Terreno fértil

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Si Colón llega a América en 1492, los pescadores vascos, los de La Rochelle, los bretones y los normandos empiezan a faenar en Grand Banks, más allá de la costa de Terranova y Labrador, a principios del siglo XVI. Allí encuentran bancos de pesca que bien podrían haber pasado como el epítome de la abundancia. Poco tiempo después los portugueses desarrollan en Brasil una muy potente industria del azúcar (esto merece un aparte sobre el tráfico de esclavos, pero no es el objeto de este texto).

Algo más de un siglo después, un pionero (la historia de EE.UU. debe su épica a una consecución de osados en territorios por explorar), un peregrino llamado John Winthrop, llega al Nuevo Mundo con mil colonos y se asientan formando un grupo de media docena de ciudades en lo que hoy sería Boston. Como dice Paul Johnson en Una Historia del Pueblo Americano “la tierra de Dios les otorgó, tal y como creían, era tierra prometida”.

Tanto era así que cualquier cosa que se plantara, crecía y generaba cosechas exitosas. Sólo un 40% de la tierra se podía dedicar a la agricultura, pero era un suelo que podía producir gran variedad de productos y rendía casi al doble que lo que rendía la tierra en Inglaterra.

Pero resulta que las técnicas y los estándares en Nueva Inglaterra eran, bajo los parámetros europeos, un absoluto despilfarro. La tierra no se trillaba en condiciones, no se dejaba reposar… se cometía lo que expertos de la época denominaron «una carnicería». Y si los agricultores de Nueva Inglaterra eran descuidados, los de Virginia no eran, en absoluto, mejores.

Y es que, si la riqueza nos viene dada, si nos la encontramos de frente como la encontraron aquellos pescadores o los agricultores en el Nuevo Mundo, su gestión se hace complicada porque no hemos sabido cómo adquirirla; simplemente ha aparecido y, por tanto, desconocemos su coste o el esfuerzo requerido para explotarla.

Este exceso de riqueza y recursos lo vivieron en su momento Podemos, Ciudadanos y hoy tenemos en el disparadero a Vox.

Podemos pensó que el enfado o la indignación sería de largo recorrido, especialmente si éste era sobrealimentado desde sus voces principales. Pero perdieron el contacto con la realidad y se revelaron como un partido más que tradicional en sus peleas internas. Hoy han tenido la suerte de estar en el gobierno al tiempo que reorganizando aquel voluntarismo de limitar los sueldos.

Ciudadanos, por su parte, se centró demasiado en Rivera. En un momento de hiperliderazgos, era una buena idea, al menos muy gestionable, pero Rivera se fue convirtiendo en una versión manierista y llena de escorzos de un discurso que, no siendo sólido, pero sí impactante, en su momento le hizo ganar hitos puntuales.

Vox pasó su prueba de fuego cuando un Partido Popular renovado, con declarada intención de «recuperar los valores», no entendió que su patrimonio electoral lo había perdido a la derecha y que, por tanto, debía luchar por el centro: a fin de cuentas el centro es donde duermen las victorias.

Esa lucha por el voto de la derecha no iba a ser recuperado (y por ahora no va a serlo) porque, de volver, lo hará de forma gradual. Por tanto, el PP necesita marcar una distancia y definir su diferenciación (un básico), pero esa diferenciación la detenta hoy Vox, mientras los populares están intentando mimetizarse en un espacio ya ocupado, con lo que no hay vía por dónde crecer.

Pero al tiempo Vox, que parece entender dónde está su voto, no presenta indicios de cómo puede hacerlo crecer. Es decir; al igual que los colonos de Winthrop, ve un terreno fértil, pero no trabaja su continuidad. Aquí hay dos riesgos de los que ya hemos hablado y que no deben ser trivializados: el de Podemos, que ha podido agarrar la cuerda de las instituciones sobre la bocina, o una crisis profunda de ubicación y liderazgo como la que hoy sufre Ciudadanos.

De hecho, resulta curioso cómo hace un par de semanas Pablo Casado acudió a Moncloa para hablar de pactos de Estado con Pedro Sánchez, igual que aquella vez, tras la victoria en primarias del hoy presidente del Partido Popular y en la que no hubo contrapartida por parte de Rivera.

Rivera acabó acudiendo a la convocatoria de Sánchez y, después, se negó a volver, demostrando que no entendía a su votante y provocando una debacle electoral, porque los moderados no entendían tanto radicalismo disfrazado de firmeza.

Pablo Casado, con esta última visita, se reivindicó como el líder de la oposición y lo hizo con una paradoja: fue a que le ungiera Moncloa y a sabiendas, además, de que era un paso que Santiago Abascal no dará (que se prevea) a no ser que haya una urgencia nacional. Dado que la paradoja nunca está exenta de ironía, Pedro Sánchez se sacude así las manos porque, de esta manera, nunca va a tener que explicar por qué no recibe a Abascal.

¿Quieren un grado más de ironía? El primer medio al que acude Pablo Casado al día siguiente en horario de mañana es Es-Radio, como si quisiera reivindicarse ante el votante de Vox en vez de buscar medios con más oyentes el centro político.

Pero es que hoy Vox es el (¿rival? ¿pared?) elegido por el PSOE para que la derecha, sufriendo lo que la izquierda sufría hace tres años, se cronifique en una guerra interior, que no interna, por el monopolio de los valores y de la ideología. El PSOE, utilizando su alianza con Podemos para liberar algo más de combustible, tira argumentario por encima de la cabeza del PP y lo lanza a Vox. Vox reacciona siempre y, mientras, los populares buscan el rebote no entendiendo cómo no son ellos el contendiente, dado que acaban de ser legitimados por Moncloa.

Vox parece que se siente cómodo en esta dinámica. De hecho, ni siquiera Santiago Abascal ha preguntado a Pedro Sánchez en las dos últimas Sesiones de Control en el Congreso, lo que no es sino un error. Parecería que siguiera prefiriendo los grandes actos arropados (y van 3 Vistalegres) fuera del Parlamento a buscar comparativas que pudieran ser incómodas dentro. Pero es que un líder ha de ser multi-entorno y Abascal puede que sea quien tenga, en este momento, más facilidades para encontrar el punto débil de Pedro Sánchez. Si no explota esta ventaja, lo que ha ocurrido ya, así como lo que venga, podría ser considerado cómo la verificación de resultados en la estrategia de Moncloa.

Enrique Cocero

Consultor político y socio Fundador de 7-50 Strategy

Artículo publicado en la edición impresa de Expansión

 

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