Trincheras

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Si han estado atentos a la campaña electoral recordarán que, lo que muchos partidos ponían frente a sus audiencias, era que hoy vivíamos un nuevo modelo de democracia, nuevos retos, desafíos…

Pese a la terminología un tanto facilona, el escenario es cierto porque la sociedad ya está ahí, intelectual y físicamente. Pero mientras España vive un cambio en la demografía política, son los partidos los que hoy no se muestran capaces de asimilar la distancia entre sus palabras y su realidad.

Las formaciones tradicionales porque su predominancia (que ya no hegemonía) les sigue haciendo creer en una suerte de bipartidismo roto en el que ellos son los únicos legitimados para alcanzar el poder. Los nuevos, por su parte, parecen vivir en un entorno de osadía medida en la que buscan presionar al grande que les queda en su espectro ideológico, pero ya no se atreven a asaltar esa predominancia.

Si un componente de la política es gestionar la ilusión del electorado, la presencia de nuevos partidos ha transmitido esa ilusión en que, simplemente, hay nuevos partidos. Durante una época parecía que eso y elevar el tono bastaba para que se produjera un «sorpasso» (¿se acuerdan?) pero todo aquello ya se ha diluido porque hoy las caducidades son casi inmediatas. De hecho, cuanto más avanzamos en la interinidad, más recuerdo aquella viñeta de Quino en la que Felipe le explicaba a Mafalda lo ocurrido con el Partenón y esta contestaba “modernos, los antiguos, ¿eh?”, ya que los políticos de antaño parecían tener más claras las pautas de permanencia. Nostalgia, supongo.

Así que tenemos tres comportamientos: la espera, el atrincheramiento y lo que esté haciendo Ciudadanos, que es mostrar una actitud que, seguro, aplauden muchos votantes y sobre todo los que hoy están diciendo, “¿por qué no lo hicieron antes?”

El atrincheramiento es la posición más común, ya que atrincherados están el PSOE, Podemos, PP y Vox. El Partido Popular creyó que, en abril, podía recuperar el voto que se había ido a Vox tras la salida de Mariano Rajoy. El principio en el que reposaban se fundamentaba a costa de lo prometido en primarias por la ejecutiva entrante de “volver a los valores tradicionales del PP”. Los resultados de aquellas elecciones dejaron claro que ese esfuerzo sería infructuoso, porque el voto de Vox no iba a volver y porque era el centro no ruidoso al que se dirigía el exPresidente del Gobierno, el que podía haberle dado más representación. En cambio, en las elecciones de noviembre, Ciudadanos entendió un mal movimiento del PP como una oportunidad y se fue a por su derecha, dejando el centro libre, casi huérfano.

Hoy el PP no quiere perder la predominancia de la que hablábamos arriba, porque correría el riesgo de que, llegado el momento de aunar intereses y luchar por la hegemonía, alguien pudiera tener argumentos más potentes que ellos… o muy potentes contra ellos. Aquí es donde entra Vox que está atrincherado de otra manera. A los de Abascal le interesa empujar al PP a pactar un gobierno con el PSOE, porque eso les haría, automáticamente, líderes de la oposición, ya que el partido de Casado entrara o no en el gobierno, habría facilitado que Pedro Sánchez revalidara el cargo.

Al otro lado el PSOE, que supo luchar por el centro en abril, no reconoció la fragmentación de la izquierda y creyó que podía rentabilizar aún más el hecho de que, ante unas segundas elecciones, su punto de partida fuera Moncloa. Ese pensamiento, junto al de insistir para culpabilizar al resto de la repetición electoral que muy pocos, acérrimos si acaso, compraron, le costó al PSOE 3 escaños y más de 700.000 votos.

El PSOE, Pedro Sánchez, Moncloa… están manteniendo la llama viva de un posible gobierno progresista al que podrán llamar así si cuentan con las abstenciones necesarias por parte del independentismo catalán y los apoyos nacionalistas y regionalistas. Será un gobierno progresista porque PSOE y Podemos se sentarán en el Consejo de Ministros así que, cuanto antes se pueda pasar página y reintroducir el concepto, antes caerá en el olvido lo que han supuesto estos meses. A fin de cuentas, esa es la virtud del término: que “progresista” está tan bien envuelto, que no hace falta saber qué contiene. Vale con lo que se supone que hay.

Enrique Cocero

Consultor político y socio Fundador de 7-50 Strategy

Artículo publicado en la edición impresa de Expansión

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