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Acallar el silencio

El lunes Rivera rompió el tablero y, llevando las reglas al límite, planteó un debate que nadie vio venir, ni contrincantes ni espectadores. Tuvo buenos y no tan buenos momentos: los buenos llevar a Sánchez allí donde éste no quería estar y entre los otros destacaría el cierre. Si hace tres años Iglesias le robaba los golpecitos en el pecho a Bartlet (El Ala Oeste), Rivera le quitó lo de “el silencio” a Brad Pitt en Moneyball.

 

Cada candidato ayer llevaba al debate su mochila. Si la de Iglesias era la más ligera, la del resto, más o menos igual de pesada. Rivera por mantener el nivel, Sánchez por recuperar la figura de presidente (algo intentó anoche delegando en Ábalos el postDebate) y Pablo Casado por tener un poco más de cintura y agilidad.

 

A esto sumemos que había dos actores más; Ana Pastor y Vicente Vallés, dos periodistas de estilos muy distintos, lo que añadía un motivo más para la alerta y, cómo no, la concreción: Pastor la incisiva y determinante, Vallés el hombre tranquilo que busca los huecos y las grietas.

 

Pedro Sánchez no tardó ni un minuto en su primera intervención en hablar de las derechas. Ni en la segunda. Pero la segunda fue más llamativa, porque ahí salió el Pablo Casado que su parroquia (y la que está en la frontera) esperaba. El Pablo Casado que tardó nada en obtener de Sánchez lo que el lunes logró Rivera. De hecho, Rivera intentó ser aquel Rivera y no lo logró, al menos no al mismo nivel.

 

Iglesias abundaba en su estrategia del lunes, pero mejor desarrollada porque ya no parecía exento, aunque en ocasiones pudiera parecer que quería estar más dónde Vallés (o Pastor) que en ese atril. Dejaba claro que su frase de “déjennos estar 4 años en un gobierno” (ojo, que no gobernando) era una afirmación fundamentada. A lo mejor había escuchado los comentarios de los españoles que esta mañana eran entrevistados por los medios y que se quejaban de la falta de propuestas. A lo mejor todos habían escuchado y se vinieron con las propuestas y los datos. Entre propuesta, dato, entre toma de palabra y toma de palabra, y en la mejor tradición del hockey, los moderadores dejaban un tiempo para el enfrentamiento. A fin de cuentas, también como en el hockey, las peleas suben la audiencia.

 

En definitiva, un debate consecuencia del debate del día anterior: los que se vieron fuertes acentuaron y los que vieron mejora, mejoraron (sí, dos y dos) y, cuando se embarró el debate, se llenó de fango, dejando así el primer debate más como calentamiento que como partido de ida.

 

Apartado especial para el capítulo del intercambio de los “regalos”. La frase de Rivera “le voy a regalar un libro que usted no ha leído; su tesis” tan sólo me trajo a la mente aquella anécdota en la que Dumas hijo le dijo a Dumas padre: “¿Has leído mi libro?” a lo que el progenitor contestó “No, ¿y tú?”

 

Enrique Cocero

Consultor electoral y socio Fundador de 7-50 Strategy

El nuevo modelo

Si me preguntaran diría que la manifestación de Colón fue un autocebo. Cierto es que a toro pasado… pero algo no me sonaba bien. Me explico: una convocatoria de Ciudadanos que podía desembocar en una demostración masiva contra el planteamiento de gobierno de Pedro Sánchez, marcaba el tiempo de acudir para no perder comba en un futurible.

Una manifestación planteada sin protagonistas y que sucumbió a una foto que ha querido ser estirada tanto como la de las Azores pero, como diría Julian Barnes, “quería conseguir el papel y nunca lo iba a conseguir.”

Pedro Sánchez estaba preparado. El detonador eran los presupuestos: si los presentaba, era para perderlos y convocar elecciones cuando tuviera la campaña cerrada. Si aguantaba con los de Mariano Rajoy, esperaría a otoño escuchando que el gasto vigente no era suyo, pero tendría buenos datos de empleo.

Presentó presupuestos, no los logró pasar y eso justificaba elecciones. Pedro Sánchez anunció el 15 de febrero la disolución de las cámaras y la convocatoria de elecciones generales, el futurible dejó de ser tal y lo hizo mientras el eco de la manifestación pidiendo elecciones se ahogaba.

De forma inmediata la campaña del PSOE estaba en marcha. En la estación de Atocha, el domingo 17, dos días más tarde del anuncio, se podía ver en una pantalla que tres de cada ocho anuncios eran del PSOE. Nueva imagen, todo inundado de rojo, como reclamando territorio, y “La España que quieres” como slogan y capitalizando el nombre de nuestro país. 

Pedro Sánchez lo tenía todo listo. Una campaña a su medida, no a la del partido y un partido a su medida, no a la de su ideología. Una campaña al candidato (y creo de verdad que esto es el futuro de las campañas políticas, como ya ha ocurrido en Francia con Macron). No hubo sorpresas, aunque sí titulares, con las listas y todo estaba medido si hablamos de eventos, apariciones, entrevistas… nada que pusiera en riesgo la imagen presidenciable.

Mientras, en el resto de sedes, a ejecutar acciones. No había tiempo de generar una planificación como la de Ferraz, porque Ferraz había dominado los tiempos.

Hemos vivido una campaña vertiginosa, en la que cada momento ha sido decisivo, sobre todo para los candidatos de la oposición: Vox decidió hablar de lo suyo, a los suyos y, quien quisiera subirse al carro, tenía motivos más que de sobra para entender el mensaje. No ha habido ninguna duda y cada acto era una reivindicación y así se ha comunicado. Lleno tras lleno, una marea de personas ha agitado banderas y comulgado con los principios básicos de la campaña: Vox y España.

Vox ha sido el gran protagonista de esta campaña y ha sido el motivo de preocupación de muchos sectores. España entraba en el segmento de países que tenían un ala ultra-conservadora (otros prefieren ultra-derecha), que podría condicionar la política de un país. Y no hablamos de un país menor, aún menos si consideramos que Gran Bretaña está en trámites de abandonar la UE.

Los medios se volcaron con Vox, especialmente los medios más progresistas. Buscando paliar el eco, éste se acentuaba y, en un giro bastante ágil se cambio la tendencia, algo que también hizo Pedro Sánchez. ¿El truco? No ir a por Vox. No ser el facilitador, sino ir a por quién podía llevar a Vox en un supuesto pacto de gobierno: Partido Popular y Ciudadanos. 

Esto dejaba campo libre a Podemos y a un experimento que ha funcionado, que es limpiar la imagen de Pablo Iglesias, desaparecido por su baja de paternidad y que generó un “hype” destacable a la hora de plantear su vuelta a la primera fila de la actividad política.

Ayer se cerraron las campañas y hoy es la jornada de reflexión. Un sábado que puede parecer especial, pero que cada vez lo es menos, ya que la penúltima vez que fuimos a elecciones, lo único que se logró es que hubiera una elección pocos meses después. Un escenario fragmentado que debería mirar a la estabilidad y el crecimiento, especialmente cuando se acaba de anunciar que un 20% de los empleos de nuestro país se pueden perder por la automatización.

Enrique Cocero

Consultor electoral y socio Fundador de 7-50 Strategy

Un arte que se pierde

“Cuando haces campaña y tienes que participar en tantos debates sólo para ganar la nominación de tu partido, acumulas mucha experiencia. De un debate a otro has de ser consciente de cuáles han sido tus errores. Para el momento en el que se produce el Gran Debate, ya vas muy pulido”.

No. No es Obama, o Bill Clinton o Reagan… ni siquiera Churchill. Es Arnold Schwarzenegger quien está detrás de estas palabras. Recordemos que ganó las elecciones a Gobernador de California en 2003 (originada por un “recall” a la elección de Gray Davis, pero abundar en esto sería salirse del tema) con un 48,6% del voto. Ganó la reelección en 2006 con un 55,9% y ha sido el último gobernador republicano de ese estado hasta, al menos, dentro de cuatro años. Schwarzenegger nació en Austria y debatió en inglés en Estados Unidos para ser el gobernador de un estado que, por sí solo, es la quinta economía mundial.

Así que “cuando haces campaña y tienes que participar en tantos debates…” es una frase que martillea porque el exgobernador revela una realidad que en España nos parece cada vez más inusual: el debate electoral.

No nos engañemos, estar a 10 días de las elecciones y que no haya programados aún dos debates desde poco después de conocerse la fecha de las elecciones es no querer debatir. Puede que no por todas las partes, pero el tacticismo es extremo, las excusas son pobres e incluir en el tema a la Junta Electoral Central no hace sino alargar el bloqueo.

Un debate, es cierto, es un acontecimiento de riesgo. Los que han recibido clase de Steve Jarding conocen lo que ocurrió en el debate presidencial de 1992 con Clinton, Bush y Perot. Marisa Hall Summers (que entonces tenía 25 años) pide hacer una pregunta, se le da el micrófono y pregunta cómo se han visto afectados los candidatos por la crisis que entonces dominaba la economía. Bush da una respuesta derivada hacia conceptos macroeconómicos y, mientras se vuelve hacia su banqueta, Clinton se ha levantado y está hablando con la mujer a una distancia suficiente para producir confianza.

Bush, que incluso fue cazado por una cámara mirando el reloj, no fue reelegido. Dudo que fuera por ese debate en concreto, pero Clinton, con una enorme intuición que no es sino el resultado de mucha práctica, causó un hondo efecto y ganó en la comparativa entre ambos que marcaría el resto de la campaña.

Así que sí, se corren riesgos, y caer en uno para mal es más probable que poder aprovecharlo para el propio beneficio (no soy coach de nada, así que prefiero enfrentar la realidad reconociendo que las oportunidades se aprovechan si estás entrenado y se pierden si no las ves venir).

Hoy a los debates se les exige encapsulamiento de ideas, porque la información que recibimos ya viene encapsulada; por titulares, por tweets, por posts… de Instagram ya ni hablamos, claro. Y lo aplicamos hacia atrás porque, por ejemplo, estos últimos días se nos ha recordado mucho el debate de Pizarro y Solbes tan sólo por la idea de que Pizarro le dijo a Solbes que estaban negando la crisis y cómo Solbes decía que 2009 sería un buen año.

No nos acordamos del test inicial al que ambos se sometieron para demostrar quién estaba mejor orientado en actualidad económica, ni las escapatorias de Pizarro con el “entonces no estaba en el PP”. Un debate preparado en cifras y no en discurso, pero nada de eso importa porque, al final, nos queda que Solbes negaba una realidad que conocía y tenía delante de sus narices, como luego aclaró en su libro Recuerdos.

No tengo para olvidar los golpecitos en el pecho de Pablo Iglesias en el debate de 2015 que, desde entonces, son marca de la casa pero que, en realidad, copió del papel de Martin Sheen en El Ala Oeste (a lo mejor por eso habla tanto de Juego de Tronos, como distracción y no desvelar sus fuentes).

Pero sí recuerdo los distintos enfrentamientos en una misma campaña entre González y Aznar o (gracias a YouTube) el debate de 1982 en La Clave, con idéntico formato que cualquier otro programa de la Clave y en el que en un mismo espacio estaba Arzalluz, Carrillo, Fraga, Guerra, Lavilla…

Los debates son útiles a la solvencia, permiten (hoy obligan) a condensar y encapsular. También permiten evaluar quién está más cargado de argumentos frente a quién, o quién saca los pies del tiesto antes (Pedro Sánchez y su ataque frontal a Rajoy en el cara a cara de 2015) o, como dejó claro anoche el debate a seis de RTVE, lo imperativo de que sean los candidatos a Presidente del Gobierno los que estén detrás de un atril, encima de una banqueta, sin ningún tipo de apoyo o sentados en sillas pero, en definitiva, en el mismo espacio confrontando ideas. Porque anoche, por muy disputado que hubiera sido el evento, la sombra de los líderes planeaba más que sutilmente.

Así que… ¿lo peor de todo? El metadebate, o debatir sobre el propio debate. Parece que éste sea el tema más interesante a falta de una fecha, una hora y una cadena. Por ejemplo, que sean 4, 5 ó 6 los participantes. En mi opinión el debate, al igual que las elecciones (y de hecho por estar vinculado a éstas) deja atrás una configuración parlamentaria, que se queda ya antigua, al estar inmersos en un proceso para enfrentar una nueva. Entonces ¿por qué limitar el debate a lo que ya había y no abrirlo a la perspectiva de lo que va a haber?

Enrique Cocero

Consultor electoral y socio Fundador de 7-50 Strategy

Invocaciones

“… y entonces, un guiño. Que el lanzador se pregunte si sé algo que él no.” Esta frase la decía Burt Lancaster en “Campo de Sueños” cuando Kevin Costner le preguntaba cuál sería su deseo si pudiera volver atrás en el tiempo. Su deseo sería poder volver a jugar en las grandes ligas y encarar a un pitcher.

Lancaster hace el papel de Archibald “Moonlight” Graham, un jugador que sólo salió a jugar una vez y en defensa. Ninguna bola fue a su campo. Jugó una temporada más en las ligas menores y dejó el baseball para hacrerse médico. Graham nunca bateó y de ahí su deseo, poder llegar al “plate” y enfrentar a un lanzador. 

Pedro Sánchez ha salido a jugar porque el dedo del “conjunto complementario” le señaló a finales mayo de 2018. Ha capitalizado como propia la subida del SMI, pero no ha sido capaz de sacar los presupuestos, lo cuál significa que el partido de la primera legislatura no lo ha ganado. Pero nada gusta más que un “underdog” y Sánchez está jugando en una suerte de dicotomía: es Presidente del Gobierno y, al tiempo, es el jugador que ha mostrado maneras, aunque no ha tenido muchos minutos.

De hecho, Sánchez ya ha tirado hasta de épica: ser elegido Secretario General, haber sido expulsado, volver en unas nuevas primarias, no ser diputado y ganar la única moción de censura. Si a esto sumamos una victoria en unas elecciones que antes ha perdido dos veces en seis meses y, en consecuencia, mantenerse en el Gobierno… lo haga como lo haga, el listón para mejorar la leyenda va a estar muy alto.

Si nos centramos en lo que nos viene, dejando atrás el sentimentalismo de lo ocurrido y la épica de lo que llegue, hay tres momentos de máximo interés en una campaña electoral: los fichajes (ya superado), los pactos (aún por llegar, aunque Ciudadanos esté insistiendo mucho a Pablo Casado e Iglesias haga lo propio con el PSOE) y “lo de comer”; los escaños. Las agencias demoscópicas son impelidas a estimar escaños porque es una medida más llamativa y más concreta que “un 30% del voto” y porque lleva al tercer elemento con más morbo de una campaña que es pactos, gobernabilidad.

Sin entrar en escaños, no obstante, el caso es que a Sánchez las encuestas le favorecen y no ya sólo porque todas le den como ganador, sino porque su candidatura es la que menos se mueve entre los sondeos. El tracking que llevo le dan una variabilidad ponderada, entre las encuestas publicadas desde el anuncio de elecciones a hoy, de .074 (en una escala con máximo 1 y mínimo 0) y una media ponderada de 29%.

Para que se ubiquen el PP me sale con un 20,1% de media y una variabilidad de .100; Cs 15,2% y .126; Podemos 12,8% y .092; finalmente Vox 11,1 y .134. Vox aparece en media muy cerca de lo que el CIS le daba a principios de semana (11,9%), pero también es cierto que es el que más variabilidad presenta, incluso si sólo cogemos marzo y lo que llevamos de abril.

Aún quedan dos semanas y el resultado no está decidido. Puede que los puestos, pero no la gobernabilidad. Mucho se habla en cada campaña de si éstas son decisivas o no impactan en el resultado. Bien, ésta sí que importa y lo que hagan los partidos en los próximos 16 días hará que el votante que aún duda (y lo hará hasta delante de la mesa con las papeletas) decida si es momento de cambiar el mapa o sería más prudente esperar un poco.

¿Voto voluble? Evidentemente no entre PSOE y Podemos y evidentemente sí entre Ciudadanos y PP. ¿Vox? Hoy haré caso a Wittgenstein y seré prudente a la hora de hablar… pero puede que sólo hoy.

Enrique Cocero

Consultor electoral y socio Fundador de 7-50 Strategy

Marcar el paso

En esta vida no has escrito de verdad si no has citado “El Arte de la Guerra”. Desde Gordon Gekko a Bruno Gianelli, todo carácter fuerte de una novela, ensayo o guion ha de recuperar una frase del libro y no sin motivo. Primero porque es un libro meditado y segundo porque ahorra tener que explicar en exceso el perfil de un personaje. Si éste ha leído el libro de Sun Tzu, es una persona determinada, asertiva, consciente de sí mismo… ya ven, yo he tirado de calificativos.

Así que voy a soltar la mía; “No hay ningún ejemplo de un país que se haya beneficiado de una guerra larga” y, en los tiempos que vivimos, con un ciclo rápido e incesante de noticias, esta frase cobra especial sentido. 

El pasado fin de semana en Madrid tuvo lugar la manifestación de la España Vaciada o, eslóganes aparte, la manifestación que reivindicó una vida de calidad en la España rural. Ducha escocesa para los políticos que acudieron; al acudir, salieron abucheados, pero de no haber acudido, habrían sido los partidos los que hubieran sido criticados por su falta de sensibilidad. Muy humano todo.

Del gobierno acudieron 4 ministros; Planas, Maroto, Calviño y Valerio. Acudió Echenique (tras haber intentado Podemos colonizar los días anteriores el concepto “España Vaciada”), no faltó la que fuera ministra de Agricultura, Isabel García Tejerina e incluso acudió el propio Rivera, olvidando los tiempos en los que Ciudadanos proponía suprimir los ayuntamientos de menos de 5.000 habitantes.

El éxito de la convocatoria invita a reflexionar sobre lo que importa: el contenido de las reivindicaciones y si encontrará un espacio relevante en la campaña.

Si nos centramos en su efectividad, habrá que ver si ha llegado demasiado tarde (considerando que estas reivindicaciones vienen de lejos) o si, por el contrario, aparece demasiado pronto en una campaña vertiginosa, empezando por su convocatoria.  De ser así podría ser un asunto eclipsado por temas electoralmente más transversales y de mayor rédito como las pensiones, cuestión que también saltó el domingo.

Por ejemplo, la caza. ¿Saben Iglesias y Echenique que la caza contra la que protestan sumó en 2018 187.000 empleos y 300 millones anuales en repoblación? ¿Que el gasto directo fue de 5.470 millones? ¿que supone el 0,3% del PIB? ¿Qué las CC. AA. más afectadas son Castilla La-Mancha, Castilla y León, Andalucía y Extremadura? ¿Cómo compensarían eso si deciden abolir la caza? 

Pedro Sánchez en Segovia dijo el lunes que había que corregir “los desequilibrios larvados durante una crisis que se ensañó con dureza en la España interior”, pero lo que salió del Consejo de Ministros el viernes anterior era un plan de planes. Una presentación de 17 slides sin medidas concretas y sin asignación económica, mientras que lo que ya hay en marcha viene del Gobierno anterior y del trabajo de la entonces comisionada Edelmira Barreira.

El plan en activo incluye más de 500 millones para financiar la conectividad digital, otros 100 millones para ayudas al emprendimiento y la empleabilidad, las subvenciones para la rehabilitación o compra de viviendas en el rural, o la reforma legislativa para ampliar a dos años la tarifa plana de autónomos en los pequeños ayuntamientos, por poner algunos ejemplos.

Cualquiera que se haya asomado al problema sabe de las amplias necesidades del medio rural y sabe que no se solucionan de un plumazo ni desde una única Administración, sino que demanda la colaboración entre todas ellas. Conoce también que gran parte de la solución pasa la mejora de los servicios básicos, y ello demanda a su vez una reforma de la financiación que, como planteaba el anterior Gobierno, tenga en cuenta la dispersión, el envejecimiento y el coste efectivo de los servicios. A partir de ahí, ya se podrá discutir la fiscalidad.

El tema de la España rural es una guerra larga, de gente con visión de profundidad y capacidad de ejecución. No es algo que se resuelva en unas elecciones, pero debe dar inicio el trabajo para ello nada más conocerse los resultados.

Enrique Cocero

Consultor electoral y socio Fundador de 7-50 Strategy

Marcar el paso

En esta vida no has escrito de verdad si no has citado “El Arte de la Guerra”. Desde Gordon Gekko a Bruno Gianelli, todo carácter fuerte de una novela, ensayo o guion ha de recuperar una frase del libro y no sin motivo. Primero porque es un libro meditado y segundo porque ahorra tener que explicar en exceso el perfil de un personaje. Si éste ha leído el libro de Sun Tzu, es una persona determinada, asertiva, consciente de sí mismo… ya ven, yo he tirado de calificativos.

Así que voy a soltar la mía; “No hay ningún ejemplo de un país que se haya beneficiado de una guerra larga” y, en los tiempos que vivimos, con un ciclo rápido e incesante de noticias, esta frase cobra especial sentido. 

El pasado fin de semana en Madrid tuvo lugar la manifestación de la España Vaciada o, eslóganes aparte, la manifestación que reivindicó una vida de calidad en la España rural. Ducha escocesa para los políticos que acudieron; al acudir, salieron abucheados, pero de no haber acudido, habrían sido los partidos los que hubieran sido criticados por su falta de sensibilidad. Muy humano todo.

Del gobierno acudieron 4 ministros; Planas, Maroto, Calviño y Valerio. Acudió Echenique (la previa de Podemos, Iglesias incluido, intentando colonizar el concepto “España vaciada” pasara a los anales de nada, pero ahí quedó). Acudió la que fuera ministra de Agricultura, Isabel García Tejerina e incluso acudió el propio Rivera, dando así, desde Cs, la notoriedad y el peso que la ocasión merecería.

Pero es una batalla corta, ¿verdad? Porque a nadie le interesa entrar en una batalla que no puede enfrentar (“toda guerra se basa en el engaño”). ¿O sí se puede? Puede parecer que sí, porque este miércoles ha habido un debate en Telemadrid (región que no tiene ningún problema a nivel rural) moderado por Manuel Campo Vidal y en el que han intervenido Cosidó (PP), Isaura Leal (PSOE), Pablo Fernández (third string de Podemos que, con las purgas, ha pasado a relief pitcher) y Aurora Nacarino de Ciudadanos. 

Pero el tema no está en el debate. El debate son las brasas de lo del domingo. Lo que importa es qué hay en las reivindicaciones de la España rural y si es un tema que mantener en campaña o ha llegado demasiado pronto y, por tanto, pronto desaparecerá eclipsado por cuestiones más transversales geográficamente como las pensiones, cuestión que también saltó el domingo.

Por ejemplo, la caza. ¿Saben Iglesias y Echenique que la caza deja en el campo 187.000 empleos y 300 millones anuales en repoblación? ¿Que el gasto directo es de 5,4 millones (0,3% del PIB)? ¿Cómo compensarían eso si deciden abolir la caza*? 

Pedro Sánchez en Segovia dijo el lunes que había que corregir “los desequilibrios larvados durante una crisis que se ensañó con dureza en la España interior”, pero lo que salió del Consejo de Ministros el viernes anterior era un plan de planes de 17 folios y sin medidas concretas y sin asignación económica, mientras que lo que ya hay en marcha viene del Gobierno anterior y del trabajo de Edelmira Barreira.

Sabe tan bien como cualquier otro que se haya asomado al problema que el Estado llega a donde llega y que la solución pasa por soluciones (no mesas, no foros) entre las tres administraciones; estatal, autonómica y local.

Sabe tan bien como cualquier otro que la discriminación positiva a la hora de favorecer la creación de empresas y el régimen de autónomos ya está en marcha, pero que la reivindicación sobre una rebaja del IRPF no se podrá poner en marcha porque vulnera la ley.

Por otra parte, el plan 300×100 para llevar la banda ancha a zonas despobladas está en marcha y son 525 millones hasta 2021.

Todo esto sin contar que mucho pasa por la financiación

*Nota: (Otro día hablaremos de sobrelegislar las casas de juego, que se llevarían por delante ingresos para los medios por publicidad, igual que se llevaron la publicidad del tabaco y del alcohol)

Enrique Cocero

Consultor electoral y socio Fundador de 7-50 Strategy

marcar el paso

Mesas y agenda

“… es uno de esos días en los que al final no he hecho nada de lo que tenía que hacer”. De una manera u otra, todos hemos dicho una frase muy aproximada a ésta en más de una ocasión y las campañas electorales no están aisladas de días en los cuales la agenda revienta.

La impresión que uno pueda llevarse de cómo se ejecuta una campaña abarca un rango que va, desde una milimetrada, a un desastre. Por supuesto nadie se mete en una campaña para que sea un desastre, pero sí es cierto que hay campañas mejor medidas que otras y ejecutadas en consecuencia y que, como los más molones en una fiesta, dejan al resto en mal lugar.

Las campañas que todos recordamos no fueron producto de decisiones geniales que, sobre la bocina, pusieron en marcha acciones dignas de admiración. La realidad es algo menos heroica y empieza (o debería empezar) mucho antes y es cuando uno decide presentarse.

Ahí se debe establecer una agenda: tantos días, tantos temas, tal día, tal tema protagonista y otros de refuerzo o refresco. Unos los trata el candidato, otros los tratan caras conocidas de su candidatura… se termina un ciclo y se vuelve a insistir.

Y luego está el tema de los imprevistos y, en honor a la verdad, muchos de ellos no son imprevistos. Una campaña bien planificada tiene estudiados varios escenarios y los argumentos de cuestiones que no son temas propios, pero son puntos fuertes del rival y hay que estar preparado para contestar.

Y aquí yace el asunto. Esta semana hemos tenido la entrevista en Telva de Pablo Casado, la cuestión armas de Abascal, a Pedro Sánchez protegiendo Europa, a Rivera tras sus fichajes, a Pablo Echenique adorando la llegada del mesías el sábado (que es lo relevante porque la salida de Bustinduy es ya un “la vida que pasa”).

La entrevista de Casado tenía un formato afín a los lectores de la revista y la polémica en torno ha ella ha provocado, en primer lugar, que la revista no se haya visto en otra igual con tanta audiencia. Bueno, audiencia… más bien protagonismo, porque dudo mucho que la mayoría de los que se han lanzado a la yugular del candidato no sólo la haya leído, sino que conozca siquiera la tipografía del nombre de la revista.

Abascal ha puesto encima de la mesa una cuestión, la de la tenencia de armas para la propia defensa, que aquí no había sido tema nunca. Pedro Sánchez se ha descolgado en el momento más tenso del Brexit, con una defensa de Europa en un escenario que, atril presidencial y alineamiento de banderas incluidos, clava las puestas en escena de la mejor tradición americana de un presidente en campaña (en EE.UU. el Presidente siempre está en campaña).

Todo ello (y por qué no, lo de los lazos amarillos y al infinita paciencia también) se hace para que el rival, el adversario o el enemigo, elijan ustedes, entre a opinar o a atacar y así se le pueda atacar de vuelta o cazar en un renuncio que permita afianzar las posiciones propias.

Esto va de ganar “free air”: espacio en los medios de comunicación para que el mensaje propio tenga proyección sin pagar por ello o sin tener que hacer un despliegue de recursos. Si el tema por el que se genera la polémica atrae la atención, miel sobre hojuelas. Si encima se puede alargar varios días, mejor que mejor.

Enrique Cocero

Consultor electoral y socio Fundador de 7-50 Strategy

Singladuras

“Ignoreland” es una canción de R.E.M. de 1992 del álbum Automatic For The People que no fue comercializada como single, pero vivió un gran éxito por sí misma. La letra arranca hablando de que unos “bastardos robaron el poder […] destrozando todo aquello que era virtuoso y verdad” y cierra afirmando que “sé que todo esto es vitriólico, pero me siento mejor después de haber gritado. ¿Tú no?”.

Duras palabras que se remontan a 1980, cuando Reagan ganó a Carter las elecciones. En el año de la salida del disco Reagan ya había consumado sus dos mandatos y Bush-41 estaba en campaña de reelección frente a Bill Clinton y Ross Perot. Stipe, Buck, Berry y Mills no lo sabían, pero la “virtud y la verdad” no tardarían en volver. 

Términos como “virtud” y “verdad” son lo que, cuando en Podemos no se peleaban, Errejón, Monedero e Iglesias nos traían a la mesa día sí y día también como “significantes vacíos”. Término acuñado por Laclau mediante el cual, y dicho de forma rápida y algo cínica, uno toma una palabra (significante) que, ante la imposibilidad de abarcarla como absoluto, se va llenando de significados según los propios intereses.

Pues bien, de reclamar esos significantes y llenarlos de contenido es de lo que va el discurso político y, en consecuencia, las campañas electorales. Tomemos por ejemplo los “viernes sociales”: el día del Consejo de Ministros se anunciarán medidas de corte social. Medidas sociales buenas para los españoles, virtuosas, y que si no salen es porque el contrario no quieren que salgan.

Como dije la semana pasada la existencia de estos viernes y poner en alto el término “social”, capitalizándolo, monopolizándolo, lleva ya implícita una victoria de campaña y es que se plantean medidas, al menos, razonablemente formuladas para un rápido entendimiento e incorporación al imaginario electoral.

Así que avanza la campaña electoral y la cuestión de los “viernes sociales” sigue en la singladura como una escolta a la nave del PSOE. El símil marino no es gratuito ya que hoy esa escolta se ha convertido en el principal objetivo de, la oposición. No es el contenido, no son las medidas, es el continente lo que se pone en cuestión y lo que se recurre ante distintos órganos.

El problema es que yendo a por el continente la oposición deja de lado o amortigua aquello que en campaña es esencial, la propuesta propia, que sale de foco a causa de una pugna formal.

Pero, de nuevo, el tiempo es el asesino. Quedan ya menos de seis semanas de campaña y hoy apenas nos acordamos de que el elefante en la sala son los pactos que permitan llegar a gobernar. La solución andaluza, unida al veto de Rivera a Sánchez, deja más o menos clara una de las opciones de pacto que, al tiempo, cae en las encuestas.

En esas encuestas el PSOE crece a costa de Podemos, pero no sería suficiente y, como en la moción de censura, va a necesitar el apoyo de lo que podemos llamar “el conjunto complementario”, es decir; si no se puede pactar con los constitucionalistas, la única opción que queda es mirar hacia nacionalistas e independentistas y, para ello, las respectivas campañas han de incrementar los significantes vacíos. 

Tal vez por eso, Sánchez, el hombre que ganó dos veces en primarias, construye listas de diseño personal calculando escaños a lograr por provincia y cubrirlos con afines alineados, mirando todos en la misma dirección y que hagan desaparecer cualquier fisura.

El resultado de abril se arrastrará a las municipales. Por fechas no habrá Gobierno ni falta que hará, porque el eco de las generales y los primeros tanteos de pactos (que serán encendidos hasta que pasen las municipales) será lo necesario para animar o desincentivar al voto en mayo.

Enrique Cocero

Consultor electoral y socio Fundador de 7-50 Strategy

Ganar por omisión

No soy futbolero, en absoluto. El fútbol es un deporte en el que, después de 90 minutos, uno se puede ir a casa con un 0-0. No obstante este resultado, que cuesta encajarlo en la categoría de “competición”, en una liga suma un punto que puede ayudar a ganar un campeonato si las cosas van muy apretadas.

Pues, bien, esta semana hemos arrancado con la noticia de que el Gobierno quiere seguir gobernando hasta elecciones mediante el Decreto Ley (DL) y las publicaciones en el BOE. 

Estoy de acuerdo con aquellos que creen que no es la vía de hacer las cosas argumentando que el DL debe ser utilizado como una medida excepcional. De hecho y según la Constitución, debe aplicarse en caso de “extraordinaria y urgente necesidad”.

Es una medida observada como excepcional principalmente porque un gobierno es el poder ejecutivo y un parlamento es el legislativo o “el hacedor de leyes”. Nuestro sistema se pensó para que el Parlamento fuera quién confirmara al candidato a presidente del gobierno y eso implica el primer paso de una legislatura en el que el ejecutivo debe apoyarse en el legislativo.

Que no haya una mayoría parlamentaria o que sea complicado llegar a acuerdos no entra dentro de los supuestos de acción para lanzar un Decreto Ley. De hecho, llegar a acuerdos y que haya esas mayorías es lo que se les exige a los parlamentarios, muchos de ellos en el partido que sustenta al gobierno de turno.

Pero hoy, en materias que pueden ser capital electoral para Pedro Sánchez dentro de la “orientación social” de su campaña, el haber anunciado que saldrán por DL, llevan implícito un triunfo, incluso aunque no lleguen a ningún sitio: las medidas se han nombrado, están encima de la mesa.

Son medidas de amplio espectro ya que sus beneficiarios abarcan a grandes segmentos de la población: cambios en el mercado del alquiler, bajas por paternidad o fomento de la igualdad son temas que hoy están en el activo del PSOE, bueno, en el de Pedro Sánchez.

Ahora al resto de partidos les quedan dos tareas por delante: lograr que no sean aprobadas por DL y, al tiempo, mejorar la oferta. Pero estamos a poco más de seis semanas de las elecciones y el PSOE es el partido que hoy se muestra mejor armado de cara a los votantes y, con estas medidas planteadas, además, toma la iniciativa.

Es cierto que el gobierno de Sánchez no ha sido capaz de llegar a acuerdos en 9 meses y ahora requiere impactos, así que buscarle las vueltas a la oposición produce un efecto favorable y es que mostrar que enfrente se tiene a un obstruccionista ya hace ganar puntos.

¿Se acuerdan de “los presupuestos más sociales”? Ni el PP ni Ciudadanos quisieron apoyarlos y no iban a salir con el apoyo de los independentistas. Ante este obstruccionismo, elecciones y “dar la voz a la gente”. Hoy son los Decretos Ley con tres medidas que “cambiarían la vida de la gente” y enfrente… ya captan la idea.

Mientras, la oposición, busca evitar la tramitación de los DL. Esta acción, traducida a mensaje electoral, produce pereza en el votante porque el DL y su proceso son complejos de entender. Así que, sin perder una votación, Sánchez se sale de nuevo con la suya: impone un tema, es efectivo a nivel reivindicación social y tiene enfrente un adversario que “pone trabas a sus avances sociales”.

Hablamos por tanto de triunfar por omisión o quedar 0-0, pero llevarse un punto valioso para cuando “acabe la liga”. Si lo vemos desde el resto de formaciones políticas, y siguiendo con un símil deportivo, preguntado por el resultado de un partido en que los Yankees perdieron, Yogi Berra comentó “¿Paliza? no ha habido ninguna paliza, lo que pasa es que no hemos conseguido batear”.

Enrique Cocero

Consultor electoral y socio Fundador de 7-50 Strategy

Las elecciones de abril

Las elecciones de abril van a ser las elecciones más personalistas que hayamos conocido. No serán tan personalistas como las siguientes Generales, que lo serán más, pero sí mucho más que las de 2016. Con ello Pedro Sánchez habrá cubierto uno de sus primeros propósitos y es que esto vaya sobre él como candidato, no sobre el PSOE como respuesta.

A nadie se le escapa que, desde que decidió volver a presentar frente en las primarias contra toda una estructura institucional, su persona y su motivación absorbía todo el interés. Lo hizo a sabiendas de que es atención era su capital de mayor valor, casi su único capital.

Lo mismo con la conformación de su gabinete hasta el punto de que las ruedas de prensa de Celáa, y más las de Calvo, sólo incrementaban la expectativa sobre su siguiente aparición. Ministros con un alto componente operativo, en absoluto estratégico, que hablaban a sabiendas de que habría una última palabra, fuera cuando fuera que ésta llegara.

La campaña electoral será la continuación de esta línea. Ya lo vimos el viernes en la comparecencia de las 10 de la mañana, lo hemos visto el fin de semana en Andalucía y el lunes en TVE. No habrá más protagonista que él, porque éste es su proyecto. Ábalos, Iceta, Lastra (Robles lo dudo mucho) y otros cercanísimos saldrán a hablar en eventos satélite o a atajar cuestiones que resulten incómodas o no suficientemente “presidenciales”.

Sánchez va a tirar de todo recurso posible (ya hemos visto el veloz despliegue de la campaña con el corazón) bajo la sencilla premisa de permanecer en Moncloa y buscará en los territoriales el respaldo y la implicación necesarios como para ir cuadrando números y votos, tengan estos en mayo elecciones o no.

Sus primeros votos a ganar son los de los votantes que puedan dudar desde Ciudadanos o Podemos. Podemos está en horas bajas y al PSOE le interesa aprovechar la desilusión con el partido morado para, sobre todo, relegarlos allí donde D’Hondt no permita abrir mucho el abanico: 26 provincias con 5 o menos escaños en los que el PSOE debe luchar por conseguir 2 de ellos si Podemos tiene al alcance 1.

Con respecto a Ciudadanos ya hemos visto como, en la Sesión de Control del miércoles, Sánchez ha ido buscando enmarcar al partido naranja en la ultraderecha y como desertor del liberalismo. Recordemos que, a principios de enero, ya declaró que quería representar al liberalismo que Ciudadanos había dejado “huérfano” (Rivera entiendo que había visto venir esta bola).

Así que el resto de candidatos tendrán que decidir si esta campaña la quieren desarrollar en la misma línea personalista de Sánchez o arroparse en la estructura de sus partidos como la opción a votar a una candidatura grupal donde todos aportan. El problema está en que el planteamiento de Sánchez arrastra mucho interés en el público y la existencia de una pugna personalista siempre tiene tirón, así que no mostrar una alternativa clara y abierta ante ello, sea cual sea la elegida, tiene muchas papeletas para que se pierda interés.

Quién no se tendrá que preocupar mucho de esto es Pablo Iglesias. Durante los últimos años se ha encargado de ir eliminando estructura cercana a su predominancia y ahora mismo es líder indiscutible en Podemos. Esto no implica que se le vea como candidato a la Presidencia del Gobierno, sino como facilitador y ni siquiera, porque primero está la matemática electoral que él mismo podría estar torpedeando en su pugna por la izquierda… o, mejor expresado, en la izquierda.

Ahora, personalismo o no, nadie renuncia al control sobre las listas electorales. Uno puede ser el candidato, pero que no le toquen el acompañamiento. Muchos intentos de reforma electoral han observado desde el distrito único al cambio de D’Hondt por Sainte-Leaguë y otros ajustes que pudieran favorecer a los impulsores, pero nadie habla de implantar un sistema como el británico o el americano, donde el diputado se deba primero a su distrito y luego a su partido.

Tener al alcance la estructura para poder ejecutar la campaña como uno desea sin poner en riesgo el ejercicio posterior de defender el programa en el Parlamento con unos números invariables (siempre que no haya tránsfugas), es sin duda poder contar con lo mejor de dos mundos.

Enrique Cocero

Consultor electoral y socio Fundador de 7-50 Strategy