La irrupción de Errejón

Una vez que se ha aclarado que vamos a elecciones («¡como que no estaba claro!», dirán algunos), estamos leyendo ya encuestas y predicciones, pero pocos las están mirando en el marco correspondiente a cada uno de los partidos. El caso es que preguntas como dónde está un partido hoy, dónde dicen las encuestas que está, dónde creen los votantes que estará en dos meses y dónde quieren estar los responsables de ese partido… no son preguntas que se resuelvan con una encuesta de domingo, a no ser que sean urnas.

En el ciclo electoral que tenemos hoy (lo de que “estamos siempre de campaña” empieza a ser cargante, porque un político está obligado a convencer cada día, aunque cuatro elecciones en cuatro años merece un ejercicio de autocrítica) partimos de una situación en la que, pese a lo que pueda parecer, sí hay cosas que han cambiado. En abril las Comunidades Autónomas no se situaban en el límite financiero actual, la crisis no se había nombrado por Alemania, la sentencia del Procés era algo “para después de vacaciones”, se suponía al PSOE capaz de formar gobierno e Íñigo Errejón no estaba, aunque sí que se le esperaba.

Por tanto, algo ha cambiado. La entrada del de Pozuelo en la pugna por los escaños añade, al menos, cuatro nuevas cuestiones a la realidad política: cuáles serán sus propuestas, cuál su diferencial, quién será su rival y quién su enemigo. Algo a lo que prestar atención, sobre todo si tenemos en cuenta que la misma fractura la ha sufrido el espectro que va del centro a la derecha.

Ante un escenario en el que el Partido Popular tenía competidores a ambos lados de la ideología, desde mi punto de vista, su error fue buscar el voto que se suponía en Vox y no a por el del centro (allí donde duermen las victorias). Un camino que no empezó en la propia campaña, sino que se venía dibujando desde meses atrás.

Y es que el votante de Vox en abril se extendía en un abanico que iba desde el que había encontrado respuesta a un vacío que se decía existir en el PP (vacío que, en realidad, no se había tocado en los últimos 30 años ya que nadie amenazaba por la derecha… hasta que se nombró), pasando por el que quería tan sólo quería darle una bofetada en la cara al partido de la calle Génova, hasta el que buscaba la bofetada a toda la clase política.

Íñigo Errejón llega, en cambio, para jugar en medio campo del progresismo: a la izquierda del PSOE, pero no tan a la izquierda como Podemos y, por esto, es por lo que le toca desarrollar el rol de pragmático disfrazado de moderado. Algo que se deberá evidenciar en contraposición a la inclinación hacia la utopía (¿distopía?) de Podemos y que no le ha dado nunca resultado: ni electoralmente vía sus propuestas, ni buscando un acuerdo debido a sus exigencias en la formación de un gobierno. De hecho, lo único que han tenido los morados a favor para ganar momento entre sus afines durante esta fase ha sido, simplemente, tener al PSOE en contra.

En un artículo que escribí hace pocas semanas hablaba de la encapsulación de términos en política y de cómo ésta era mucho más sencilla para la izquierda que para la derecha (me resultó curioso que Cayetana Álvarez de Toledo preguntara a Carmen Calvo en la pasada Sesión de Control por el, posiblemente, más relevante de todos los encapsulamientos; «progresismo») y, en este sentido, Íñigo Errejón aprovecha la ventaja, porque mucho de lo que quiere defender ya es asumido por la izquierda como propio y evidente.

Siguiendo con las auto-citas, una semana antes de hablar de la encapsulación escribí, también aquí, de cómo la regla general de la comunicación política actual iba por la vía del ataque Ad-Hominem. No a las ideas o a los resultados, sino a la persona. El señor Errejón llega con vocación de ser un diferencial y esto podría hacer que saliera de la dinámica establecida hasta la fecha. Es más, me resulta curioso haber leído en estos días un artículo en The Hill que hablaba de cómo la candidata en las primarias demócratas, Elizabeth Warren, había abandonado los ataques a sus rivales porque se habían demostrado perjudiciales para el otro candidato, normalmente Biden… ¡pero también para ella! lo que le ha llevado a intensificar mensaje focalizando en sus propuestas (que no son pocas).

Así que a este escenario llega la novedad de la campaña, sin nombre de partido, sin más posible candidato que él, pero con la expectativa a pleno rendimiento. Desde donde yo lo entiendo necesitará una agenda breve y concisa; de cinco puntos, sin perífrasis ni rodeos, sino con verbos que definan con claridad y un diferencial que hable de algo más que Gramsci, Mouffe o Laclau.

Necesitará una entidad más allá del “no es Iglesias” aunque cueste más que una campaña de urgencia desasociar las dos imágenes, algo que perjudicara a Iglesias. Estamos en un escenario electoral sobre el que vuela una abstención que puede ser muy relevante y que genera una paradoja muy interesante (hasta entretenida) porque, en contra de lo que se ha dicho siempre, la abstención no favorece al más votado. Favorece al que mejor sabe movilizar… asegurar, más bien, a su votante.

La velocidad de la política es enorme. Las actualizaciones en las redes sociales y la forma de interactuar en ellas varían con meses, los acontecimientos económicos se suceden de forma precipitada a nivel global y es el ágil y el que busca procesos iterativos, el que gana a los que gestionan campañas tradicionales y, con ello, las elecciones.

El que más tiene que asegurar su electorado, el PSOE, posiblemente vaya a hacer de nuevo su propia campaña sin preocuparse de Podemos (salvo en los debates, claro) y, mucho menos, de Errejón. Habrá referencias a los que ellos consideran culpables del fracaso de la legislatura, lógicamente, pero prevalecerá adueñarse del espacio del centro izquierda con propuestas y grandes términos, especialmente ahora que el terreno parece libre y que, donde están los votos que dan victorias, sólo se sitúan los de Ferraz.

La paradoja es que, si en escenarios de alta abstención el PSOE asienta su predominancia en la izquierda, el voto convencido que, pese a todo el esfuerzo de campaña, no quiera ir a los socialistas debería migrar a Errejón y no acabar en Podemos y, para ello, la mejor herramienta en alimentar ese trasvase es el propio PSOE.

Enrique Cocero

Consultor político y socio Fundador de 7-50 Strategy

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