Categoría: Publicaciones

La irrupción de Errejón

Una vez que se ha aclarado que vamos a elecciones («¡como que no estaba claro!», dirán algunos), estamos leyendo ya encuestas y predicciones, pero pocos las están mirando en el marco correspondiente a cada uno de los partidos. El caso es que preguntas como dónde está un partido hoy, dónde dicen las encuestas que está, dónde creen los votantes que estará en dos meses y dónde quieren estar los responsables de ese partido… no son preguntas que se resuelvan con una encuesta de domingo, a no ser que sean urnas.

En el ciclo electoral que tenemos hoy (lo de que “estamos siempre de campaña” empieza a ser cargante, porque un político está obligado a convencer cada día, aunque cuatro elecciones en cuatro años merece un ejercicio de autocrítica) partimos de una situación en la que, pese a lo que pueda parecer, sí hay cosas que han cambiado. En abril las Comunidades Autónomas no se situaban en el límite financiero actual, la crisis no se había nombrado por Alemania, la sentencia del Procés era algo “para después de vacaciones”, se suponía al PSOE capaz de formar gobierno e Íñigo Errejón no estaba, aunque sí que se le esperaba.

Por tanto, algo ha cambiado. La entrada del de Pozuelo en la pugna por los escaños añade, al menos, cuatro nuevas cuestiones a la realidad política: cuáles serán sus propuestas, cuál su diferencial, quién será su rival y quién su enemigo. Algo a lo que prestar atención, sobre todo si tenemos en cuenta que la misma fractura la ha sufrido el espectro que va del centro a la derecha.

Ante un escenario en el que el Partido Popular tenía competidores a ambos lados de la ideología, desde mi punto de vista, su error fue buscar el voto que se suponía en Vox y no a por el del centro (allí donde duermen las victorias). Un camino que no empezó en la propia campaña, sino que se venía dibujando desde meses atrás.

Y es que el votante de Vox en abril se extendía en un abanico que iba desde el que había encontrado respuesta a un vacío que se decía existir en el PP (vacío que, en realidad, no se había tocado en los últimos 30 años ya que nadie amenazaba por la derecha… hasta que se nombró), pasando por el que quería tan sólo quería darle una bofetada en la cara al partido de la calle Génova, hasta el que buscaba la bofetada a toda la clase política.

Íñigo Errejón llega, en cambio, para jugar en medio campo del progresismo: a la izquierda del PSOE, pero no tan a la izquierda como Podemos y, por esto, es por lo que le toca desarrollar el rol de pragmático disfrazado de moderado. Algo que se deberá evidenciar en contraposición a la inclinación hacia la utopía (¿distopía?) de Podemos y que no le ha dado nunca resultado: ni electoralmente vía sus propuestas, ni buscando un acuerdo debido a sus exigencias en la formación de un gobierno. De hecho, lo único que han tenido los morados a favor para ganar momento entre sus afines durante esta fase ha sido, simplemente, tener al PSOE en contra.

En un artículo que escribí hace pocas semanas hablaba de la encapsulación de términos en política y de cómo ésta era mucho más sencilla para la izquierda que para la derecha (me resultó curioso que Cayetana Álvarez de Toledo preguntara a Carmen Calvo en la pasada Sesión de Control por el, posiblemente, más relevante de todos los encapsulamientos; «progresismo») y, en este sentido, Íñigo Errejón aprovecha la ventaja, porque mucho de lo que quiere defender ya es asumido por la izquierda como propio y evidente.

Siguiendo con las auto-citas, una semana antes de hablar de la encapsulación escribí, también aquí, de cómo la regla general de la comunicación política actual iba por la vía del ataque Ad-Hominem. No a las ideas o a los resultados, sino a la persona. El señor Errejón llega con vocación de ser un diferencial y esto podría hacer que saliera de la dinámica establecida hasta la fecha. Es más, me resulta curioso haber leído en estos días un artículo en The Hill que hablaba de cómo la candidata en las primarias demócratas, Elizabeth Warren, había abandonado los ataques a sus rivales porque se habían demostrado perjudiciales para el otro candidato, normalmente Biden… ¡pero también para ella! lo que le ha llevado a intensificar mensaje focalizando en sus propuestas (que no son pocas).

Así que a este escenario llega la novedad de la campaña, sin nombre de partido, sin más posible candidato que él, pero con la expectativa a pleno rendimiento. Desde donde yo lo entiendo necesitará una agenda breve y concisa; de cinco puntos, sin perífrasis ni rodeos, sino con verbos que definan con claridad y un diferencial que hable de algo más que Gramsci, Mouffe o Laclau.

Necesitará una entidad más allá del “no es Iglesias” aunque cueste más que una campaña de urgencia desasociar las dos imágenes, algo que perjudicara a Iglesias. Estamos en un escenario electoral sobre el que vuela una abstención que puede ser muy relevante y que genera una paradoja muy interesante (hasta entretenida) porque, en contra de lo que se ha dicho siempre, la abstención no favorece al más votado. Favorece al que mejor sabe movilizar… asegurar, más bien, a su votante.

La velocidad de la política es enorme. Las actualizaciones en las redes sociales y la forma de interactuar en ellas varían con meses, los acontecimientos económicos se suceden de forma precipitada a nivel global y es el ágil y el que busca procesos iterativos, el que gana a los que gestionan campañas tradicionales y, con ello, las elecciones.

El que más tiene que asegurar su electorado, el PSOE, posiblemente vaya a hacer de nuevo su propia campaña sin preocuparse de Podemos (salvo en los debates, claro) y, mucho menos, de Errejón. Habrá referencias a los que ellos consideran culpables del fracaso de la legislatura, lógicamente, pero prevalecerá adueñarse del espacio del centro izquierda con propuestas y grandes términos, especialmente ahora que el terreno parece libre y que, donde están los votos que dan victorias, sólo se sitúan los de Ferraz.

La paradoja es que, si en escenarios de alta abstención el PSOE asienta su predominancia en la izquierda, el voto convencido que, pese a todo el esfuerzo de campaña, no quiera ir a los socialistas debería migrar a Errejón y no acabar en Podemos y, para ello, la mejor herramienta en alimentar ese trasvase es el propio PSOE.

Enrique Cocero

Consultor político y socio Fundador de 7-50 Strategy

Imperativo categórico

Siendo sincero diré que, viendo los 123 diputados del PSOE, partía de la base de que habría gobierno. De hecho, hubo un momento en que pensé que, en Podemos, alguien tiraría de calculadora y diría que tampoco era plan perder la asignación económica que dan 42 diputados con sus comisiones, mesa del Congreso… Luego esto se podrá vender de distintas maneras, incluso como una renuncia a un poder prestado por mantener la esencia, pero perder escaños es perder asignación y, por tanto, perder recursos.

Casado no ha sentido la necesidad de moverse, el PSOE ha logrado pulir mucho su argumento de la abstención del 2016 y, en éstas, llegó Rivera con su propuesta que ha abarcado un espectro de opinión que iba de oportuna a oportunista. Podría parecer oportuna por posicionar al PSOE fuera del alcance de populismos e independentismos, pero oportunista porque, lograr que se tire abajo el gobierno de Navarra, implicaba para el PSOE abrir brechas en otros sitios. Todo esto sin hablar de la propuesta de una acción preventiva en Cataluña con el 155 como ariete.

Aquí me planteé la diferencia entre lo que es la legislación frente a cómo es percibida y la ética que subyace en explicar la primera o alimentar la segunda. Así que, pensando en tomar distancia, decidí mirar a las grandes ligas y hacerlo en todas las dimensiones, incluida la variable tiempo, por lo que acudí a los clásicos y a los ilustrados… bueno, a un clásico de la ilustración.

Dado que mi referente hoy va a ser Kant, busqué material en Google del prusiano (que hoy sería ruso) y me sorprendí cuando veo que “ética” aparecía inmediatamente debajo en el extensible de Google. Resulta que esta materia era, para mi sorpresa, una cuestión muy recurrente en lo que se refiere al interés que despierta Kant.

Como todo en mi vida, la alegría primera dio paso a la posterior suspicacia y decidí limpiar de cookies, historial de navegación y búsquedas previas el navegador y volver a consultar. Tal y como sospechan, Google reconocía al filósofo, pero de la ética no quedaba ni rastro.

Al tratar la ética, Kant parte de que la moral nace de las personas que tienen la voluntad de hacer el bien y es la única virtud que no puede ser tergiversada por su finalidad. Explico esto: piensen en la lealtad, o la valentía, o la inteligencia. Ahora piensen en ponerlas al servicio de un infame. Por muy virtuosas que sean la lealtad, la valentía o la inteligencia, su aplicación llevaría a consecuencias lesivas para otras personas.

Según Kant la ley moral nos obliga a todos y su principio fundamental es lo que él llamó el imperativo categórico: «obrar de forma que la máxima de la voluntad valga como principio de una ley universal». 

Volvamos a lo que ha pasado de abril a hoy en España que, si ha pasado algo (salvo durante 4 semanas, poco), desde luego no ha ocurrido nada que pudiéramos decir fuera el modelo para una ley universal… ni comunal, ni siquiera vecinal. Aún menos cuando, hace tres años, ya vivimos el mismo escenario.

Es muy difícil hoy defender y argumentar algo que no sea el fracaso de esta legislatura. Porque ha sido una legislatura no fallida, sino fracasada. Es el Congreso, son los 350 diputados, los que votan la investidura del Presidente del Gobierno y para ello la Cámara estaba constituida y operativa, con lo que, con todos los medios a su disposición, al no lograr su primer objetivo, el fracaso es evidente.

De hecho, es también muy complicado culpar de forma argumentada al Artículo 99 porque, el deber de aquel al que le afecte es formar gobierno, no buscar cómo rebajar la exigencia o argumentar de que presenta un nivel no acorde a los tiempos.

Así que, tal y como se han desarrollado estas últimas 21 semanas, con las elecciones ya en marcha y las maquinarias empezando a bombear combustible, todo lo que ha habido hasta hoy ha sido una comunicación a acérrimos, no a votantes y menos a ciudadanos. Ha sido un mensaje para primarias, pero lanzado a la población.

Es más, existe muy alta probabilidad de que lo que quede por delante sea más de esta misma comunicación, a no ser que venga alguien osado a romper la dinámica y a buscar ganar corazones y mentes por una vía que realmente suponga una alternativa. ¿El problema? Que de abril a hoy no ha habido ni nuevas propuestas, ni nuevas caras, con lo que la disrupción debe acometerla alguno de los actuales candidatos.

Abundando es esperable una menor participación que la que hubo en abril y resulta que la abstención favorece a aquél que moviliza mejor a su votante. Si el voto que decide está en el centro, quién hoy lucha con mayor eficiencia por este segmento es el PSOE (recuerden lo comentado aquí hace unos días sobre la encapsulación en la comunicación política). Sin ir más lejos, en la sesión de control del miércoles, Cayetana Álvarez de Toledo preguntó a Carmen Calvo qué era «progresismo» y ésta no tuvo más que abundar en lugares comunes, esos lugares comunes que parece que siguen dando el resultado deseado.

Enrique Cocero

Consultor político y socio Fundador de 7-50 Strategy

Encapsulación

La ventaja en el mensaje de la izquierda es el encapsulado. Términos como “social” o “progresista” son referencias inequívocas, lugares comunes de este segmento político, aunque la segunda sufra de aquello que aquejaba al comunismo en Italia en los 90 y es que había una corriente por cada italiano que se decía comunista. Hoy, una formación política de izquierda, no toca el concepto, prefiere no romper el hechizo, hace por mantener vivo el espíritu y, si acaso, le añade propuestas acordes a los tiempos que se vivan.

Un ejemplo de completar con propuestas son los 370 (que serían 369 en cuestión de minutos) puntos puestos en la mesa por el PSOE para un acuerdo de investidura, pero «progresista» y «social» están tan cargados en el imaginario, que perfectamente puede pasar sin ningún añadido, como ocurrió en el periodo que podemos llamar desde elecciones hasta vacaciones. Largo periodo, mudo unas veces, sordo otras, en el que deberían haberse dedicado a forjar acuerdos y no a publicitar desencuentros.

Así que la pugna dentro de la izquierda hoy está en mostrar quién tiene mayor potestad sobre estos términos. El Presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, dispone en sus recientes intervenciones de un atril con un frontal («galleta» se suele llamar) de color rojo que, en letras blancas, reza (con perdón) “Por un Gobierno Progresista”, algo con lo que, junto a su satélite “Programa Común Progresista”, hace que saquen ventaja a Podemos. En paralelo Íñigo Errejón quiere salirse de la terminología clásica para crear un nuevo espacio y, de paso, no entrar en una competición que sus antiguos compañeros van perdiendo.

Impregnar en la población, percolar, hacer usuales términos novedosos, es un proceso costoso en talento y tiempo que requiere diseñar con una capacidad de simplificación elevada. Por lo tanto, la intención del señor Errejón es encomiable, incluso envidiable, pero, mientras tanto, es Ferraz desde donde se domina la terminología de la izquierda y, con ella, mentes y corazones ya que para los votantes es mejor estar con los ganadores.

¿Podría entonces triunfar Errejón? No es descartable, si tiene los medios económicos y humanos, porque su recorrido empieza donde Podemos se desvanece. Errejón podría ser un líder a partir de la marca en la que Pablo Iglesias desvió el camino para convertirse en un burócrata (aunque en su entrevista para RT haya declarado que al Iglesias de hace 5 años le hubiera aconsejado no meterse en este mundo tan complicado).

Podemos, ha quedado enmarcado en un laberinto labrado por su líder y de complicada salida, que ha sido centrarlo todo en la búsqueda del asiento. Un hecho potenciado por el riesgo a acabar siendo residuales tanto si hay elecciones como si no entran en el Consejo de Ministros en caso de que haya gobierno, aunque podrían caer de pie ante unas nuevas elecciones: perder votos, diputados y, aún así, ser más determinantes que hoy si el PSOE no alcanzara una mayoría suficientemente sólida.

Pero Podemos no ha dominado el diálogo, ni siquiera ha tomado la iniciativa. No ha puesto un documento con propuestas y no ha descolgado primero el teléfono. ¿Se acuerdan que la semana pasada hablaba del Ad-Hominem? Pues la modalidad a la que se acoge Pablo Iglesias es la de auto-referencia en tono doliente, con frases como la de haber ya aceptado «suficiente humillación».

En relación con todo esto podríamos traer a la mesa a Roland Barthes, filósofo y semiólogo francés que vivió la izquierda cuando la izquierda vivía en privilegio en el París de los años 50 y 60. Barthes analizó la producción literaria y concluyó que ésta se mueve a través de una elección inequívoca: ideología o poesía. Afirmaba que uno puede generar ideología tan sólo con quererlo, pero que la poesía requiere talento. Supuesto que aceptemos la premisa de Barthes, dado que para la izquierda la ideología está creada y sólo hay que añadir los nuevos elementos, el resto del esfuerzo va dedicado a crear un estilo.

En cambio, la derecha y, en mayor medida el centro-derecha, no tienen esta ventaja. Su encapsulación de conceptos es efímera, por ser frágil y mal cimentada, pero no porque esa ideología no exista: desde el liberalismo al conservadurismo los clusters existen, pero vuelan muy por encima de ninguna propuesta de soluciones y carece de una comprensión unívoca como la de encapsulación de la izquierda. Tienen predicamento y tienen incluso gente que se declara representante, pero no hay apenas nadie en el campo político que haya sabido definirlo con sencillez y, menos aún, que haya sabido hacerlo llegar al votante.

Es por esto que el centro-derecha en España requiere de una némesis para mantener la tensión: “si ellos lo estropean, nosotros lo arreglamos” es una forma de reconocer que la reacción es uno de los cimientos más importantes a la hora de encapsular una propuesta de campaña. El problema es que es un condicional, con lo que la primera parte de la proposición debe cumplirse, de ahí que sea un reactivo que necesita primero el acto del rival. De hecho, en el sistema en el que se mueve España, a no ser que haya una crisis que resolver (ahí sí que el margen de acción no es que sea estrecho, sino que es inexistente y es cuando se mira a la derecha), la línea de intersección con las políticas de una izquierda moderada es muy sutil y esa línea es en la que Ciudadanos quiere hacerse fuerte.

De todas maneras, el verdadero reto para una nueva forma de hablar de ideología, de proyecto y de convencer lo encuentro en la novela “En El Camino”, la novela de Jack Kerouac, cuando habla de que él sentía fascinación y seguía a «la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes». Lo malo es que con tres (veremos si cuatro) elecciones generales en cuatro años, las prisas por poner en marcha una campaña roba tiempo a desarrollar una nueva forma de comunicar.

Ojo, que hay gente que lo ha logrado.

Enrique Cocero

Consultor político y socio Fundador de 7-50 Strategy

¿Víctimas o verdugos?

Si viajan a Roma les recomiendo que vayan a la plaza del Tritone. Ya sé que muchos cuelgan en alguna red social sus fotos en la Fontana de Trevi, pero, con todo respeto, la opulencia de la obra de Salvi, no posee la fuerza y la energía de la de Bernini (y está menos atestada de gente). La plaza donde se encuentra pertenece a la colina más alta de Roma, el Quirinale. Suban por la calle Quatro Fontane, dejarán la izquierda el Palacio Barberini, obra que sucesivamente comandaron Maderno (al que asistió su sobrino Francesco Borromini) y Bernini. Originariamente era un terreno de la familia Sforza que, en apreturas económicas, lo vendieron a la poderosa familia de origen toscano.

Suban un poco más y encontrarán el cruce con la Vía del Quirinale donde están las cuatro fuentes en cada una de sus esquinas. En una de ellas, en la que se representa el Tíber, está la iglesia de San Carlo alle Quatro Fontane, obra de Borromini, apadrinada por Francesco Barberini. Si siguen la vía hacia el sur-oeste verán Sant’ Andrea al Quirinale (obra, de nuevo, de Bernini encargada por Camillo Pamphilj, cardenal de otra poderosa familia con origen en Umbria).

Avancen unos metros y a la derecha se abrirá la plaza de Monte Cavallo presidida por un obelisco y en cuya base se encuentra la fuente de los dioscuros. Allí se ubica el Palacio del Quirinale. Custodiado por coraceros, fue encargado como residencia veraniega del Papa y hoy es la residencia oficial del Presidente de la República Italiana. En menos de 800 metros, por tanto, habremos recorrido un camino de historia, de poder, de política y de arte como la materialización de cualquiera de los anteriores. 

Hoy, el habitante del Quirinale, se llama Sergio Matarella y, desde la mayor altura que domina Roma, le toca decidir cuál es la mejor vía para paliar la inestabilidad política de un país que nunca que se caracterizó por sus aguas calmadas. Letta, Renzi, Gentiloni y Conte son los nombres que nos resuenan como primeros ministros de Italia desde que Mario Monti, el tecnócrata que gobernó para recuperar la economía, dejara el asiento en 2013 tras menos de dos años en el Palacio Chigi. En ese mismo periodo de tiempo España ha tenido dos presidentes del gobierno.

Para verlo desde Italia he ido al Corriere de la Sera y allí Massimo Franco habla de Conte como de un hombre determinado, que sabía que su tiempo en este gobierno había llegado a su fin (bien mediante moción de censura o no, me permito añadir, porque Salvini ha ido a por la opción de segar tras la de desgastar) y que ha sido, en palabras de Franco, «duro y riguroso con su vice y ministro», «demoledor», llega a decir, para irse con dignidad. Apunta el periodista que ha sido un éxito de Conte el quitarse «no una, sino muchas piedras de los zapatos».

Me ha llamado especialmente la atención cuando Massimo Franco habla de las dos vías posibles tras la renuncia del Primer Ministro: un gobierno sin continuidad con el actual y que se mantenga hasta 2022, o uno que lleve a elecciones.  Matarella quiere evitar que se acumulen las decisiones a tomar tras la caída del gobierno mientras Italia espera. Matarella quiere un gobierno que actúe, no un impass hasta que llegue un acuerdo improbable. 

Percepción: ¿víctimas o verdugos? El castigo del relato que quiere imponerse como resumen digerido (y dirigido) de situaciones en ocasiones complejas de las que no se tiene información completa. Salvini está hoy en un gobierno interino después de haber recibido un fuerte rapapolvo mientras, lo más que podía hacer durante el discurso de Conte, era gesticular. La moción de censura era un movimiento destinado a enmarcar en la inoperancia a un teórico aliado para pasar a catalogarlo como el rival. Resulta que ahora deja al de La Liga con la tarea de justificar su actuación.

Porque Giuseppe Conte hizo un recorrido por todo aquello que ha precipitado el fin del gobierno y tal cual ha quedado recogido por los medios, cada uno de los motivos. Y los dio teniéndole al lado, dejando caer en ocasiones su brazo en el hombro del líder derechista. Dejó incluso la sensación de que mucho de lo expresado en el Senado venía tras numerosas conversaciones en privado. ¿Cómo? Le dijo a Salvini en un momento de su intervención: “no te lo he dicho nunca, Matteo, pero no se usan símbolos religiosos en actos políticos”, invitando a la mente del espectador a entender que el resto de las cosas sí se habían hablado, posiblemente varias veces.

Será interesante ver cómo Salvini avanza tras este fin de gobierno y cómo las encuestas ubican a cada uno de los protagonistas. Recuerden que Renzi no llegó al poder a través de las urnas y que, cuando quiso hacerlo, el resultado fue devastador para el candidato.

Y, hablando de urnas, hay una parte de la intervención de Giuseppe Conte que que deber estar resonando desde Roma: “Hacer que los ciudadanos voten es un ejercicio democrático. Pedir que voten cada año es de irresponsables”.

Enrique Cocero

Consultor político y socio Fundador de 7-50 Strategy

Mandatos

El candidato a la Presidencia del Gobierno está de vacaciones y el resto de sus pares también. Sus segundos están activos, principalmente lidiando con la cuestión del Open Arms, con José Luís Ábalos dibujando la línea de la responsabilidad, Pablo Echenique yendo, por supuesto, a máximos (algo que se desdibuja cuando se lidera un gobierno y llega la primera crisis o el primer salto de la valla) y Pablo Montesinos dando como solución lo que es el principal problema: la coordinación de la UE en temas de inmigración y refugiados.

Dado que el tema de los rescates en el mar requiere un planteamiento denso (sólido lo veo imposible) y que escapará a los titulares, hay otras cabeceras que me han llamado la atención y una de ellas ha sido la de Abel Caballero en una entrevista en El País: “De limitación de mandatos hablan los que pierden”.

Puedo entender la fiebre de la frase porque, como bien recuerda el artículo en sus primeras líneas, el señor Caballero obtuvo un 68% de los votos en las últimas elecciones. En su respuesta, el argumento principal era “que hable la gente”. Esta sentencia me inquieta, porque anda que no he visto esa directriz en demostraciones públicas, declaraciones abiertas y en conversaciones privadas en casos que, posteriormente, no han tenido un desarrollo tranquilizador.

Así que, cuando me inquieto, miro a los grandes. Cuando oigo un discurso lleno de relato y carente de contenido, miro a Lincoln que, en el campo de Gettysburg, utilizó 271 palabras para expresar todo lo que era necesario escuchar. Cuando oigo hablar de limitar mandatos, miro a Harry S. Truman.

Nacido en 1884 en Missouri, ha sido uno de esos personajes de la historia que lo logró todo en la vida por el camino más largo. El único Presidente de los EE.UU. que participó en la Primera Guerra Mundial (Eisenhower lo intentó varias veces, pero cada una de ellas le dieron un destino interior), es uno de los dos que no han obtenido título universitario. Fue rechazada su candidatura a gobernador y a congresista y entró como quinto contendiente a las primarias demócratas a Senador por su estado.

Haber hecho las cosas por el lado largo, le dio la oportunidad de conocer mucha gente y generar una gran confianza, con lo que, en la campaña a senador, ganó las primaras de su partido y luego la elección a Roscoe Patterson. Como Senador, al frente del comité que llevaba su nombre, logró una reorientación en eficiencia y, sobre todo, en evitar el abuso y el malgasto en las instalaciones militares. Su programa llegó a ahorrar 15.000 millones de dólares de 1940, un año antes de que el país entrara en guerra.

En 1944 Roosevelt se presentaba por tercera vez a la reelección (ganó su acceso a la Casa Blanca en 1932) y necesitaba a alguien que sustituyera a Henry Wallace, demasiado escorado a la izquierda, demasiado amigo de los sindicatos y muy poco aceptado fuera de estos colectivos. ¿La opción más recomendada? Harry S. Truman que, por cierto, la “S” no significa nada (les animo a que busquen la anécdota con Harlan F. Stone en su juramento como Presidente tras la muerte de FDR).

En 1944, en plena guerra y encarando las siguientes elecciones surge de nuevo la vieja discusión de cuánto tiempo un Presidente debe estar en el cargo, cuestión que ya había surgido con los primeros mandatarios del país. Hamilton y Madison proponían mandatos de por vida (o hasta dimisión) y Mason calificaba esta idea de “monarquía electiva”. Es más, Washington quería retirarse ya tras su segundo mandato y notables fueron a verle a su casa de Mount Vernon a pedirle que se presentara una tercera vez, que sería ya la última por pura extenuación. El de Virginia advirtió en su discurso de despedida que no imponer una limitación de mandatos en la Constitución podría hacer que la Presidencia acabara en una condición hereditaria.

En las midterms de 1946, los republicanos se hacen con la mayoría de la Cámara de Representantes y rápidamente liberan la Resolución Conjunta 27 en la que se establece un límite de dos mandatos para el Presidente. Hasta 47 demócratas aprueban la resolución dando un total de 285 síes, lo que me hace mirar la afirmación del señor Caballero y empezar a considerarla un exceso anímico.

Una aportación del Senado termina de redactar la enmienda haciendo que se considere como no apto para la reelección aquel candidato que haya llegado a la Presidencia en la primera mitad del mandato del anterior. Por eso Lyndon Johnson podía aspirar a más de 8 años en el Despacho Oval, porque sustituyó a Kennedy en noviembre de 1963, aunque finalmente decidió no seguir más allá de su primera elección.

Como se trataba de una enmienda a la Constitución, se debía ratificar por las legislaturas de todos los estados y 41 de ellos la aprobaron entre 1947 y 1951. Consideren que, entonces, la Unión la conformaban 48 estados.

Algo más que aportar es que a Truman no le impactaba la enmienda: él podía presentarse tantas veces como quisiera, porque estaba redactada para futuros presidentes. FDR muere en 1944 y, al momento, Truman es nombrado Presidente. En 1948 se presenta ya como cabeza de “ticket” y gana a Dewey en una noche agónica de la que hay una célebre foto en la que el Presidente, sonriendo, sujeta un ejemplar del Chicago Daily Tribune en la que se lee “Dewey derrota a Truman”, evidenciando lo ajustado del recuento. Pues bien, en 1952 Truman anuncia que no se presenta a la reelección y, ese año, ganaría Eisenhower.

En la historia de la legislación más célebre sobre la limitación de mandatos encontramos, pues, las voces más sonoras, autorizadas y victoriosas que se contraponen a la declaración del alcalde de Vigo. La limitación de mandatos no tiene que ver con perdedores, sino con entender la necesidad de superar etapas. Tanto las propias como las que necesitan los votantes.

Enrique Cocero

Consultor político y socio Fundador de 7-50 Strategy