Consenso

Cuando escucho a Pablo Echenique hablar de una derecha hiperventilada, me parece un mal chiste en un momento en el que faltan respiradores. Pero la situación es tan crítica que entiendo que puedo estar haciendo asociaciones fáciles dejándome llevar por pura precipitación de pensamiento. Eso sí, entiendo aún menos cómo es que se deja llevar él o la ultraderecha para darle excusas.

Luego los hay que no pierden el espíritu crítico (lo de arriba es un espíritu, pero no crítico) y, entre ellos, he leído a Jordi Sevilla preguntarse que por qué la «red de protección social» ha pasado a llamarse «escudo social» y si esa necesidad de plantear un símbolo de defensa en batalla no será un cambio de marco narrativo (al estilo Lakoff) frente a las empresas. Tendría sentido hacerlo si el gobierno quiere mantener su concepto de proteccionismo como tótem, especialmente cuando hoy no tiene recursos para ello y está en una situación precaria: ante la falta de recursos materiales, usemos el frente emocional para difuminar una posible reflexión.

«Escudo social» no va más lejos o más cerca que el término «desescalada» que se utiliza tanto para la entrada en meseta o, quién sabe, superar «el pico»; o «deshibernación» para la vuelta a la actividad económica normal. Y, así, entre referencias bélicas, térmicas y alpinas, pasamos los días ocupando lo que Laclau, ese gran adorado por Iglesias, Monedero o Errejón, llamaba «significantes vacíos».

Que Jordi Sevilla haya arrojado luz sobre la construcción del discurso me parece relevante («imprescindible», que dirían los que sólo tienen un libro que leer). Que el gobierno y los partidos que lo conforman abunden en la generación de una leyenda bélica me parece más que cuestionable.

En definitiva, son significantes que César Calderón agrupa como «el Tesauro del Gobierno»: a los ya nombrados yo añado «los nuevos Pactos de la Moncloa» o la polisemia de «desescalada», porque sirve además para evidenciar a la oposición en su alto interés por el conflicto (persigue, además, dejar como víctima del conflicto al PSOE con lo que Adriana Lastra, con toda la beligerancia propia del cargo, quedaría exenta).

El caso es que estos términos se expanden en medios y redes sociales. Se convierten en lenguaje común ya que el Gobierno los usa como conceptos-fuerza en cada comparecencia y… la rueda echa a rodar, aunque el significado buscado no convenza más que a los que ya venían convencidos.

Tomemos «unidad y lealtad». Se enuncian valores como un estímulo inmediato a ponerse en pie, como un despertador cuando suena por la mañana. Derivados de «unidad» y «lealtad», tenemos los nuevos «Pactos de la Moncloa», hoy ya «Acuerdo Nacional por la Reconstrucción» (apunten al glosario el último sustantivo y no me digan que dicho todo de corrido no suena pelo… antiguo régimen).

Este acuerdo lleva consigo una referencia conocida por todos, un paradigma de acuerdo y consenso inherente a nuestra historia reciente, pero en su formulación actual actúa como el conjuro del «expelliarmus» en Harry Potter, que sirve para quitarle al rival su poder: se convoca buscando el acuerdo, pero si se rechaza o se pone alguna pega se rechaza el consenso en pleno: tan simple como eso.

Se trata de llegar un acuerdo en materia de medidas económicas a establecer de cara a superar la recesión, pero no hay ninguna propuesta sobre la mesa. Se formula para poder proyectar que un rechazo al acuerdo es un rechazo al consenso (la carga de la palabra importa… y mucho), pero aceptar la convocatoria implica no saber a qué se va ni sobre qué se va a discutir.

Aquí es dónde surge el factor de los PGE: estaban en el alambre antes del Estado de Alarma y, qué duda cabe, que el tal Acuerdo Nacional por la Reconstrucción y el ansiado consenso los van a incluir. Así que esto podría ser tan fácil como la negociación (o aceptación directa) de unos presupuestos condicionados por una situación límite. ¿Posibles consecuencias?, pues que si se convocan se ganan unos presupuestos. Si no hay consenso ¿qué se gana? Poder decir que se buscaba el acuerdo y que nadie ha tenido suficiente visión de estado, algo para lo que Vox y, en especial el Partido Popular deberán tener respuesta (Ciudadanos, presumiblemente, aceptará).

Cayetana Álvarez de Toledo tiene una respuesta concreta en cuatro fases, pero no sé si el PP la secunda. Seguramente tal y como ella lo formula es complicado de hacer que empape.

Mientras tanto Pedro Sánchez propone que la parte que corresponde al Gobierno se cubra con un «nuevo Plan Marshall». Otra vez un lugar común, una referencia desgastada, y el vacío de un pensamiento original o una solución adecuada a estos tiempos y, sobre todo, a este problema.

La mayor victoria para Pedro Sánchez, por tanto, sería un rescate desde la UE. Una UE que nos debe tanto porque «los españoles siempre hemos defendido el proyecto europeo»… y dejo la frase aquí porque creo que es necesario que cada uno le busque el mucho o poco sentido que pueda tener. Si lo encuentran, tendrán el argumento que pueda ganar tiempo para el Gobierno. Si no lo encuentran, tendrán que preguntarse qué solución es realista dentro de una Europa que no entendemos, qué argumento es el que ustedes defenderían y cómo se convence con él a un país.

Enrique Cocero

Consultor político y socio Fundador de 7-50 Strategy

Artículo publicado en la edición impresa de Expansión

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