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Futuro inmediato

“El futuro ya no es lo que solía ser”. Tiempo atrás de las convenciones de los partidos políticos interesaban menos los argumentos y los posicionamientos y más los carteles. Era una especie de noche de los óscars ver quiénes eran los candidatos designados mientras que la parte ideológica y propositiva quedaba un poco de lado porque, a fin de cuentas, los posicionamientos eran más diferenciados entre partidos, entre las opciones.

Pero hoy importan, con una mayor intensidad, las propuestas y los posicionamientos, porque una misma orientación política está reflejada con distintas intensidades en distintas formaciones. Puede que no despierten la expectativa momentánea, casi el morbo, que siempre tendrán las nominaciones, pero importan. Importan porque hoy hay más partidos para los mismos votantes, con lo que no sólo se trata de lo que se diga o se defienda, quién lo diga o lo defienda, sino que importan los matices.

Al igual que en ciertos átomos, podemos considerar la voluntad de voto como electrones en riesgo de ser cedidos al entorno o a otro elemento y producir un efecto químico llamado (paradojas de la vida) “oxidación”. Y es que esas propuestas son las que producen posibles cambios en la inclinación del voto y perderlo implica dejar de jugar en las ligas mayores, dejar de tener posibilidades de gobernar, apoyar gobiernos o negociar y quedarse aun lado del jardín generando óxido.

Cualquier posicionamiento en cualquier momento y a través de cualquier canal, es foco de atención y, su relevancia se potencia por tres factores: uno la propia temática; dos qué se aporta en un momento concreto a la cuestión; el tercer factor es quién, con nombres y apellidos, decide exponerse para abrir campo. Por ejemplo, para posicionarse respecto al aborto hace falta algo más que nombrarlo o saber que se escribe sin “h” y eso que el término en sí ya produce bastante resonancia.

Luego viene lo que se proponga sobre la cuestión: ¿Es un tema que hoy da votos o que aporta más ruido que señal? ¿cuál es mi postura? ¿plazos? ¿supuestos? ¿acceso gratuito en cualquier momento? ¿su prohibición completa? Y, finalmente, dos preguntas en función de si quiero intervenir o si he de contestar: ¿quién lanza el mensaje? ¿quién lanza la réplica? Normalmente hay responsables para cada una de las distintas áreas que un partido abarca, pero si sale el secretario general o el presidente del partido, ya indica la importancia del tema en cuestión, la potencia de la carga y lo mucho que ese tema va a marcar la agenda.

Hoy, con ese mayor número de partidos por orientación política, estamos frente a los escenarios más evidentes de tener que diferenciar quién es tu rival, quién tu enemigo y cuál es el nivel de amenaza de cada uno de ellos.

Por ejemplo, en el caso de Podemos con la salida de Íñigo Errejón hacia la plataforma de Manuela Carmena, la gente de Iglesias puede que considere rival al PSOE y a un enemigo con alto riesgo a Más Madrid (independientemente de cómo se quiera ver a los partidos que quedan del centro hacia la derecha), aunque no olvidemos que, si ambos consiguen representación, deberá tratar con ellos tras las elecciones.

Pero en el caso de Podemos y Más Madrid surge una pregunta esencial para los programas que deberán resolver al votante: ¿cuál será el diferencial en las propuestas? Vienen del mismo entorno y, de hecho, hace cuatro años no se hicieron sombra para así optimizar votos. Es más, recuerden el día en que Manuela Carmena tomaba posesión de la alcaldía que, en uno de los balcones del salón de plenos, estaban Juan Carlos Monedero, Pablo Iglesias e Íñigo Errejón mostrando abiertamente su contento y, no sin intención, acaparando la atención de los medios.

Por tanto, dado que hay matices en liza y que el posicionamiento no es algo que aplique sólo en tiempo de campaña, los partidos / candidaturas deberían gestionar tres listas: una que recogiera aquello “en qué soy yo fuerte”, otra “en que es fuerte mi rival/enemigo” y una tercera de “Miscelánea” o aquellos temas que no se encuentran en ninguna de las listas anteriores, en los que no hay una hegemonía definida y que pueden saltar a primer plano en cualquier momento obligando a intervenir (un calendario no viene nada mal, tampoco).

No todo tiene la misma importancia, evidentemente, ni todo puede ser lo que marque tiempos, pero el foco y los principales objetivos han de quedar claros porque ir a por todo es perder tiempo y, sobre todo, dinero y con ambos recursos mal administrados, los votos vuelan produciendo “óxido”.

Enrique Cocero

Consultor electoral y socio Fundador de 7-50 Strategy

Estrellas o jugadores

En un deporte centenario como el baseball y que ha generado tanta literatura y tanto cine, hay dos citas por las que siento debilidad. Una es de Tommy Lasorda: “La temporada regular son 162 partidos. No importa lo malo que seas, vas a ganar 54. No importa lo bueno que seas, vas a perder otros 54. Es el otro tercio el que marca la diferencia”.

La otra es de Earl Weaver: “¿Racha? La racha dura hasta que sale el pitcher en el siguiente partido”.

Se acercan elecciones. Tenemos por delante la triple convocatoria de mayo y, en el horizonte, unas generales que no creo que ocurran hasta ver los resultados de las primeras. En todas esas campañas se cometerán aciertos y errores, los segundos generarán más comentarios y titulares que los primeros, consumirán más en el tiempo obligando a alterar agendas, y ninguna candidatura podrá escapar a ello. En definitiva: se ganarán algunos partidos, se perderán otros y las rachas durarán hasta la siguiente comparecencia pública.

Así que, si nos metemos en la cuestión de las candidaturas, decir que España no funciona en un sistema aislado. No es como aquellos problemas de física en el que una bola recorría un plano inclinado y se suponía rozamiento cero o uno de economía en el que se suponía que todos los agentes que intervenían en el mercado estaban perfectamente informados.

España, como cualquier otro país de nuestro entorno, es un sistema permeable, con muchos impactos e influencias y en el que se producen nuevas dinámicas que modifican, entre otras, la realidad política. En España estas dinámicas simplemente han aparecido más tarde. Movimientos por la izquierda como Podemos ya funcionaban en otros países antes de que los de Pablo Iglesias desembarcaran y, de hecho, en algunos de ellos hasta gobiernan.

Por el lado de la derecha, hagan su elección; ¿Se acuerdan de aquellos tiempos de temor a lo Neo-Con o del Tea Party? Pues todo aquello ha quedado atrás y lo que se nos presenta hoy incluye a Le Pen Francia, Trump en Estados Unidos, Salvini Italia, Orban en Hungría o Bolsonaro en Brasil. Diferentes entre sí, pero todos unidos por ser nombrados bajo distintos significantes como puedan ser “populistas de derechas”, “extrema derecha”, “las derechas” o “ultraderecha”.

Todos ellos son términos que se usan para identificar al partido o al candidato más afín a esa ideología, pero que los rivales aprovechan para incorporar, antes o después, a cualquiera que entre en negociación con ellos. Es innegable que, se les llame como se les llame, hoy son los protagonistas y marcan la agenda, los titulares o los tweets y acompañan a una continua búsqueda de golpes de efecto y audiencia. Así que, si volvemos a la analogía deportiva, estamos en plena temporada y los equipos se están armando en fichajes para incrementar sus opciones y tener una mayor relevancia de inicio que pueda hacer frente a este protagonismo.

“Encontrar al candidato” parece ser el mantra para este momento electoral en el que ya estamos tras toda una vorágine generalizada de primarias, más primarias, escisiones, abandonos, incorporaciones, salidas, nombramientos ministeriales y demás movimientos en los distintos tableros. Los reacondicionamientos y la demanda de titulares han dejado a los partidos hiperactivos a la hora de comunicar, pero no están holgados de banquillo.

Entonces, a la hora de decidir, ¿merece más la pena que la candidatura la detente alguien que sea popular o que sea solvente? ¿Solvente a riesgo de perder en popularidad? ¿Popular a riesgo de perder en solvencia? Las respuestas a estas preguntas no son triviales y algunos de los puestos a cubrir van a ir a campañas locales o regionales que serán muy mediáticas, que van a ser seguidas muy de cerca de nivel nacional y que pueden marcar la agenda de otras campañas que ni siquiera estén en la misma región. Hay que equilibrar entre la solidez y la relevancia y es que no siempre van de la mano.

Cada campaña electoral es nueva y lo es porque todo aquello que fue decisivo en las anteriores elecciones no va a ser lo que protagonice las próximas. En Andalucía, por ejemplo, ya hemos visto la silueta de Vox planear, incluso invadir la campaña electoral y esa silueta ha impregnado también las negociaciones para formar gobierno con lo que, hoy, parece complicado que vayamos a salir de la dinámica de los protagonismos y pasar a la de las propuestas (y no será porque no las haya campo a cubrir, porque ahí tenemos cómo combinarían las propuestas de digitalización y automatización con las de creación de empleo).

 

Enrique Cocero

Consultor electoral y socio Fundador de 7-50 Strategy

El menor de dos males

El menor de dos males

“The lesser of two evils”. Algo así deben estar pensando los británicos a fecha de hoy cuando el Brexit no sale y no sale y no sale y ya sólo queda un acuerdo in extremis o salir sin acuerdo. Después de tantas ocasiones que eran “límite”, “definitivas”, “críticas” … Estamos ante un escenario en que esos calificativos se convierten en una amenaza real y ya no en un generador de suspense u otras emociones que ayudan a vender tweets y titulares.

Con el resultado negativo (abrumador) en la votación de ayer en el Parlamento, May tiene en este momento horas para proponer un plan B a Bruselas (formalmente son 3 días), que Bruselas lo acepte y volver a someterlo a la votación en el Parlamento. No va a haber tiempo para mucho más, ya que el Acta de Salida de la UE establece el 29 de marzo de este año como la fecha límite de la salida.

Cierto que ambas partes pueden prorrogar esa fecha, pero ninguna de ellas quiere que se alargue indefinidamente. La solicitaría Londres y los 27 que se mantienen en la UE deberían apoyarla. ¿Pero cuánto duraría la prórroga? Alguien podría contestar que hasta que hubiera acuerdo, pero sin fecha es insostenible. Es más; la fecha ya está dada y es julio de este año porque, recuerden, que en mayo hay elecciones europeas y en la primera semana de aquel mes ha de quedar conformado el Parlamento.

Si el 29 de marzo no hay acuerdo ni prórroga, se ejecutaría un “No-Deal Brexit”, lo que implica la salida del Reino Unido de la noche a la mañana, sin acuerdo y con los perjuicios a repartir entre todos, pero no de igual manera. En vez de que el comercio se regule por las premisas existentes hasta ahora o, con unas líneas pactadas entre ambos intereses, pasarían a ser reguladas según lo indicado por la Organización Internacional de Comercio, aplicando nuevos impuestos y tasas a la exportación e importación, lo que dispararía los precios de productos y servicios. ¿Principal afectado? Gran Bretaña.

Sin acuerdo Reino Unido perdería sus prerrogativas comerciales, no sólo con la UE, sino con países no comunitarios, ya que esos acuerdos fueron tratados por la UE como conjunto. Algunos podrían incluso querer sacar una mayor ventaja y la buscarían minando la posición de Gran Bretaña porque, a fin de cuentas, la mayor parte del mercado se queda en la UE. Todo esto sin hablar de las nuevas condiciones de negociación de terceros frente a la UE dado que los “britons” ya no están en ella.

Pero estamos hablando de una votación en Westminster, Londres. Allí donde los intereses de la UE no cuentan en absoluto; donde los laboristas quieren acceder al 10 de Downing Street y la vía más rápida es evidenciar la incapacidad de Theresa May; donde hay 650 escaños en los que se representan a 66 millones de ciudadanos y de los cuáles 47 millones están registrados para poder votar; donde el asiento se gana distrito a distrito; donde no pocos parlamentarios conservadores están a favor de volver a aquella “Splendid Isolation”, bien por convicción o bien porque sus distritos están poblados de “pro-brexiters” y donde, en definitiva, el escenario para que Theresa May pueda sacar adelante un acuerdo con la UE es una imagen devastadora.

Me resulta curioso que una de las soluciones propuestas sea un nuevo referéndum. Cierto es que desde hace más de un año (septiembre de 2017) la tónica de las encuestas acerca de si el Brexit ha sido una buena o mala decisión, evidencian que los británicos piensan que ha sido mala.

Es cierto que muchas de esas encuestas las realiza YouGov, lo que implicaría un sesgo hacia la izquierda por la tipología del público que participa, pero también eran de esta plataforma las encuestas que antes de septiembre de 2017 decían que había sido una buena decisión, con lo que el sesgo comentado hay que tomarlo con prudencia.

Entonces, si hay una mayoría más o menos constante en las encuestas que hablan de que el Brexit no ha sido tan buena idea, ¿por qué no votar el acuerdo si, como dice la Primera Ministra es necesario salvaguardar la economía, la seguridad, la propia Unión y no dejar al país abandonado? La respuesta es la de siempre, es ubicua y parece que no da la sensación de no cambiar en breve: cortoplacismo.

El acuerdo es, en palabras de la propia May, “no perfecto y sí, es un punto medio”. “Punto medio” con Europa no suena en absoluto a victoria, ni siquiera a ventaja. Tras años de encabezar y, por tanto, sostener a otras economías, muchos parlamentarios quieren, o se ven obligados, a rechazar el acuerdo. Una falta de acuerdo probablemente llevaría a unas elecciones y en ella 650 políticos se volverían a enfrentar a sus electores, asiento por asiento.

¿Y por qué no un nuevo referéndum? Porque un nuevo referéndum abriría la puerta a deslegitimar todos los futuros referéndums. El 23 de junio de 2016 los británicos votaron a favor de abandonar la UE y esa decisión ha de llevarse a cabo. De hecho, le costó el puesto al Primer Ministro que lo convocó, aquel David Cameron que lo incluyó como promesa para ganar las elecciones y que se volvió a hacer las maletas tarareando el día que se despidió de su cargo. No soy nada fan de las interpretaciones de “mandatos” como resultado de unas elecciones, pero en una consulta a “Sí” o “No”, es complicado no entender la orden.

Si hacemos un símil, esta contienda ha disfrutado de muchos tiempos muertos, pero ha de acabar en el tiempo establecido y el resultado ha de ser el que todos ya sabemos: el que los británicos mayoritariamente votaron. Cierto que ellos sólo se preocuparon del sí o no y el resto está en manos de sus negociadores, pero estos se comprometieron a encontrar las vías.

Enrique Cocero

Consultor electoral y socio Fundador de 7-50 Strategy

El menor de dos males