Detalles sin importancia

¿Nadie se ha planteado por qué hace años la cuestión que más promesas electorales movía era el paro y hoy, entre todo el mapa de las políticas de empleo, sólo lo es el salario mínimo? ¿Nadie se ha planteado por qué hace años la cuestión era la reforma de la ley educativa y hoy sólo lo es el pin parental? Ambas preguntas responden a lo que en inglés se denomina “slicing and dicing” (dividir en trozos) y que aplican en tono malicioso o, puede, que como declaración del nivel de impotencia… a saber.

Se han abandonado los grandes temas y las cuestiones ideológicas, programáticas más bien, se reducen a pequeñas píldoras (sí, como un tweet). Las pequeñas anécdotas se vuelven inmensas ofensas (reciente el caso de Adriana Lastra increpando a una empresa de ascensores en Twitter) o la derivación del pin parental se convierte en una pugna entre, en una lejana vibración, «progresistas frente a conservadores» mientras que en un tambor retumba «adoctrinamiento contra homofobia».

El pin parental se convierte en una pugna entre «progresistas frente a conservadores» mientras que en un tambor retumba «adoctrinamiento contra homofobia»

Por supuesto que la opinión pública puede sentirse (elijan bando) contenta con la subida del salario mínimo o indignada con lo que está ocurriendo con el pin parental, pero si vamos por temas resulta que tratar el desempleo es una tarea manifiestamente compleja en un país y hablar de ello en España asemeja ya a un canto en una campana de vacío. Mayo de 2007 marcó un 7,9% de desempleo en nuestro país y hoy nos manejamos por encima del 14%. En mayo del 2014 Alemania tenía un 8,6% e Italia un 5,8%. Hoy se mueven en los 3 y los 9 respectivamente y con una variabilidad en el histórico ciertamente menor que la española. Pero lo que parece ser un problema estructural ya no impacta. El tema estrella es el SMI y, por supuesto, la digitalización y la automatización como coprotagonistas. Voces externas a la política hablan de los efectos de la subida del SMI en los costes de las PYMES y de todos es sabido que, desde la Revolución Industrial, la intervención de las máquinas hace al empleo su primera víctima. Pero no hay respuestas en ninguna de ambas orientaciones para ponderar los impactos y plantear potenciales soluciones o atraer la inversión y la presencia de empresas que digitalizan. Parece que con los anuncios realizados y las medidas tomadas ya sea suficiente para pasar página.

Tratar el desempleo es una tarea manifiestamente compleja en un país y hablar de ello en España asemeja ya a un canto en una campana de vacío.

Les diré que, si se pudiera sacar alguna orientación de qué es lo que está ocurriendo ahora, sea intencionada o no, es de los enfrentamientos asimétricos, de la doctrina militar que han generado y de su potencial aplicación en comunicación política (ya hablaremos más adelante de esto). Así que, continuando con lo que hoy nos ocupa, ¿estamos abocados a una comunicación política cada vez más reduccionista, más elemental y atomizada en sus planteamientos? ¿Estamos condenados?

Pues qué decirles… El llamado «Pin Parental» o «Veto Parental» y

o, también, «Pin Abascal», es una forma reducida de una cuestión ya antes reducida. Se establece sobre la capacidad de decisión de los padres respecto a si sus hijos acuden a las actividades complementarias que los colegios programen. Éstas pueden abarcar desde las charlas de orientación profesional a las de educación sexual.

Pero es que, de ello, se han extraído cuestiones puntuales y que no abarcan toda la amplitud que dichas actividades complementarias pueden proporcionar. Lo malo es que ambos extremos han elegido la misma sección y, con ello, han generado la batalla entre «homófobos» y «adoctrinadores». Es decir, mera reducción a la etiqueta al tiempo que se eluden los temas esenciales para el futuro de un país.

                                                          

Estamos ante una batalla entre «homófobos» y «adoctrinadores», una mera reducción a la etiqueta al tiempo que se eluden los temas esenciales para el futuro de un país.

Alguien podrá decir que el actual Gobierno sí se preocupa de los grandes temas como la educación dado que ya ha suenan campanas de retomar la “Ley Celaá” que, hace casi un año, inició su tramitación a sabiendas de que no saldría adelante a causa de las elecciones de abril. En su momento la ministra argumentó que era «un proyecto muy enriquecido por la comunidad educativa y muy respaldado» y su intención era derogar una ley con uno de los nombres más pretenciosos que se hayan dado a una norma: LOMCE o Ley Orgánica para la Mejora de la Ley Educativa.

Dejemos a un lado que el Gobierno quiere una nueva ley orgánica de educación y olvidemos que ello requiere una mayoría absoluta en el Congreso, no la mayoría lograda por Pedro Sánchez en su investidura. Ahora, tengamos en cuenta que el caldo de cultivo para una nueva batalla atomizada ya está en marcha: se ha llamado a UGT, CCOO, STEs, CEAPA y sindicatos de estudiantes, pero no representantes de la educación privada y concertada. Los bandos están hechos y con ellos los titulares, los eslóganes y la turbia niebla que cubrirá la cuestión de fondo.

 

Enrique Cocero

Consultor político y socio Fundador de 7-50 Strategy

Artículo publicado en la edición impresa de Expansión

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