Mandatos

El candidato a la Presidencia del Gobierno está de vacaciones y el resto de sus pares también. Sus segundos están activos, principalmente lidiando con la cuestión del Open Arms, con José Luís Ábalos dibujando la línea de la responsabilidad, Pablo Echenique yendo, por supuesto, a máximos (algo que se desdibuja cuando se lidera un gobierno y llega la primera crisis o el primer salto de la valla) y Pablo Montesinos dando como solución lo que es el principal problema: la coordinación de la UE en temas de inmigración y refugiados.

Dado que el tema de los rescates en el mar requiere un planteamiento denso (sólido lo veo imposible) y que escapará a los titulares, hay otras cabeceras que me han llamado la atención y una de ellas ha sido la de Abel Caballero en una entrevista en El País: “De limitación de mandatos hablan los que pierden”.

Puedo entender la fiebre de la frase porque, como bien recuerda el artículo en sus primeras líneas, el señor Caballero obtuvo un 68% de los votos en las últimas elecciones. En su respuesta, el argumento principal era “que hable la gente”. Esta sentencia me inquieta, porque anda que no he visto esa directriz en demostraciones públicas, declaraciones abiertas y en conversaciones privadas en casos que, posteriormente, no han tenido un desarrollo tranquilizador.

Así que, cuando me inquieto, miro a los grandes. Cuando oigo un discurso lleno de relato y carente de contenido, miro a Lincoln que, en el campo de Gettysburg, utilizó 271 palabras para expresar todo lo que era necesario escuchar. Cuando oigo hablar de limitar mandatos, miro a Harry S. Truman.

Nacido en 1884 en Missouri, ha sido uno de esos personajes de la historia que lo logró todo en la vida por el camino más largo. El único Presidente de los EE.UU. que participó en la Primera Guerra Mundial (Eisenhower lo intentó varias veces, pero cada una de ellas le dieron un destino interior), es uno de los dos que no han obtenido título universitario. Fue rechazada su candidatura a gobernador y a congresista y entró como quinto contendiente a las primarias demócratas a Senador por su estado.

Haber hecho las cosas por el lado largo, le dio la oportunidad de conocer mucha gente y generar una gran confianza, con lo que, en la campaña a senador, ganó las primaras de su partido y luego la elección a Roscoe Patterson. Como Senador, al frente del comité que llevaba su nombre, logró una reorientación en eficiencia y, sobre todo, en evitar el abuso y el malgasto en las instalaciones militares. Su programa llegó a ahorrar 15.000 millones de dólares de 1940, un año antes de que el país entrara en guerra.

En 1944 Roosevelt se presentaba por tercera vez a la reelección (ganó su acceso a la Casa Blanca en 1932) y necesitaba a alguien que sustituyera a Henry Wallace, demasiado escorado a la izquierda, demasiado amigo de los sindicatos y muy poco aceptado fuera de estos colectivos. ¿La opción más recomendada? Harry S. Truman que, por cierto, la “S” no significa nada (les animo a que busquen la anécdota con Harlan F. Stone en su juramento como Presidente tras la muerte de FDR).

En 1944, en plena guerra y encarando las siguientes elecciones surge de nuevo la vieja discusión de cuánto tiempo un Presidente debe estar en el cargo, cuestión que ya había surgido con los primeros mandatarios del país. Hamilton y Madison proponían mandatos de por vida (o hasta dimisión) y Mason calificaba esta idea de “monarquía electiva”. Es más, Washington quería retirarse ya tras su segundo mandato y notables fueron a verle a su casa de Mount Vernon a pedirle que se presentara una tercera vez, que sería ya la última por pura extenuación. El de Virginia advirtió en su discurso de despedida que no imponer una limitación de mandatos en la Constitución podría hacer que la Presidencia acabara en una condición hereditaria.

En las midterms de 1946, los republicanos se hacen con la mayoría de la Cámara de Representantes y rápidamente liberan la Resolución Conjunta 27 en la que se establece un límite de dos mandatos para el Presidente. Hasta 47 demócratas aprueban la resolución dando un total de 285 síes, lo que me hace mirar la afirmación del señor Caballero y empezar a considerarla un exceso anímico.

Una aportación del Senado termina de redactar la enmienda haciendo que se considere como no apto para la reelección aquel candidato que haya llegado a la Presidencia en la primera mitad del mandato del anterior. Por eso Lyndon Johnson podía aspirar a más de 8 años en el Despacho Oval, porque sustituyó a Kennedy en noviembre de 1963, aunque finalmente decidió no seguir más allá de su primera elección.

Como se trataba de una enmienda a la Constitución, se debía ratificar por las legislaturas de todos los estados y 41 de ellos la aprobaron entre 1947 y 1951. Consideren que, entonces, la Unión la conformaban 48 estados.

Algo más que aportar es que a Truman no le impactaba la enmienda: él podía presentarse tantas veces como quisiera, porque estaba redactada para futuros presidentes. FDR muere en 1944 y, al momento, Truman es nombrado Presidente. En 1948 se presenta ya como cabeza de “ticket” y gana a Dewey en una noche agónica de la que hay una célebre foto en la que el Presidente, sonriendo, sujeta un ejemplar del Chicago Daily Tribune en la que se lee “Dewey derrota a Truman”, evidenciando lo ajustado del recuento. Pues bien, en 1952 Truman anuncia que no se presenta a la reelección y, ese año, ganaría Eisenhower.

En la historia de la legislación más célebre sobre la limitación de mandatos encontramos, pues, las voces más sonoras, autorizadas y victoriosas que se contraponen a la declaración del alcalde de Vigo. La limitación de mandatos no tiene que ver con perdedores, sino con entender la necesidad de superar etapas. Tanto las propias como las que necesitan los votantes.

Enrique Cocero

Consultor político y socio Fundador de 7-50 Strategy

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