Encapsulación

La ventaja en el mensaje de la izquierda es el encapsulado. Términos como “social” o “progresista” son referencias inequívocas, lugares comunes de este segmento político, aunque la segunda sufra de aquello que aquejaba al comunismo en Italia en los 90 y es que había una corriente por cada italiano que se decía comunista. Hoy, una formación política de izquierda, no toca el concepto, prefiere no romper el hechizo, hace por mantener vivo el espíritu y, si acaso, le añade propuestas acordes a los tiempos que se vivan.

Un ejemplo de completar con propuestas son los 370 (que serían 369 en cuestión de minutos) puntos puestos en la mesa por el PSOE para un acuerdo de investidura, pero «progresista» y «social» están tan cargados en el imaginario, que perfectamente puede pasar sin ningún añadido, como ocurrió en el periodo que podemos llamar desde elecciones hasta vacaciones. Largo periodo, mudo unas veces, sordo otras, en el que deberían haberse dedicado a forjar acuerdos y no a publicitar desencuentros.

Así que la pugna dentro de la izquierda hoy está en mostrar quién tiene mayor potestad sobre estos términos. El Presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, dispone en sus recientes intervenciones de un atril con un frontal («galleta» se suele llamar) de color rojo que, en letras blancas, reza (con perdón) “Por un Gobierno Progresista”, algo con lo que, junto a su satélite “Programa Común Progresista”, hace que saquen ventaja a Podemos. En paralelo Íñigo Errejón quiere salirse de la terminología clásica para crear un nuevo espacio y, de paso, no entrar en una competición que sus antiguos compañeros van perdiendo.

Impregnar en la población, percolar, hacer usuales términos novedosos, es un proceso costoso en talento y tiempo que requiere diseñar con una capacidad de simplificación elevada. Por lo tanto, la intención del señor Errejón es encomiable, incluso envidiable, pero, mientras tanto, es Ferraz desde donde se domina la terminología de la izquierda y, con ella, mentes y corazones ya que para los votantes es mejor estar con los ganadores.

¿Podría entonces triunfar Errejón? No es descartable, si tiene los medios económicos y humanos, porque su recorrido empieza donde Podemos se desvanece. Errejón podría ser un líder a partir de la marca en la que Pablo Iglesias desvió el camino para convertirse en un burócrata (aunque en su entrevista para RT haya declarado que al Iglesias de hace 5 años le hubiera aconsejado no meterse en este mundo tan complicado).

Podemos, ha quedado enmarcado en un laberinto labrado por su líder y de complicada salida, que ha sido centrarlo todo en la búsqueda del asiento. Un hecho potenciado por el riesgo a acabar siendo residuales tanto si hay elecciones como si no entran en el Consejo de Ministros en caso de que haya gobierno, aunque podrían caer de pie ante unas nuevas elecciones: perder votos, diputados y, aún así, ser más determinantes que hoy si el PSOE no alcanzara una mayoría suficientemente sólida.

Pero Podemos no ha dominado el diálogo, ni siquiera ha tomado la iniciativa. No ha puesto un documento con propuestas y no ha descolgado primero el teléfono. ¿Se acuerdan que la semana pasada hablaba del Ad-Hominem? Pues la modalidad a la que se acoge Pablo Iglesias es la de auto-referencia en tono doliente, con frases como la de haber ya aceptado «suficiente humillación».

En relación con todo esto podríamos traer a la mesa a Roland Barthes, filósofo y semiólogo francés que vivió la izquierda cuando la izquierda vivía en privilegio en el París de los años 50 y 60. Barthes analizó la producción literaria y concluyó que ésta se mueve a través de una elección inequívoca: ideología o poesía. Afirmaba que uno puede generar ideología tan sólo con quererlo, pero que la poesía requiere talento. Supuesto que aceptemos la premisa de Barthes, dado que para la izquierda la ideología está creada y sólo hay que añadir los nuevos elementos, el resto del esfuerzo va dedicado a crear un estilo.

En cambio, la derecha y, en mayor medida el centro-derecha, no tienen esta ventaja. Su encapsulación de conceptos es efímera, por ser frágil y mal cimentada, pero no porque esa ideología no exista: desde el liberalismo al conservadurismo los clusters existen, pero vuelan muy por encima de ninguna propuesta de soluciones y carece de una comprensión unívoca como la de encapsulación de la izquierda. Tienen predicamento y tienen incluso gente que se declara representante, pero no hay apenas nadie en el campo político que haya sabido definirlo con sencillez y, menos aún, que haya sabido hacerlo llegar al votante.

Es por esto que el centro-derecha en España requiere de una némesis para mantener la tensión: “si ellos lo estropean, nosotros lo arreglamos” es una forma de reconocer que la reacción es uno de los cimientos más importantes a la hora de encapsular una propuesta de campaña. El problema es que es un condicional, con lo que la primera parte de la proposición debe cumplirse, de ahí que sea un reactivo que necesita primero el acto del rival. De hecho, en el sistema en el que se mueve España, a no ser que haya una crisis que resolver (ahí sí que el margen de acción no es que sea estrecho, sino que es inexistente y es cuando se mira a la derecha), la línea de intersección con las políticas de una izquierda moderada es muy sutil y esa línea es en la que Ciudadanos quiere hacerse fuerte.

De todas maneras, el verdadero reto para una nueva forma de hablar de ideología, de proyecto y de convencer lo encuentro en la novela “En El Camino”, la novela de Jack Kerouac, cuando habla de que él sentía fascinación y seguía a «la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes». Lo malo es que con tres (veremos si cuatro) elecciones generales en cuatro años, las prisas por poner en marcha una campaña roba tiempo a desarrollar una nueva forma de comunicar.

Ojo, que hay gente que lo ha logrado.

Enrique Cocero

Consultor político y socio Fundador de 7-50 Strategy

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