Su peor enemigo

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¿Qué les pasa a los demócratas en EE.UU? Es tal el apelotonamiento de despropósitos en la primera semana de febrero que, por puro equilibrio, por karma o por eliminación, todo les debería ir sobre ruedas en adelante. El problema lo tienen en que la realidad avanza y que el equilibrio soñado no deja de ser parte una falacia denominada “de mundo justo”, cuyo principal enunciado se resume en “los buenos ganan, los malos pierden”.

Empezó el lunes con la resaca de no haber podido llamar a más testigos ni solicitar más pruebas en el impeachment, pese a todo el ruido añadido que trajo la filtración de ciertos pasajes del libro que publicará el exConsejero de Seguridad Nacional John Bolton.

El impeachment no ha llevado un desarrollo ejemplar. Ya de inicio tenía en la Cámara de Representantes partidarios acérrimos de votar a favor del juicio en el Senado antes siquiera de conocerse las acusaciones.

El impeachment no llevaba, desde antes de la filtración, un desarrollo ejemplar. Ya de inicio tenía en la Cámara de Representantes partidarios acérrimos de votar a favor del juicio en el Senado antes siquiera de conocerse las acusaciones. Las comparecencias en esta fase no fueron todo lo profundas y graves que se esperaban: mucho testigo de segunda mano y otros que valían más por su peso específico en las cuestiones a tratar que por su conocimiento de las circunstancias que rodearon al Presidente de los EE.UU. en el caso.

Una vez finalizada la primera fase, los demócratas (mayoría en la Cámara) sólo lograron reunir evidencias para acusar en el juicio en el Senado a Donald Trump de dos cargos: abuso de poder y obstrucción al Congreso. Lo irónico es que este último cargo surgía del propio proceso, no de ninguna acción anterior del Presidente. Para que se hagan una medida propia en cuestiones de impeachment a Bill Clinton (1989) se formalizaron cuatro acusaciones: perjurio ante el Gran Jurado, obstrucción a la justicia, perjurio en el caso Jones y abuso de poder, de los que, tras la votación, pasaron al Senado los dos primeros que, vuelvan a leerlos, no son menores ni difusos.

Escuchados los argumentos de las partes en el juicio del Senado, llegó la hora de que los senadores preguntaran a la defensa y a la acusación durante 16 horas divididas en dos días. El momento, en mi opinión, más bochornoso fue cuando Elizabeth Warren, senadora y candidata en primarias a las elecciones presidenciales, preguntó a ambas partes por su opinión sobre si no estaba en cuestión la legitimidad de John Roberts (presidente del Tribunal Supremo y, por orden constitucional, presidente del juicio en el Senado) y la Constitución según se desarrollaba el juicio. Lo peor es que era John Roberts quien que leía cada una de las preguntas que se querían hacer. La paradoja de los defensores de la virtud: para mantener su carácter necesitan arrojar dudas sobre aquellos que les sobrevivirán.

La paradoja de los defensores de la virtud es que, para mantener su carácter, necesitan arrojar dudas sobre aquellos que les sobrevivirán.

Los demócratas no llegaron con solidez al Senado. Se encomendaron a la providencia y esperaron lo que pudieron a que saltara algún otro tema que pusiera en evidencia a Donald Trump. Nada llegó hasta lo de Bolton y esto no fue suficiente para que un número necesario de republicanos votara a favor de llamar a más testigos. Sólo Romney cruzó la línea pese a que la prensa veía con esperanzas que la nueva versión de «The Three Amigos» (Romney, Murkowski y Collins), junto a Lamar Alexander, fueran una suerte de catalizador, pero no. Trump sale limpio y comienza el bombardeo que confirmaba que el impeachment era una caza de brujas.

Y luego llegó Iowa. Unas primarias que sólo son relevantes por ser las primeras, dejaron unas imágenes que los demócratas ni esperaban ni deseaban. El primero se resume en «Fiasco» (no me malinterpreten, es término del New York Times) que llevó a una consecución de despropósitos: una app que no funcionó y una sospecha de hackeo. Deciden entonces eliminar los teléfonos por mayor seguridad y que los resultados se comuniquen, tras logarse a un sistema seguro, a través de los ordenadores. Aquí descubren que, para acceder al sistema, se necesitaba el teléfono. Unan a todo esto una directora financiera del partido que no sabe usar una excel de Google y un buzón de correo de emergencia saturado. Allí lo llamarán fiasco, pero aquí tiramos de un sustantivo muy castizo.

Finalmente tenemos la cuestión del resultado. La militancia demócrata de Iowa siempre ha sido algo más radical que la media del país: Obama ganó a Hillary en 2008 y en 2016 ella salió sólo con 3 décimas de punto por encima de Sanders. Harkin arrasó en 1992 (año en que Bill Clintón ganó la presidencia) y en 1988 Gephardt dejó tercero a Dukakis. Lo más establishment que se recuerda fue en 2004 cuando Kerry quedó por encima de Edwards y Dean que, a ver… revolucionarios no eran.

Pero este año el duelo Warren – Sanders por ver quién es más socialista ha dividido ánimos y favorecido en el resultado de Iowa a un moderado, Pete Buttigieg. Los veteranos senadores no aunaron el voto radical y han dejado al de Indiana como nuevo hombre a potenciar. No es el favorito de muchos, pero sí la opción más pragmática y visto cómo se han atizado recientemente los dos senadores, junto a lo descolocado que se muestra Joe Biden, hacen de un exalcalde de una ciudad de poco más de 100.000 habitantes, el candidato demócrata más prometedor para gobernar un país de más de 328 millones de personas.

Hablando de millones… en dos días, tras Iowa, Buttigieg ha recaudado 2,7 millones de dólares. New Hampshire espera.

Enrique Cocero

Consultor político y socio Fundador de 7-50 Strategy

Artículo publicado en la edición impresa de Expansión

 

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