Objetos en el aire

“Dudar y discutir: éste es el síndrome de la civilización judía”

— Amos Oz.

Mucha más resistencia a la derrota y mucha mayor reivindicación de la victoria hubo en 2016 de las que está habiendo este año y, como es lógico, aún más hubo en 2015 ante un escenario incierto.

Este año no. Este año sólo hay un ganador que es Pedro Sánchez y nadie discute esto. Pero los enfoques no son críticos entre aquellos que han mejorado. Tampoco lo son mucho en el caso de Pablo Iglesias, quién busca una pátina de dignidad al insistir entrar en el Gobierno ante la evidencia de que, en la izquierda, el pragmatismo se ha impuesto sobre un idealismo agrietado.

Porque si Podemos vino a cubrir las grietas que la izquierda tradicional tenía abiertas, en 2019 el plano ha girado 180º dejando al descubierto una superficie más afectada por la erosión. Un idealismo de titular en el que su única renovación ha venido dada por la gente que se ha ido y un (otro) cambio de marca.

Hace 4 años Juan Carlos Monedero hablaba, en su entrevista con Iglesias en Otra Vuelta de Tuerka, de cómo a Achille Occhetto le tocó “apagar la luz” del Partido Comunista de Italia, pero hoy el líder de Unidas Podemos se afana en lograr un contrato prioritario con la “energética”.

Al tiempo Pablo Casado busca identificar a su rival y es que es importante diferenciar entre rival, contendiente y enemigo. En las generales el rival era Vox porque el Partido Popular había vuelto a sus “valores tradicionales” y recuperar ese voto parecía fácil bajo la nueva estructura. Hoy Vox pasa a ser contendiente, con un menor discurso regional y con una exigua presencia en términos municipales que puede permitir a Génova un respiro o un relanzamiento.

El rival ahora es Ciudadanos, un Ciudadanos que no tiene gran profundidad local y en el que, si ordenamos sus bazas principales, éstas serán las europeas (por vocación), las autonómicas (por necesidad), Madrid (por relevancia) y todo el movimiento generado alrededor del nuevo Congreso. Arrimadas ya se ha despedido del Parlament y Rivera se atribuye la hegemonía de la oposición, estirando la puesta en escena que le granjeó tantas simpatías en el primer debate y bastantes menos en el segundo (lo poco gusta…).

Mientras, siguiendo el ejemplo de Pedro Sánchez en las generales y si obviamos los debates, los líderes socialistas implicados en las elecciones del 26 de mayo, de forma discreta y sistemática, huyen del ruido y se centran en el mensaje, en la agenda. Nada fuera de lo planificado, nada fuera de lo programado, dejando que los errores los cometan otros.

El jueves el CIS ha concretado que la victoria del PSOE es inequívoca en casi todo el territorio nacional, tanto en autonómicas como en Europeas. Si acaso la mancha de no poder descabalgar a Colau en Barcelona ni poder condicionar su presencia o la de ERC al frente del ayuntamiento, pero la maquinaria puesta en marcha en febrero (y planificada bastante antes) sigue generando réditos y, sobre todo, seguridad en el elector

¿Por qué el resto no? ¿Qué ha fallado? Son preguntas que debían estar en las mesas de planificación del resto de partidos (y de los socialistas también, que todo cambia muy rápido) de cara a esta campaña. Improvisar e ir a golpe de reacción se ha demostrado mal remedio: en términos vectoriales transmite ausencia de dirección, sentido y esquiva la certeza.

Enrique Cocero

Consultor electoral y socio Fundador de 7-50 Strategy

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