, porque su recorrido empieza donde Podemos se desvanece. Errejón podría ser un líder a partir de la marca en la que Pablo Iglesias desvió el camino para convertirse en un burócrata (aunque en su entrevista para RT haya declarado que al Iglesias de hace 5 años le hubiera aconsejado no meterse en este mundo tan complicado).

Podemos, ha quedado enmarcado en un laberinto labrado por su líder y de complicada salida, que ha sido centrarlo todo en la búsqueda del asiento. Un hecho potenciado por el riesgo a acabar siendo residuales tanto si hay elecciones como si no entran en el Consejo de Ministros en caso de que haya gobierno, aunque podrían caer de pie ante unas nuevas elecciones: perder votos, diputados y, aún así, ser más determinantes que hoy si el PSOE no alcanzara una mayoría suficientemente sólida.

Pero Podemos no ha dominado el diálogo, ni siquiera ha tomado la iniciativa. No ha puesto un documento con propuestas y no ha descolgado primero el teléfono. ¿Se acuerdan que la semana pasada hablaba del Ad-Hominem? Pues la modalidad a la que se acoge Pablo Iglesias es la de auto-referencia en tono doliente, con frases como la de haber ya aceptado «suficiente humillación».

En relación con todo esto podríamos traer a la mesa a Roland Barthes, filósofo y semiólogo francés que vivió la izquierda cuando la izquierda vivía en privilegio en el París de los años 50 y 60. Barthes analizó la producción literaria y concluyó que ésta se mueve a través de una elección inequívoca: ideología o poesía. Afirmaba que uno puede generar ideología tan sólo con quererlo, pero que la poesía requiere talento. Supuesto que aceptemos la premisa de Barthes, dado que para la izquierda la ideología está creada y sólo hay que añadir los nuevos elementos, el resto del esfuerzo va dedicado a crear un estilo.

En cambio, la derecha y, en mayor medida el centro-derecha, no tienen esta ventaja. Su encapsulación de conceptos es efímera, por ser frágil y mal cimentada, pero no porque esa ideología no exista: desde el liberalismo al conservadurismo los clusters existen, pero vuelan muy por encima de ninguna propuesta de soluciones y carece de una comprensión unívoca como la de encapsulación de la izquierda. Tienen predicamento y tienen incluso gente que se declara representante, pero no hay apenas nadie en el campo político que haya sabido definirlo con sencillez y, menos aún, que haya sabido hacerlo llegar al votante.

Es por esto que el centro-derecha en España requiere de una némesis para mantener la tensión: “si ellos lo estropean, nosotros lo arreglamos” es una forma de reconocer que la reacción es uno de los cimientos más importantes a la hora de encapsular una propuesta de campaña. El problema es que es un condicional, con lo que la primera parte de la proposición debe cumplirse, de ahí que sea un reactivo que necesita primero el acto del rival. De hecho, en el sistema en el que se mueve España, a no ser que haya una crisis que resolver (ahí sí que el margen de acción no es que sea estrecho, sino que es inexistente y es cuando se mira a la derecha), la línea de intersección con las políticas de una izquierda moderada es muy sutil y esa línea es en la que Ciudadanos quiere hacerse fuerte.

De todas maneras, el verdadero reto para una nueva forma de hablar de ideología, de proyecto y de convencer lo encuentro en la novela “En El Camino”, la novela de Jack Kerouac, cuando habla de que él sentía fascinación y seguía a «la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes». Lo malo es que con tres (veremos si cuatro) elecciones generales en cuatro años, las prisas por poner en marcha una campaña roba tiempo a desarrollar una nueva forma de comunicar.

Ojo, que hay gente que lo ha logrado.

Enrique Cocero

Consultor político y socio Fundador de 7-50 Strategy

¿Víctimas o verdugos?

Si viajan a Roma les recomiendo que vayan a la plaza del Tritone. Ya sé que muchos cuelgan en alguna red social sus fotos en la Fontana de Trevi, pero, con todo respeto, la opulencia de la obra de Salvi, no posee la fuerza y la energía de la de Bernini (y está menos atestada de gente). La plaza donde se encuentra pertenece a la colina más alta de Roma, el Quirinale. Suban por la calle Quatro Fontane, dejarán la izquierda el Palacio Barberini, obra que sucesivamente comandaron Maderno (al que asistió su sobrino Francesco Borromini) y Bernini. Originariamente era un terreno de la familia Sforza que, en apreturas económicas, lo vendieron a la poderosa familia de origen toscano.

Suban un poco más y encontrarán el cruce con la Vía del Quirinale donde están las cuatro fuentes en cada una de sus esquinas. En una de ellas, en la que se representa el Tíber, está la iglesia de San Carlo alle Quatro Fontane, obra de Borromini, apadrinada por Francesco Barberini. Si siguen la vía hacia el sur-oeste verán Sant’ Andrea al Quirinale (obra, de nuevo, de Bernini encargada por Camillo Pamphilj, cardenal de otra poderosa familia con origen en Umbria).

Avancen unos metros y a la derecha se abrirá la plaza de Monte Cavallo presidida por un obelisco y en cuya base se encuentra la fuente de los dioscuros. Allí se ubica el Palacio del Quirinale. Custodiado por coraceros, fue encargado como residencia veraniega del Papa y hoy es la residencia oficial del Presidente de la República Italiana. En menos de 800 metros, por tanto, habremos recorrido un camino de historia, de poder, de política y de arte como la materialización de cualquiera de los anteriores. 

Hoy, el habitante del Quirinale, se llama Sergio Matarella y, desde la mayor altura que domina Roma, le toca decidir cuál es la mejor vía para paliar la inestabilidad política de un país que nunca que se caracterizó por sus aguas calmadas. Letta, Renzi, Gentiloni y Conte son los nombres que nos resuenan como primeros ministros de Italia desde que Mario Monti, el tecnócrata que gobernó para recuperar la economía, dejara el asiento en 2013 tras menos de dos años en el Palacio Chigi. En ese mismo periodo de tiempo España ha tenido dos presidentes del gobierno.

Para verlo desde Italia he ido al Corriere de la Sera y allí Massimo Franco habla de Conte como de un hombre determinado, que sabía que su tiempo en este gobierno había llegado a su fin (bien mediante moción de censura o no, me permito añadir, porque Salvini ha ido a por la opción de segar tras la de desgastar) y que ha sido, en palabras de Franco, «duro y riguroso con su vice y ministro», «demoledor», llega a decir, para irse con dignidad. Apunta el periodista que ha sido un éxito de Conte el quitarse «no una, sino muchas piedras de los zapatos».

Me ha llamado especialmente la atención cuando Massimo Franco habla de las dos vías posibles tras la renuncia del Primer Ministro: un gobierno sin continuidad con el actual y que se mantenga hasta 2022, o uno que lleve a elecciones.  Matarella quiere evitar que se acumulen las decisiones a tomar tras la caída del gobierno mientras Italia espera. Matarella quiere un gobierno que actúe, no un impass hasta que llegue un acuerdo improbable. 

Percepción: ¿víctimas o verdugos? El castigo del relato que quiere imponerse como resumen digerido (y dirigido) de situaciones en ocasiones complejas de las que no se tiene información completa. Salvini está hoy en un gobierno interino después de haber recibido un fuerte rapapolvo mientras, lo más que podía hacer durante el discurso de Conte, era gesticular. La moción de censura era un movimiento destinado a enmarcar en la inoperancia a un teórico aliado para pasar a catalogarlo como el rival. Resulta que ahora deja al de La Liga con la tarea de justificar su actuación.

Porque Giuseppe Conte hizo un recorrido por todo aquello que ha precipitado el fin del gobierno y tal cual ha quedado recogido por los medios, cada uno de los motivos. Y los dio teniéndole al lado, dejando caer en ocasiones su brazo en el hombro del líder derechista. Dejó incluso la sensación de que mucho de lo expresado en el Senado venía tras numerosas conversaciones en privado. ¿Cómo? Le dijo a Salvini en un momento de su intervención: “no te lo he dicho nunca, Matteo, pero no se usan símbolos religiosos en actos políticos”, invitando a la mente del espectador a entender que el resto de las cosas sí se habían hablado, posiblemente varias veces.

Será interesante ver cómo Salvini avanza tras este fin de gobierno y cómo las encuestas ubican a cada uno de los protagonistas. Recuerden que Renzi no llegó al poder a través de las urnas y que, cuando quiso hacerlo, el resultado fue devastador para el candidato.

Y, hablando de urnas, hay una parte de la intervención de Giuseppe Conte que que deber estar resonando desde Roma: “Hacer que los ciudadanos voten es un ejercicio democrático. Pedir que voten cada año es de irresponsables”.

Enrique Cocero

Consultor político y socio Fundador de 7-50 Strategy

Mandatos

El candidato a la Presidencia del Gobierno está de vacaciones y el resto de sus pares también. Sus segundos están activos, principalmente lidiando con la cuestión del Open Arms, con José Luís Ábalos dibujando la línea de la responsabilidad, Pablo Echenique yendo, por supuesto, a máximos (algo que se desdibuja cuando se lidera un gobierno y llega la primera crisis o el primer salto de la valla) y Pablo Montesinos dando como solución lo que es el principal problema: la coordinación de la UE en temas de inmigración y refugiados.

Dado que el tema de los rescates en el mar requiere un planteamiento denso (sólido lo veo imposible) y que escapará a los titulares, hay otras cabeceras que me han llamado la atención y una de ellas ha sido la de Abel Caballero en una entrevista en El País: “De limitación de mandatos hablan los que pierden”.

Puedo entender la fiebre de la frase porque, como bien recuerda el artículo en sus primeras líneas, el señor Caballero obtuvo un 68% de los votos en las últimas elecciones. En su respuesta, el argumento principal era “que hable la gente”. Esta sentencia me inquieta, porque anda que no he visto esa directriz en demostraciones públicas, declaraciones abiertas y en conversaciones privadas en casos que, posteriormente, no han tenido un desarrollo tranquilizador.

Así que, cuando me inquieto, miro a los grandes. Cuando oigo un discurso lleno de relato y carente de contenido, miro a Lincoln que, en el campo de Gettysburg, utilizó 271 palabras para expresar todo lo que era necesario escuchar. Cuando oigo hablar de limitar mandatos, miro a Harry S. Truman.

Nacido en 1884 en Missouri, ha sido uno de esos personajes de la historia que lo logró todo en la vida por el camino más largo. El único Presidente de los EE.UU. que participó en la Primera Guerra Mundial (Eisenhower lo intentó varias veces, pero cada una de ellas le dieron un destino interior), es uno de los dos que no han obtenido título universitario. Fue rechazada su candidatura a gobernador y a congresista y entró como quinto contendiente a las primarias demócratas a Senador por su estado.

Haber hecho las cosas por el lado largo, le dio la oportunidad de conocer mucha gente y generar una gran confianza, con lo que, en la campaña a senador, ganó las primaras de su partido y luego la elección a Roscoe Patterson. Como Senador, al frente del comité que llevaba su nombre, logró una reorientación en eficiencia y, sobre todo, en evitar el abuso y el malgasto en las instalaciones militares. Su programa llegó a ahorrar 15.000 millones de dólares de 1940, un año antes de que el país entrara en guerra.

En 1944 Roosevelt se presentaba por tercera vez a la reelección (ganó su acceso a la Casa Blanca en 1932) y necesitaba a alguien que sustituyera a Henry Wallace, demasiado escorado a la izquierda, demasiado amigo de los sindicatos y muy poco aceptado fuera de estos colectivos. ¿La opción más recomendada? Harry S. Truman que, por cierto, la “S” no significa nada (les animo a que busquen la anécdota con Harlan F. Stone en su juramento como Presidente tras la muerte de FDR).

En 1944, en plena guerra y encarando las siguientes elecciones surge de nuevo la vieja discusión de cuánto tiempo un Presidente debe estar en el cargo, cuestión que ya había surgido con los primeros mandatarios del país. Hamilton y Madison proponían mandatos de por vida (o hasta dimisión) y Mason calificaba esta idea de “monarquía electiva”. Es más, Washington quería retirarse ya tras su segundo mandato y notables fueron a verle a su casa de Mount Vernon a pedirle que se presentara una tercera vez, que sería ya la última por pura extenuación. El de Virginia advirtió en su discurso de despedida que no imponer una limitación de mandatos en la Constitución podría hacer que la Presidencia acabara en una condición hereditaria.

En las midterms de 1946, los republicanos se hacen con la mayoría de la Cámara de Representantes y rápidamente liberan la Resolución Conjunta 27 en la que se establece un límite de dos mandatos para el Presidente. Hasta 47 demócratas aprueban la resolución dando un total de 285 síes, lo que me hace mirar la afirmación del señor Caballero y empezar a considerarla un exceso anímico.

Una aportación del Senado termina de redactar la enmienda haciendo que se considere como no apto para la reelección aquel candidato que haya llegado a la Presidencia en la primera mitad del mandato del anterior. Por eso Lyndon Johnson podía aspirar a más de 8 años en el Despacho Oval, porque sustituyó a Kennedy en noviembre de 1963, aunque finalmente decidió no seguir más allá de su primera elección.

Como se trataba de una enmienda a la Constitución, se debía ratificar por las legislaturas de todos los estados y 41 de ellos la aprobaron entre 1947 y 1951. Consideren que, entonces, la Unión la conformaban 48 estados.

Algo más que aportar es que a Truman no le impactaba la enmienda: él podía presentarse tantas veces como quisiera, porque estaba redactada para futuros presidentes. FDR muere en 1944 y, al momento, Truman es nombrado Presidente. En 1948 se presenta ya como cabeza de “ticket” y gana a Dewey en una noche agónica de la que hay una célebre foto en la que el Presidente, sonriendo, sujeta un ejemplar del Chicago Daily Tribune en la que se lee “Dewey derrota a Truman”, evidenciando lo ajustado del recuento. Pues bien, en 1952 Truman anuncia que no se presenta a la reelección y, ese año, ganaría Eisenhower.

En la historia de la legislación más célebre sobre la limitación de mandatos encontramos, pues, las voces más sonoras, autorizadas y victoriosas que se contraponen a la declaración del alcalde de Vigo. La limitación de mandatos no tiene que ver con perdedores, sino con entender la necesidad de superar etapas. Tanto las propias como las que necesitan los votantes.

Enrique Cocero

Consultor político y socio Fundador de 7-50 Strategy

13er Congreso

“En materia de autonomía, la Constitución abre y no cierra” fue la frase de Solé Tura, uno de los padres del texto y portavoz de los comunistas en las Constituyentes de 1977-1979. Txiki Benegas afirmó que, en lo relativo al Título VIII, la Constitución era más progresista que la del 31 porque “reconoce el derecho de autonomía para todos”. Miquel Roca, por su parte, afirmó que “serviría para la consolidación de la democracia”.

El 21 de julio de 1978 eran asesinados por ETA el General de Brigada Juan Manuel Sánchez Ramos y al Teniente Coronel Juan Antonio Pérez en Madrid. Ese mismo día se aprobó el texto constitucional por el Pleno del Congreso de los Diputados por 258 votos a favor, dos en contra y 14 abstenciones.

Hasta tal punto tenía la historia de su parte el entonces diputado Roca que, esa misma tarde, se votaba la disposición derogatoria y, con ella, pasaban a mejor vida toda una serie de leyes del franquismo. Era la propia aprobación de la Constitución la que iba a sepultar el inventario generado por unos legisladores que llevaban la arbitrariedad en la potestad de sancionar leyes tan lejos como no hace mucho hemos podido vivir. Es más, era la propia aprobación de la Constitución la que iba a poner límite a esa arbitrariedad.

La tarde del 21 de julio, antes de votar la disposición derogatoria, el secretario de la cámara leyó esa lista de leyes franquistas a sepultar y, por cada una de ellas que era nombrada, se oía un “¡Bien!” emitido por más de uno y más de dos diputados. Era, en gran medida, toda la celebración que el Congreso se podía permitir tras los atentados de esa mañana.

41 años más tarde asistimos a una apertura de legislatura, la 13ª, en la que hemos visto comportamientos que, esperemos, sólo se albergará en las actas del Congreso y en alguna memoria hiper-excitable. Sesión (y jornadas siguientes) que, por suerte o por desgracia, son propias de una democracia de la edad que tiene la nuestra, la verdad.

Los años 80 demostraron que todo el mundo andaba con mucho cuidado a la hora de saltarse ningún paso o reglamento a fin de que nada se quebrara por la extrema fragilidad de todo. Por otro lado, si tuviéramos una democracia de 200 años, posiblemente seríamos mucho más respetuosos con lo que nos hubiera llevado hasta allí. Pero… en fin, sin estos 41 nunca podremos llegar a los 200.

Obvio las posibles referencias a la Presidencia de la Cámara respecto a lo que tiene entre manos, de lo que ya se ha hablado mucho. Me centraría en la eficiencia y lealtad debidas del máximo representante del legislativo por hacer funcionar con solvencia una institución en la que, si bien todo en este mundo es finito, la primera temporalidad es la propia, no la del Parlamento que, a fin de cuentas, debe perdurar, al menos, esos 200 años.

Pero, sobre todo me centraría en que la institución que representa y gestiona se define en el término sajón de “law maker”: “hacedor de ley”. Hoy lo veo mucho más descriptivo que “legislativo” porque puede que, a fuerza de ser repetido en desde el martes en multitud de frases vacías, el término haya perdido de alguna manera (y temporalmente) conexión con su significado.

Enrique Cocero

Consultor electoral y socio Fundador de 7-50 Strategy

Análisis Electoral – Enrique Cocero participa en un programa especial en Más QUEUNA Radio

Enrique Cocero participa en un programa especial de análisis electoral en Más QUEUNA Radio para hablar de lo ocurrido en las elecciones generales del 28A y de lo que puede ocurrir en las próximas elecciones municipales y europeas del 26M.

Win-Win

Si han leído Astérix y lo han leído más que un niño los ingredientes en la caja de los cereales durante el desayuno, se acordarán de dos cosas que se repetían como elementos de continuidad a lo largo de los distintos álbumes: uno eran los comentarios de los legionarios cuando acababan de recibir una paliza de la pareja de protagonistas galos (“alistaos y veréis mundo, dicen”).

La otra era las citas en latín que tanto legionarios como el pirata anciano solían decir ante una tarea desagradecida (los primeros) y un nuevo naufragio (el segundo). El golpe genial de estas intervenciones era que se contestaban con un “bah, palabrería” o un “en vez de hacer fáciles juegos de palabras…”

Un “latinajo” reciente y que está teniendo mucho éxito en el panorama político es salir con el quid prodest o a quién beneficia pero, reconozcámoslo, de todo el puzzle, ésta parte suele ser la más fácilmente reconocible. Yo soy mucho más de veridis quo o con qué propósito, porque una vez que sepamos la respuesta a la segunda, la primera será contestada con mayor claridad.

La misma jugada de los presupuestos aparece hoy con otro objeto directo y que es la presidencia del Senado. En su momento los presupuestos fueron presentados ante una consideración generalizada de que no era necesario porque se podía vivir con la prórroga y que, además, presentarlos iba a llevar, o bien a una debacle por su rechazo, o bien a la materialización de una connivencia con los independentistas para su aprobación.

Pero se presentaron, se rechazaron, hubo elecciones y el resultado es hoy por todos conocido. Pues bien, creo que algo no alejado de estos movimientos es lo que está ocurriendo con Miquel Iceta.

En inicio parece un movimiento solvente para desmarcarse del independentismo ante las Europeas, Municipales y Autonómicas, pero la longitud no que da sólo ahí. Ya sé que las catalanas no entran hoy en la terna, pero a nadie extrañaría que para otoño pudiera haber de nuevo elecciones en la tierra del PSC ante la inasistencia administrativa que sufre hoy Cataluña.

¿Y quién parte con mejor posicionamiento ante esa posible cita? Miquel Iceta. Ante un resultado de elecciones en que ha mejorado quién mejor se ha moderado y organizado, Iceta es la única voz de terreno no-alineado que se ha elevado en estos últimos meses.

Federalista convencido (solución también intermedia, aunque en absoluto explicada) habla abiertamente de las distintas opciones que se podrían plantear para resolver la cuestión catalana bajo una línea que marcaría el consenso. Un consenso complicado, improbable si me apuran, pero Iceta ha hecho de ello una bandera planteando que la alternativa es desastrosa.

Cuando Sánchez hace el movimiento de anunciar la candidatura a presidente del Senado no está pensando en el 26M, al menos no sólo: está pensando en las catalanas. Ciudadanos se ha descapitalizado con la salida de Arrimadas al Congreso. Sí, será diputada por Barcelona, pero anda que no hemos visto recriminaciones a políticos catalanes y vascos las últimas semanas a causa de cambiar su origen por una vida en Madrid.

El independentismo está en repliegue, el Partido Popular desaparecido en Cataluña y Quim Torra ni gobierna ni cae bien. Es el escenario para buscar un candidato de consenso que recupere para los socialistas un bastión que ha sido siempre crítico en sus aspiraciones de una mayoría amplia.

Así que la jugada del Senado no podía salir mal o bien; era un Win-Win (cayendo ambas victorias del mismo lado). Si salía elegido, se desarrollaría un plan de presencia en distintos entornos. Sería una figura con más peso específico, incluso, que quién acabara presidiendo el Congreso. Podría poner en su horizonte la reforma del Senado para todo aquello que campaña electoral tras campaña electoral se ha planteado (pero nunca se ha ni iniciado).

Pero sobre todo sería un interlocutor de facto. Si me apuran el mediador por el que tanto se clamaba hace unas semanas. Un éxito de Pedro Sánchez por orientar el conflicto hacia la búsqueda de la normalidad.

Pero no ha salido ¿fracaso? No. Win-Win, recuerden. En la mañana del jueves ya se encargó el exPresident Montilla (el hombre que primero se ha sacrificado por esta operación) de dejar claro que son las actitudes contrarias de la derecha y los independentistas las que han dado al traste con una opción de consenso. En su versión los extremos de nuevo se han tocado y el diálogo ha salido perdiendo. Hoy la España plurinacional tiene un nuevo débito con las iniciativas socialistas y esto es ampliamente explotable de aquí a otoño.

Veridis quo: a qué propósito. La primera pregunta para realizarse ante cualquier movimiento en apariencia osado.

Enrique Cocero

Consultor electoral y socio Fundador de 7-50 Strategy

Objetos en el aire

“Dudar y discutir: éste es el síndrome de la civilización judía”

— Amos Oz.

Mucha más resistencia a la derrota y mucha mayor reivindicación de la victoria hubo en 2016 de las que está habiendo este año y, como es lógico, aún más hubo en 2015 ante un escenario incierto.

Este año no. Este año sólo hay un ganador que es Pedro Sánchez y nadie discute esto. Pero los enfoques no son críticos entre aquellos que han mejorado. Tampoco lo son mucho en el caso de Pablo Iglesias, quién busca una pátina de dignidad al insistir entrar en el Gobierno ante la evidencia de que, en la izquierda, el pragmatismo se ha impuesto sobre un idealismo agrietado.

Porque si Podemos vino a cubrir las grietas que la izquierda tradicional tenía abiertas, en 2019 el plano ha girado 180º dejando al descubierto una superficie más afectada por la erosión. Un idealismo de titular en el que su única renovación ha venido dada por la gente que se ha ido y un (otro) cambio de marca.

Hace 4 años Juan Carlos Monedero hablaba, en su entrevista con Iglesias en Otra Vuelta de Tuerka, de cómo a Achille Occhetto le tocó “apagar la luz” del Partido Comunista de Italia, pero hoy el líder de Unidas Podemos se afana en lograr un contrato prioritario con la “energética”.

Al tiempo Pablo Casado busca identificar a su rival y es que es importante diferenciar entre rival, contendiente y enemigo. En las generales el rival era Vox porque el Partido Popular había vuelto a sus “valores tradicionales” y recuperar ese voto parecía fácil bajo la nueva estructura. Hoy Vox pasa a ser contendiente, con un menor discurso regional y con una exigua presencia en términos municipales que puede permitir a Génova un respiro o un relanzamiento.

El rival ahora es Ciudadanos, un Ciudadanos que no tiene gran profundidad local y en el que, si ordenamos sus bazas principales, éstas serán las europeas (por vocación), las autonómicas (por necesidad), Madrid (por relevancia) y todo el movimiento generado alrededor del nuevo Congreso. Arrimadas ya se ha despedido del Parlament y Rivera se atribuye la hegemonía de la oposición, estirando la puesta en escena que le granjeó tantas simpatías en el primer debate y bastantes menos en el segundo (lo poco gusta…).

Mientras, siguiendo el ejemplo de Pedro Sánchez en las generales y si obviamos los debates, los líderes socialistas implicados en las elecciones del 26 de mayo, de forma discreta y sistemática, huyen del ruido y se centran en el mensaje, en la agenda. Nada fuera de lo planificado, nada fuera de lo programado, dejando que los errores los cometan otros.

El jueves el CIS ha concretado que la victoria del PSOE es inequívoca en casi todo el territorio nacional, tanto en autonómicas como en Europeas. Si acaso la mancha de no poder descabalgar a Colau en Barcelona ni poder condicionar su presencia o la de ERC al frente del ayuntamiento, pero la maquinaria puesta en marcha en febrero (y planificada bastante antes) sigue generando réditos y, sobre todo, seguridad en el elector

¿Por qué el resto no? ¿Qué ha fallado? Son preguntas que debían estar en las mesas de planificación del resto de partidos (y de los socialistas también, que todo cambia muy rápido) de cara a esta campaña. Improvisar e ir a golpe de reacción se ha demostrado mal remedio: en términos vectoriales transmite ausencia de dirección, sentido y esquiva la certeza.

Enrique Cocero

Consultor electoral y socio Fundador de 7-50 Strategy

En busca del logro

“Me impresiona lo importante que son las mediciones para poder mejorar. Se puede lograr un progreso increíble si se establece una meta clara y se encuentra una medida que impulse el progreso hacia esa meta. Puede parecer básico, pero sorprende la frecuencia con la que no se hace y lo difícil que es hacerlo bien».

— Bill Gates.

Hubo un momento ayer que, si alguien me pedía otra porra con el resultado electoral o me pasaba un tracking más, iba a aborrecer la democracia. Por supuesto no la democracia como sistema, sino la democracia como entretenimiento. Conste que he hecho mis predicciones y he incumplido la advertencia de G. Eliot por la cual afirma que la profecía es la forma más gratuita de error.

Pero en cuanto el escrutinio comenzó a realizarse me sorprendió una cosa y es que Ciudadanos comenzaba muy fuerte en las mesas pequeñas. A las 2138h la formación de Albert Rivera contaba con una proyección de 53 escaños, algo que no había visto en 2016, donde Ciudadanos había empezado muy flojo y fue creciendo a medida que llegaban los resultados de las mesas más grandes.

Esto sólo podía significar que la gente de Rivera había desplazado al Partido Popular de las zonas rurales y las poblaciones pequeñas. Lo malo para la gente de Génova sería ver cómo esa percolación no había afectado a lo que ya tenían en las urbes y, según pasaban los minutos, los escaños iban cayendo poco a poco. No era vertiginoso, pero afianzaban su resultado, si acaso no lo subían, a cada actualización de los datos.

Esto producía dos lecturas: o bien Ciudadanos había sabido afianzar el centro ya en todo el territorio nacional, o bien el Partido Popular lo había descuidado en su persecución de valores más tradicionales o más conservadores que Vox llevaba tiempo conquistando. Cierto que no mucho tiempo, porque todo ha ocurrido muy rápido, pero el suficiente y con el entusiasmo necesario como para tomar posesión de ellos.

Vox en esta campaña ha desarrollado un mensaje meridiano, persistente y todo giraba en torno a unir dos conceptos: “Vox” y “España”. Esta combinación de pertenencia y patriotismo ha funcionado, sí, pero funcionó hasta un límite y ése es el límite que les iba a hacer invariantes en votos subiera o bajara la participación.

Vox no ha hablado a estudiantes de las tasas universitarias, o a personas mayores de las pensiones. No ha hablado apenas de impuestos y, de haberlo hecho, su mensaje no ha sido diferencial respecto al del partido Popular o al de Ciudadanos. Resultado, 24 escaños y la certeza de que, o hay mensaje nuevo, o el campo colonizado estos días es todo el campo a colonizar.

Los votantes de Vox, supongo que al igual que sus dirigentes, se deben sentir algo frustrados desde el domingo por la noche. Las expectativas (las encuestas) eran mucho más favorables. Se esperaba generara el mismo efecto exponencial que se vivió en las elecciones andaluzas de diciembre pasado, pero partiendo de esos 24 escaños.

El problema es que ésta es la cifra ya cerrada, no el origen de una revolución, y, junto a la ineficiencia de los resultados del PP y Ciudadanos, la posibilidad de condicionar el legislativo en los próximos cuatro años se queda en apenas nada. Ahora toca dinámica parlamentaria, acudir a las sesiones de control y a los plenos, prepararlos, ejecutarlos, que trascienda a los medios y volver los fines de semana a ganar campo electoral.

Por tanto, el bloqueo por parte de Vox del campo más conservador debió levantar las alertas del Partido Popular y hacerle mirar a su objetivo real y alcanzable: un centro que estaba en disputa. Pedro Sánchez buscaba captarlo desde el lado izquierdo del espectro y, desde ahí, extenderse a la izquierda y no recibió mejor refrendo que el tono comedido de Pablo Iglesias a la hora de plantear competencia.

Los fichajes estrella no han servido de mucho. En contra de lo que he oído por ahí, no creo que el movimiento de Ángel Garrido haya sido determinante, ni apenas influyente. No creo que tampoco lo sea para su principal objetivo, que son las elecciones autonómicas. No creo que ese tipo de movimientos tengan más recorrido que el del morbo temporal y de consumo rápido.

El centro-derecha sigue en liza. El triunfalismo de Ciudadanos pasará y el bajón del PP también. Habrá que tener mucho cuidado con los excesos de ánimo de los primeros, con los rumores y filtraciones sobre posibles pactos con el PSOE. Hoy, de hecho, ya he escuchado una negativa a pactar, poco después una posibilidad abierta y, minutos más tarde, un cierre en rotundo.

En el lado de Pablo Casado los elementos que hagan perder el foco vendrán con toda la cadena de noticias y rumores que quedan por delante: dimisiones, presiones para que lleguen éstas, que si la venta de Génova o el desmantelamiento de la estructura de los segundos. Será ruido, sí, pero ruido incómodo sino doloroso que habrá que ser rápido en acallar.

Ayer lunes comenzó, de nuevo, la batalla por el siempre huérfano centro. Un centro que está capitalizado por el lado izquierdo y que el lado derecho aún no tiene un inventario de temas que tratar, un método para tratarlos, un calendario para cumplirlos ni una forma de controlar qué tramos se han cubierto.

Enrique Cocero

Consultor electoral y socio Fundador de 7-50 Strategy