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13er Congreso

“En materia de autonomía, la Constitución abre y no cierra” fue la frase de Solé Tura, uno de los padres del texto y portavoz de los comunistas en las Constituyentes de 1977-1979. Txiki Benegas afirmó que, en lo relativo al Título VIII, la Constitución era más progresista que la del 31 porque “reconoce el derecho de autonomía para todos”. Miquel Roca, por su parte, afirmó que “serviría para la consolidación de la democracia”.

El 21 de julio de 1978 eran asesinados por ETA el General de Brigada Juan Manuel Sánchez Ramos y al Teniente Coronel Juan Antonio Pérez en Madrid. Ese mismo día se aprobó el texto constitucional por el Pleno del Congreso de los Diputados por 258 votos a favor, dos en contra y 14 abstenciones.

Hasta tal punto tenía la historia de su parte el entonces diputado Roca que, esa misma tarde, se votaba la disposición derogatoria y, con ella, pasaban a mejor vida toda una serie de leyes del franquismo. Era la propia aprobación de la Constitución la que iba a sepultar el inventario generado por unos legisladores que llevaban la arbitrariedad en la potestad de sancionar leyes tan lejos como no hace mucho hemos podido vivir. Es más, era la propia aprobación de la Constitución la que iba a poner límite a esa arbitrariedad.

La tarde del 21 de julio, antes de votar la disposición derogatoria, el secretario de la cámara leyó esa lista de leyes franquistas a sepultar y, por cada una de ellas que era nombrada, se oía un “¡Bien!” emitido por más de uno y más de dos diputados. Era, en gran medida, toda la celebración que el Congreso se podía permitir tras los atentados de esa mañana.

41 años más tarde asistimos a una apertura de legislatura, la 13ª, en la que hemos visto comportamientos que, esperemos, sólo se albergará en las actas del Congreso y en alguna memoria hiper-excitable. Sesión (y jornadas siguientes) que, por suerte o por desgracia, son propias de una democracia de la edad que tiene la nuestra, la verdad.

Los años 80 demostraron que todo el mundo andaba con mucho cuidado a la hora de saltarse ningún paso o reglamento a fin de que nada se quebrara por la extrema fragilidad de todo. Por otro lado, si tuviéramos una democracia de 200 años, posiblemente seríamos mucho más respetuosos con lo que nos hubiera llevado hasta allí. Pero… en fin, sin estos 41 nunca podremos llegar a los 200.

Obvio las posibles referencias a la Presidencia de la Cámara respecto a lo que tiene entre manos, de lo que ya se ha hablado mucho. Me centraría en la eficiencia y lealtad debidas del máximo representante del legislativo por hacer funcionar con solvencia una institución en la que, si bien todo en este mundo es finito, la primera temporalidad es la propia, no la del Parlamento que, a fin de cuentas, debe perdurar, al menos, esos 200 años.

Pero, sobre todo me centraría en que la institución que representa y gestiona se define en el término sajón de “law maker”: “hacedor de ley”. Hoy lo veo mucho más descriptivo que “legislativo” porque puede que, a fuerza de ser repetido en desde el martes en multitud de frases vacías, el término haya perdido de alguna manera (y temporalmente) conexión con su significado.

Enrique Cocero

Consultor electoral y socio Fundador de 7-50 Strategy

Win-Win

Si han leído Astérix y lo han leído más que un niño los ingredientes en la caja de los cereales durante el desayuno, se acordarán de dos cosas que se repetían como elementos de continuidad a lo largo de los distintos álbumes: uno eran los comentarios de los legionarios cuando acababan de recibir una paliza de la pareja de protagonistas galos (“alistaos y veréis mundo, dicen”).

La otra era las citas en latín que tanto legionarios como el pirata anciano solían decir ante una tarea desagradecida (los primeros) y un nuevo naufragio (el segundo). El golpe genial de estas intervenciones era que se contestaban con un “bah, palabrería” o un “en vez de hacer fáciles juegos de palabras…”

Un “latinajo” reciente y que está teniendo mucho éxito en el panorama político es salir con el quid prodest o a quién beneficia pero, reconozcámoslo, de todo el puzzle, ésta parte suele ser la más fácilmente reconocible. Yo soy mucho más de veridis quo o con qué propósito, porque una vez que sepamos la respuesta a la segunda, la primera será contestada con mayor claridad.

La misma jugada de los presupuestos aparece hoy con otro objeto directo y que es la presidencia del Senado. En su momento los presupuestos fueron presentados ante una consideración generalizada de que no era necesario porque se podía vivir con la prórroga y que, además, presentarlos iba a llevar, o bien a una debacle por su rechazo, o bien a la materialización de una connivencia con los independentistas para su aprobación.

Pero se presentaron, se rechazaron, hubo elecciones y el resultado es hoy por todos conocido. Pues bien, creo que algo no alejado de estos movimientos es lo que está ocurriendo con Miquel Iceta.

En inicio parece un movimiento solvente para desmarcarse del independentismo ante las Europeas, Municipales y Autonómicas, pero la longitud no que da sólo ahí. Ya sé que las catalanas no entran hoy en la terna, pero a nadie extrañaría que para otoño pudiera haber de nuevo elecciones en la tierra del PSC ante la inasistencia administrativa que sufre hoy Cataluña.

¿Y quién parte con mejor posicionamiento ante esa posible cita? Miquel Iceta. Ante un resultado de elecciones en que ha mejorado quién mejor se ha moderado y organizado, Iceta es la única voz de terreno no-alineado que se ha elevado en estos últimos meses.

Federalista convencido (solución también intermedia, aunque en absoluto explicada) habla abiertamente de las distintas opciones que se podrían plantear para resolver la cuestión catalana bajo una línea que marcaría el consenso. Un consenso complicado, improbable si me apuran, pero Iceta ha hecho de ello una bandera planteando que la alternativa es desastrosa.

Cuando Sánchez hace el movimiento de anunciar la candidatura a presidente del Senado no está pensando en el 26M, al menos no sólo: está pensando en las catalanas. Ciudadanos se ha descapitalizado con la salida de Arrimadas al Congreso. Sí, será diputada por Barcelona, pero anda que no hemos visto recriminaciones a políticos catalanes y vascos las últimas semanas a causa de cambiar su origen por una vida en Madrid.

El independentismo está en repliegue, el Partido Popular desaparecido en Cataluña y Quim Torra ni gobierna ni cae bien. Es el escenario para buscar un candidato de consenso que recupere para los socialistas un bastión que ha sido siempre crítico en sus aspiraciones de una mayoría amplia.

Así que la jugada del Senado no podía salir mal o bien; era un Win-Win (cayendo ambas victorias del mismo lado). Si salía elegido, se desarrollaría un plan de presencia en distintos entornos. Sería una figura con más peso específico, incluso, que quién acabara presidiendo el Congreso. Podría poner en su horizonte la reforma del Senado para todo aquello que campaña electoral tras campaña electoral se ha planteado (pero nunca se ha ni iniciado).

Pero sobre todo sería un interlocutor de facto. Si me apuran el mediador por el que tanto se clamaba hace unas semanas. Un éxito de Pedro Sánchez por orientar el conflicto hacia la búsqueda de la normalidad.

Pero no ha salido ¿fracaso? No. Win-Win, recuerden. En la mañana del jueves ya se encargó el exPresident Montilla (el hombre que primero se ha sacrificado por esta operación) de dejar claro que son las actitudes contrarias de la derecha y los independentistas las que han dado al traste con una opción de consenso. En su versión los extremos de nuevo se han tocado y el diálogo ha salido perdiendo. Hoy la España plurinacional tiene un nuevo débito con las iniciativas socialistas y esto es ampliamente explotable de aquí a otoño.

Veridis quo: a qué propósito. La primera pregunta para realizarse ante cualquier movimiento en apariencia osado.

Enrique Cocero

Consultor electoral y socio Fundador de 7-50 Strategy

Objetos en el aire

“Dudar y discutir: éste es el síndrome de la civilización judía”

— Amos Oz.

Mucha más resistencia a la derrota y mucha mayor reivindicación de la victoria hubo en 2016 de las que está habiendo este año y, como es lógico, aún más hubo en 2015 ante un escenario incierto.

Este año no. Este año sólo hay un ganador que es Pedro Sánchez y nadie discute esto. Pero los enfoques no son críticos entre aquellos que han mejorado. Tampoco lo son mucho en el caso de Pablo Iglesias, quién busca una pátina de dignidad al insistir entrar en el Gobierno ante la evidencia de que, en la izquierda, el pragmatismo se ha impuesto sobre un idealismo agrietado.

Porque si Podemos vino a cubrir las grietas que la izquierda tradicional tenía abiertas, en 2019 el plano ha girado 180º dejando al descubierto una superficie más afectada por la erosión. Un idealismo de titular en el que su única renovación ha venido dada por la gente que se ha ido y un (otro) cambio de marca.

Hace 4 años Juan Carlos Monedero hablaba, en su entrevista con Iglesias en Otra Vuelta de Tuerka, de cómo a Achille Occhetto le tocó “apagar la luz” del Partido Comunista de Italia, pero hoy el líder de Unidas Podemos se afana en lograr un contrato prioritario con la “energética”.

Al tiempo Pablo Casado busca identificar a su rival y es que es importante diferenciar entre rival, contendiente y enemigo. En las generales el rival era Vox porque el Partido Popular había vuelto a sus “valores tradicionales” y recuperar ese voto parecía fácil bajo la nueva estructura. Hoy Vox pasa a ser contendiente, con un menor discurso regional y con una exigua presencia en términos municipales que puede permitir a Génova un respiro o un relanzamiento.

El rival ahora es Ciudadanos, un Ciudadanos que no tiene gran profundidad local y en el que, si ordenamos sus bazas principales, éstas serán las europeas (por vocación), las autonómicas (por necesidad), Madrid (por relevancia) y todo el movimiento generado alrededor del nuevo Congreso. Arrimadas ya se ha despedido del Parlament y Rivera se atribuye la hegemonía de la oposición, estirando la puesta en escena que le granjeó tantas simpatías en el primer debate y bastantes menos en el segundo (lo poco gusta…).

Mientras, siguiendo el ejemplo de Pedro Sánchez en las generales y si obviamos los debates, los líderes socialistas implicados en las elecciones del 26 de mayo, de forma discreta y sistemática, huyen del ruido y se centran en el mensaje, en la agenda. Nada fuera de lo planificado, nada fuera de lo programado, dejando que los errores los cometan otros.

El jueves el CIS ha concretado que la victoria del PSOE es inequívoca en casi todo el territorio nacional, tanto en autonómicas como en Europeas. Si acaso la mancha de no poder descabalgar a Colau en Barcelona ni poder condicionar su presencia o la de ERC al frente del ayuntamiento, pero la maquinaria puesta en marcha en febrero (y planificada bastante antes) sigue generando réditos y, sobre todo, seguridad en el elector

¿Por qué el resto no? ¿Qué ha fallado? Son preguntas que debían estar en las mesas de planificación del resto de partidos (y de los socialistas también, que todo cambia muy rápido) de cara a esta campaña. Improvisar e ir a golpe de reacción se ha demostrado mal remedio: en términos vectoriales transmite ausencia de dirección, sentido y esquiva la certeza.

Enrique Cocero

Consultor electoral y socio Fundador de 7-50 Strategy

En busca del logro

“Me impresiona lo importante que son las mediciones para poder mejorar. Se puede lograr un progreso increíble si se establece una meta clara y se encuentra una medida que impulse el progreso hacia esa meta. Puede parecer básico, pero sorprende la frecuencia con la que no se hace y lo difícil que es hacerlo bien».

— Bill Gates.

Hubo un momento ayer que, si alguien me pedía otra porra con el resultado electoral o me pasaba un tracking más, iba a aborrecer la democracia. Por supuesto no la democracia como sistema, sino la democracia como entretenimiento. Conste que he hecho mis predicciones y he incumplido la advertencia de G. Eliot por la cual afirma que la profecía es la forma más gratuita de error.

Pero en cuanto el escrutinio comenzó a realizarse me sorprendió una cosa y es que Ciudadanos comenzaba muy fuerte en las mesas pequeñas. A las 2138h la formación de Albert Rivera contaba con una proyección de 53 escaños, algo que no había visto en 2016, donde Ciudadanos había empezado muy flojo y fue creciendo a medida que llegaban los resultados de las mesas más grandes.

Esto sólo podía significar que la gente de Rivera había desplazado al Partido Popular de las zonas rurales y las poblaciones pequeñas. Lo malo para la gente de Génova sería ver cómo esa percolación no había afectado a lo que ya tenían en las urbes y, según pasaban los minutos, los escaños iban cayendo poco a poco. No era vertiginoso, pero afianzaban su resultado, si acaso no lo subían, a cada actualización de los datos.

Esto producía dos lecturas: o bien Ciudadanos había sabido afianzar el centro ya en todo el territorio nacional, o bien el Partido Popular lo había descuidado en su persecución de valores más tradicionales o más conservadores que Vox llevaba tiempo conquistando. Cierto que no mucho tiempo, porque todo ha ocurrido muy rápido, pero el suficiente y con el entusiasmo necesario como para tomar posesión de ellos.

Vox en esta campaña ha desarrollado un mensaje meridiano, persistente y todo giraba en torno a unir dos conceptos: “Vox” y “España”. Esta combinación de pertenencia y patriotismo ha funcionado, sí, pero funcionó hasta un límite y ése es el límite que les iba a hacer invariantes en votos subiera o bajara la participación.

Vox no ha hablado a estudiantes de las tasas universitarias, o a personas mayores de las pensiones. No ha hablado apenas de impuestos y, de haberlo hecho, su mensaje no ha sido diferencial respecto al del partido Popular o al de Ciudadanos. Resultado, 24 escaños y la certeza de que, o hay mensaje nuevo, o el campo colonizado estos días es todo el campo a colonizar.

Los votantes de Vox, supongo que al igual que sus dirigentes, se deben sentir algo frustrados desde el domingo por la noche. Las expectativas (las encuestas) eran mucho más favorables. Se esperaba generara el mismo efecto exponencial que se vivió en las elecciones andaluzas de diciembre pasado, pero partiendo de esos 24 escaños.

El problema es que ésta es la cifra ya cerrada, no el origen de una revolución, y, junto a la ineficiencia de los resultados del PP y Ciudadanos, la posibilidad de condicionar el legislativo en los próximos cuatro años se queda en apenas nada. Ahora toca dinámica parlamentaria, acudir a las sesiones de control y a los plenos, prepararlos, ejecutarlos, que trascienda a los medios y volver los fines de semana a ganar campo electoral.

Por tanto, el bloqueo por parte de Vox del campo más conservador debió levantar las alertas del Partido Popular y hacerle mirar a su objetivo real y alcanzable: un centro que estaba en disputa. Pedro Sánchez buscaba captarlo desde el lado izquierdo del espectro y, desde ahí, extenderse a la izquierda y no recibió mejor refrendo que el tono comedido de Pablo Iglesias a la hora de plantear competencia.

Los fichajes estrella no han servido de mucho. En contra de lo que he oído por ahí, no creo que el movimiento de Ángel Garrido haya sido determinante, ni apenas influyente. No creo que tampoco lo sea para su principal objetivo, que son las elecciones autonómicas. No creo que ese tipo de movimientos tengan más recorrido que el del morbo temporal y de consumo rápido.

El centro-derecha sigue en liza. El triunfalismo de Ciudadanos pasará y el bajón del PP también. Habrá que tener mucho cuidado con los excesos de ánimo de los primeros, con los rumores y filtraciones sobre posibles pactos con el PSOE. Hoy, de hecho, ya he escuchado una negativa a pactar, poco después una posibilidad abierta y, minutos más tarde, un cierre en rotundo.

En el lado de Pablo Casado los elementos que hagan perder el foco vendrán con toda la cadena de noticias y rumores que quedan por delante: dimisiones, presiones para que lleguen éstas, que si la venta de Génova o el desmantelamiento de la estructura de los segundos. Será ruido, sí, pero ruido incómodo sino doloroso que habrá que ser rápido en acallar.

Ayer lunes comenzó, de nuevo, la batalla por el siempre huérfano centro. Un centro que está capitalizado por el lado izquierdo y que el lado derecho aún no tiene un inventario de temas que tratar, un método para tratarlos, un calendario para cumplirlos ni una forma de controlar qué tramos se han cubierto.

Enrique Cocero

Consultor electoral y socio Fundador de 7-50 Strategy

Responsabilidad, no culpabilidad

En contra de lo que se cree, en las elecciones no hay verdugos ni damnificados, no hay víctimas ni sicarios. El primer responsable de las elecciones es el votante, porque es el votante el que ha escuchado, con interés o hasta el hastío, a los candidatos explicando su campaña y es él quien ha ido a votar a favor, en contra, con entusiasmo o (qué expresión tan pobre) “con la nariz tapada”.

Si el resultado se cuenta en papeletas, el compromiso con el voto se mide en grados: desde el ciudadano convencido de ir a votar, no ya como un derecho, sino como una responsabilidad, al que, excusas mediante o no, decide no ir a votar.

Y ayer esa gradación puntuó alto. El primer adelanto de participación anunciaba al mediodía del domingo 4,5 puntos más que en 2016 y, en aquella ocasión, la participación llegó por encima del 66%. La segunda, ya por la tarde, daba más de 9 puntos a nivel nacional.

Si la abstención favorece, no al más votado, sino al que mejor ha sabido movilizar el voto, Vox, ante este crecimiento, iba a salir perjudicado. No así si hubiera habido una participación similar a la de 2016 porque, a nadie le ha sido ajeno, el bloque de votantes de Vox iba a ser el más sólido estas elecciones (o al menos el que más decidido parecía a ir a votar). Así que, con tan elevada movilización y si tenemos que atender a los clásicos y a la petición de Pedro Sánchez a lo largo de toda la campaña, la activación del voto debía favorecer al PSOE.

Viendo el tracking de GAD3 a poco de las 2000h la pregunta era “¿gobernará Pedro Sánchez con los independentistas?” En noche electoral y con la entrada de Vox en el Congreso la excusa estaba dada, pero… ¿lo estaba? Si mirábamos un posible pacto PP, Cs y Vox con esos datos, nada justificaba el miedo ni el clamar un frente contra le extrema derecha, con lo que, pasada la primera fiebre de declaraciones, la justificación ha de ser muy potente y todos han de poner de su lado porque, si no, nos veríamos de nuevo en el primer trimestre de 2015.

Como creo que todos habrán visto los resultados, no vamos a profundizar en ellos. Los motivos del triunfo del PSOE han sido la campaña impecable, sin riesgos, en el tono presidencial, esperando a otear al contendiente. Tan sólo el debate podría haber mostrado una pega, pero parece que el carácter demostrado por Pedro Sánchez fue bueno para su segmento, no le pasó factura y esto, parece ser, fue otro acierto táctico.

Para mí la sorpresa ha sido Ciudadanos. No por el resultado, que también, sino porque ha sabido hacerse fuerte en las mesas pequeñas, en las poblaciones que venían de ser su lastre para crecer. Desde el inicio del conteo, precisamente en esas mesas, iban fuertes y mantuvieron una línea constante toda la noche, para rematar en cuanto entraron los datos de las urbes (y no necesariamente grandes).

Vamos a dejarlo claro: respecto a los resultados del Partido Popular se proyectarán culpas, se evocarán otros escenarios/tiempos y se exigirán cambios. De hecho mucho ya comenzó a ser tangible anoche. Si a Vox le ha laminado las expectativas creadas por las encuestas, al PP el resultado en crudo.

Para otros toca discreción. Un mal paso, una palabra no deseada, y las elecciones de mayo podrían salir lesionadas, especialmente cuando Ciudadanos tendría que girar mucho con respecto de hace dos semanas y, por el lado del PSOE la sombra de Bildu y los indultos van a planear por encima de cualquier declaración, mitin o rueda de prensa.

El problema que veo es que, después de la intensidad de esta campaña y del dramatismo de sus resultados, mucho del campo electoral está seco cuando, ahora, toca la elección de la cercanía, la de las transferencias, la de las competencias, las de la sanidad y la educación las de los IBIs… las del comer, vamos.

Pero mañana será aún demasiado pronto para que nadie preste atención a esas elecciones. Mañana habrá paseos triunfales y no tan triunfales y, si los interesados no se ponen en marcha, los resultados de ayer pasarán a ser una plantilla de los de dentro de un mes.

Enrique Cocero

Consultor electoral y socio Fundador de 7-50 Strategy

Candidato y no presidente

La cuestión “debate” ha logrado que Pedro Sánchez baje de su campaña diseñada con tiralíneas y que haya embarrado con una cuestión complicada en campaña electoral, aún más compleja que la conveniencia de ciertos pactos con el fin de gobernar. 

Hoy Sánchez es quien detenta la institución y puede transmitir que, por estar gobernando, él tiene un nivel que los demás contendientes no. Al tiempo este margen es estrecho, ya que la forma de llegar no ha sido a través de las urnas y no lleva mucho tiempo en Moncloa.

Por tanto, hoy era la oportunidad de sus rivales para reubicarle como candidato al quedarse Sánchez al descubierto por primera vez en semanas y, encima, hacerlo de forma presencial. Si salía bien, se encararía la última semana de campaña con la vulnerabilidad del rival abierta en canal y la determinación para convencer, algo esencial en una elección en la que el vértigo del voto llegará hasta el propio domingo.

Sánchez, efectivamente, ha entrado creyendo que lo de ser candidato no iba con él y, cada vez que podía reconducir su mensaje, volvía a aquello que le ha hecho fuerte y distante en estas elecciones, que es hablar del PSOE con matices de sensibilidad social y discurso de futuribles.

Pero quién ha visto primero a Sánchez como candidato y no como Sánchez pretendía, ha sido Albert Rivera. Le ha llevado a límites en los que éste ha gesticulado sin tener la palabra y el realizador de TVE no ha perdido la oportunidad de evidenciarlo.

Sánchez, encorsetado, buscando no abandonar su papel, volvía su mirada a Casado porque mirar a Rivera era un riesgo. Pero cuando el popular tomaba la iniciativa, el candidato socialista, despreciaba agachando la mirada y volvía a gesticular, hasta el punto en el que, su mejor interlocutor, acababa siendo el moderador. En ocasiones, incluso, repetía frases cortas como una letanía.

Menciones al gran ausente tácitas e implícitas corriendo por cuenta de Sánchez: “la ultraderecha a la que usted representa” o “señores de la derecha” o “la ultraderecha que no está en este debate” y la unión de conceptos Brexit – Trump y pacto en Andalucía, apara alentar el voto reactivo, pero tanta insistencia en la cuestión, ha evitado que el mensaje calara con gravedad.

¿E Iglesias? Iglesias estaba en otro debate. Un Iglesias en otro momento temible o, al menos, ante el que mostrar cautela, ha estado buscando su sitio sin querer dañar a Sánchez y dejando que Sánchez tuviera desgaste mientras él metía su mensaje. Tan ajeno que, de hecho, su cierre fue una enlongación del acto de su retorno en la plaza del Reina Sofía.

Enrique Cocero

Consultor electoral y socio Fundador de 7-50 Strategy

Acallar el silencio

El lunes Rivera rompió el tablero y, llevando las reglas al límite, planteó un debate que nadie vio venir, ni contrincantes ni espectadores. Tuvo buenos y no tan buenos momentos: los buenos llevar a Sánchez allí donde éste no quería estar y entre los otros destacaría el cierre. Si hace tres años Iglesias le robaba los golpecitos en el pecho a Bartlet (El Ala Oeste), Rivera le quitó lo de “el silencio” a Brad Pitt en Moneyball.

 

Cada candidato ayer llevaba al debate su mochila. Si la de Iglesias era la más ligera, la del resto, más o menos igual de pesada. Rivera por mantener el nivel, Sánchez por recuperar la figura de presidente (algo intentó anoche delegando en Ábalos el postDebate) y Pablo Casado por tener un poco más de cintura y agilidad.

 

A esto sumemos que había dos actores más; Ana Pastor y Vicente Vallés, dos periodistas de estilos muy distintos, lo que añadía un motivo más para la alerta y, cómo no, la concreción: Pastor la incisiva y determinante, Vallés el hombre tranquilo que busca los huecos y las grietas.

 

Pedro Sánchez no tardó ni un minuto en su primera intervención en hablar de las derechas. Ni en la segunda. Pero la segunda fue más llamativa, porque ahí salió el Pablo Casado que su parroquia (y la que está en la frontera) esperaba. El Pablo Casado que tardó nada en obtener de Sánchez lo que el lunes logró Rivera. De hecho, Rivera intentó ser aquel Rivera y no lo logró, al menos no al mismo nivel.

 

Iglesias abundaba en su estrategia del lunes, pero mejor desarrollada porque ya no parecía exento, aunque en ocasiones pudiera parecer que quería estar más dónde Vallés (o Pastor) que en ese atril. Dejaba claro que su frase de “déjennos estar 4 años en un gobierno” (ojo, que no gobernando) era una afirmación fundamentada. A lo mejor había escuchado los comentarios de los españoles que esta mañana eran entrevistados por los medios y que se quejaban de la falta de propuestas. A lo mejor todos habían escuchado y se vinieron con las propuestas y los datos. Entre propuesta, dato, entre toma de palabra y toma de palabra, y en la mejor tradición del hockey, los moderadores dejaban un tiempo para el enfrentamiento. A fin de cuentas, también como en el hockey, las peleas suben la audiencia.

 

En definitiva, un debate consecuencia del debate del día anterior: los que se vieron fuertes acentuaron y los que vieron mejora, mejoraron (sí, dos y dos) y, cuando se embarró el debate, se llenó de fango, dejando así el primer debate más como calentamiento que como partido de ida.

 

Apartado especial para el capítulo del intercambio de los “regalos”. La frase de Rivera “le voy a regalar un libro que usted no ha leído; su tesis” tan sólo me trajo a la mente aquella anécdota en la que Dumas hijo le dijo a Dumas padre: “¿Has leído mi libro?” a lo que el progenitor contestó “No, ¿y tú?”

 

Enrique Cocero

Consultor electoral y socio Fundador de 7-50 Strategy

El nuevo modelo

Si me preguntaran diría que la manifestación de Colón fue un autocebo. Cierto es que a toro pasado… pero algo no me sonaba bien. Me explico: una convocatoria de Ciudadanos que podía desembocar en una demostración masiva contra el planteamiento de gobierno de Pedro Sánchez, marcaba el tiempo de acudir para no perder comba en un futurible.

Una manifestación planteada sin protagonistas y que sucumbió a una foto que ha querido ser estirada tanto como la de las Azores pero, como diría Julian Barnes, “quería conseguir el papel y nunca lo iba a conseguir.”

Pedro Sánchez estaba preparado. El detonador eran los presupuestos: si los presentaba, era para perderlos y convocar elecciones cuando tuviera la campaña cerrada. Si aguantaba con los de Mariano Rajoy, esperaría a otoño escuchando que el gasto vigente no era suyo, pero tendría buenos datos de empleo.

Presentó presupuestos, no los logró pasar y eso justificaba elecciones. Pedro Sánchez anunció el 15 de febrero la disolución de las cámaras y la convocatoria de elecciones generales, el futurible dejó de ser tal y lo hizo mientras el eco de la manifestación pidiendo elecciones se ahogaba.

De forma inmediata la campaña del PSOE estaba en marcha. En la estación de Atocha, el domingo 17, dos días más tarde del anuncio, se podía ver en una pantalla que tres de cada ocho anuncios eran del PSOE. Nueva imagen, todo inundado de rojo, como reclamando territorio, y “La España que quieres” como slogan y capitalizando el nombre de nuestro país. 

Pedro Sánchez lo tenía todo listo. Una campaña a su medida, no a la del partido y un partido a su medida, no a la de su ideología. Una campaña al candidato (y creo de verdad que esto es el futuro de las campañas políticas, como ya ha ocurrido en Francia con Macron). No hubo sorpresas, aunque sí titulares, con las listas y todo estaba medido si hablamos de eventos, apariciones, entrevistas… nada que pusiera en riesgo la imagen presidenciable.

Mientras, en el resto de sedes, a ejecutar acciones. No había tiempo de generar una planificación como la de Ferraz, porque Ferraz había dominado los tiempos.

Hemos vivido una campaña vertiginosa, en la que cada momento ha sido decisivo, sobre todo para los candidatos de la oposición: Vox decidió hablar de lo suyo, a los suyos y, quien quisiera subirse al carro, tenía motivos más que de sobra para entender el mensaje. No ha habido ninguna duda y cada acto era una reivindicación y así se ha comunicado. Lleno tras lleno, una marea de personas ha agitado banderas y comulgado con los principios básicos de la campaña: Vox y España.

Vox ha sido el gran protagonista de esta campaña y ha sido el motivo de preocupación de muchos sectores. España entraba en el segmento de países que tenían un ala ultra-conservadora (otros prefieren ultra-derecha), que podría condicionar la política de un país. Y no hablamos de un país menor, aún menos si consideramos que Gran Bretaña está en trámites de abandonar la UE.

Los medios se volcaron con Vox, especialmente los medios más progresistas. Buscando paliar el eco, éste se acentuaba y, en un giro bastante ágil se cambio la tendencia, algo que también hizo Pedro Sánchez. ¿El truco? No ir a por Vox. No ser el facilitador, sino ir a por quién podía llevar a Vox en un supuesto pacto de gobierno: Partido Popular y Ciudadanos. 

Esto dejaba campo libre a Podemos y a un experimento que ha funcionado, que es limpiar la imagen de Pablo Iglesias, desaparecido por su baja de paternidad y que generó un “hype” destacable a la hora de plantear su vuelta a la primera fila de la actividad política.

Ayer se cerraron las campañas y hoy es la jornada de reflexión. Un sábado que puede parecer especial, pero que cada vez lo es menos, ya que la penúltima vez que fuimos a elecciones, lo único que se logró es que hubiera una elección pocos meses después. Un escenario fragmentado que debería mirar a la estabilidad y el crecimiento, especialmente cuando se acaba de anunciar que un 20% de los empleos de nuestro país se pueden perder por la automatización.

Enrique Cocero

Consultor electoral y socio Fundador de 7-50 Strategy

Un arte que se pierde

“Cuando haces campaña y tienes que participar en tantos debates sólo para ganar la nominación de tu partido, acumulas mucha experiencia. De un debate a otro has de ser consciente de cuáles han sido tus errores. Para el momento en el que se produce el Gran Debate, ya vas muy pulido”.

No. No es Obama, o Bill Clinton o Reagan… ni siquiera Churchill. Es Arnold Schwarzenegger quien está detrás de estas palabras. Recordemos que ganó las elecciones a Gobernador de California en 2003 (originada por un “recall” a la elección de Gray Davis, pero abundar en esto sería salirse del tema) con un 48,6% del voto. Ganó la reelección en 2006 con un 55,9% y ha sido el último gobernador republicano de ese estado hasta, al menos, dentro de cuatro años. Schwarzenegger nació en Austria y debatió en inglés en Estados Unidos para ser el gobernador de un estado que, por sí solo, es la quinta economía mundial.

Así que “cuando haces campaña y tienes que participar en tantos debates…” es una frase que martillea porque el exgobernador revela una realidad que en España nos parece cada vez más inusual: el debate electoral.

No nos engañemos, estar a 10 días de las elecciones y que no haya programados aún dos debates desde poco después de conocerse la fecha de las elecciones es no querer debatir. Puede que no por todas las partes, pero el tacticismo es extremo, las excusas son pobres e incluir en el tema a la Junta Electoral Central no hace sino alargar el bloqueo.

Un debate, es cierto, es un acontecimiento de riesgo. Los que han recibido clase de Steve Jarding conocen lo que ocurrió en el debate presidencial de 1992 con Clinton, Bush y Perot. Marisa Hall Summers (que entonces tenía 25 años) pide hacer una pregunta, se le da el micrófono y pregunta cómo se han visto afectados los candidatos por la crisis que entonces dominaba la economía. Bush da una respuesta derivada hacia conceptos macroeconómicos y, mientras se vuelve hacia su banqueta, Clinton se ha levantado y está hablando con la mujer a una distancia suficiente para producir confianza.

Bush, que incluso fue cazado por una cámara mirando el reloj, no fue reelegido. Dudo que fuera por ese debate en concreto, pero Clinton, con una enorme intuición que no es sino el resultado de mucha práctica, causó un hondo efecto y ganó en la comparativa entre ambos que marcaría el resto de la campaña.

Así que sí, se corren riesgos, y caer en uno para mal es más probable que poder aprovecharlo para el propio beneficio (no soy coach de nada, así que prefiero enfrentar la realidad reconociendo que las oportunidades se aprovechan si estás entrenado y se pierden si no las ves venir).

Hoy a los debates se les exige encapsulamiento de ideas, porque la información que recibimos ya viene encapsulada; por titulares, por tweets, por posts… de Instagram ya ni hablamos, claro. Y lo aplicamos hacia atrás porque, por ejemplo, estos últimos días se nos ha recordado mucho el debate de Pizarro y Solbes tan sólo por la idea de que Pizarro le dijo a Solbes que estaban negando la crisis y cómo Solbes decía que 2009 sería un buen año.

No nos acordamos del test inicial al que ambos se sometieron para demostrar quién estaba mejor orientado en actualidad económica, ni las escapatorias de Pizarro con el “entonces no estaba en el PP”. Un debate preparado en cifras y no en discurso, pero nada de eso importa porque, al final, nos queda que Solbes negaba una realidad que conocía y tenía delante de sus narices, como luego aclaró en su libro Recuerdos.

No tengo para olvidar los golpecitos en el pecho de Pablo Iglesias en el debate de 2015 que, desde entonces, son marca de la casa pero que, en realidad, copió del papel de Martin Sheen en El Ala Oeste (a lo mejor por eso habla tanto de Juego de Tronos, como distracción y no desvelar sus fuentes).

Pero sí recuerdo los distintos enfrentamientos en una misma campaña entre González y Aznar o (gracias a YouTube) el debate de 1982 en La Clave, con idéntico formato que cualquier otro programa de la Clave y en el que en un mismo espacio estaba Arzalluz, Carrillo, Fraga, Guerra, Lavilla…

Los debates son útiles a la solvencia, permiten (hoy obligan) a condensar y encapsular. También permiten evaluar quién está más cargado de argumentos frente a quién, o quién saca los pies del tiesto antes (Pedro Sánchez y su ataque frontal a Rajoy en el cara a cara de 2015) o, como dejó claro anoche el debate a seis de RTVE, lo imperativo de que sean los candidatos a Presidente del Gobierno los que estén detrás de un atril, encima de una banqueta, sin ningún tipo de apoyo o sentados en sillas pero, en definitiva, en el mismo espacio confrontando ideas. Porque anoche, por muy disputado que hubiera sido el evento, la sombra de los líderes planeaba más que sutilmente.

Así que… ¿lo peor de todo? El metadebate, o debatir sobre el propio debate. Parece que éste sea el tema más interesante a falta de una fecha, una hora y una cadena. Por ejemplo, que sean 4, 5 ó 6 los participantes. En mi opinión el debate, al igual que las elecciones (y de hecho por estar vinculado a éstas) deja atrás una configuración parlamentaria, que se queda ya antigua, al estar inmersos en un proceso para enfrentar una nueva. Entonces ¿por qué limitar el debate a lo que ya había y no abrirlo a la perspectiva de lo que va a haber?

Enrique Cocero

Consultor electoral y socio Fundador de 7-50 Strategy

Invocaciones

“… y entonces, un guiño. Que el lanzador se pregunte si sé algo que él no.” Esta frase la decía Burt Lancaster en “Campo de Sueños” cuando Kevin Costner le preguntaba cuál sería su deseo si pudiera volver atrás en el tiempo. Su deseo sería poder volver a jugar en las grandes ligas y encarar a un pitcher.

Lancaster hace el papel de Archibald “Moonlight” Graham, un jugador que sólo salió a jugar una vez y en defensa. Ninguna bola fue a su campo. Jugó una temporada más en las ligas menores y dejó el baseball para hacrerse médico. Graham nunca bateó y de ahí su deseo, poder llegar al “plate” y enfrentar a un lanzador. 

Pedro Sánchez ha salido a jugar porque el dedo del “conjunto complementario” le señaló a finales mayo de 2018. Ha capitalizado como propia la subida del SMI, pero no ha sido capaz de sacar los presupuestos, lo cuál significa que el partido de la primera legislatura no lo ha ganado. Pero nada gusta más que un “underdog” y Sánchez está jugando en una suerte de dicotomía: es Presidente del Gobierno y, al tiempo, es el jugador que ha mostrado maneras, aunque no ha tenido muchos minutos.

De hecho, Sánchez ya ha tirado hasta de épica: ser elegido Secretario General, haber sido expulsado, volver en unas nuevas primarias, no ser diputado y ganar la única moción de censura. Si a esto sumamos una victoria en unas elecciones que antes ha perdido dos veces en seis meses y, en consecuencia, mantenerse en el Gobierno… lo haga como lo haga, el listón para mejorar la leyenda va a estar muy alto.

Si nos centramos en lo que nos viene, dejando atrás el sentimentalismo de lo ocurrido y la épica de lo que llegue, hay tres momentos de máximo interés en una campaña electoral: los fichajes (ya superado), los pactos (aún por llegar, aunque Ciudadanos esté insistiendo mucho a Pablo Casado e Iglesias haga lo propio con el PSOE) y “lo de comer”; los escaños. Las agencias demoscópicas son impelidas a estimar escaños porque es una medida más llamativa y más concreta que “un 30% del voto” y porque lleva al tercer elemento con más morbo de una campaña que es pactos, gobernabilidad.

Sin entrar en escaños, no obstante, el caso es que a Sánchez las encuestas le favorecen y no ya sólo porque todas le den como ganador, sino porque su candidatura es la que menos se mueve entre los sondeos. El tracking que llevo le dan una variabilidad ponderada, entre las encuestas publicadas desde el anuncio de elecciones a hoy, de .074 (en una escala con máximo 1 y mínimo 0) y una media ponderada de 29%.

Para que se ubiquen el PP me sale con un 20,1% de media y una variabilidad de .100; Cs 15,2% y .126; Podemos 12,8% y .092; finalmente Vox 11,1 y .134. Vox aparece en media muy cerca de lo que el CIS le daba a principios de semana (11,9%), pero también es cierto que es el que más variabilidad presenta, incluso si sólo cogemos marzo y lo que llevamos de abril.

Aún quedan dos semanas y el resultado no está decidido. Puede que los puestos, pero no la gobernabilidad. Mucho se habla en cada campaña de si éstas son decisivas o no impactan en el resultado. Bien, ésta sí que importa y lo que hagan los partidos en los próximos 16 días hará que el votante que aún duda (y lo hará hasta delante de la mesa con las papeletas) decida si es momento de cambiar el mapa o sería más prudente esperar un poco.

¿Voto voluble? Evidentemente no entre PSOE y Podemos y evidentemente sí entre Ciudadanos y PP. ¿Vox? Hoy haré caso a Wittgenstein y seré prudente a la hora de hablar… pero puede que sólo hoy.

Enrique Cocero

Consultor electoral y socio Fundador de 7-50 Strategy