Un arte que se pierde

“Cuando haces campaña y tienes que participar en tantos debates sólo para ganar la nominación de tu partido, acumulas mucha experiencia. De un debate a otro has de ser consciente de cuáles han sido tus errores. Para el momento en el que se produce el Gran Debate, ya vas muy pulido”.

No. No es Obama, o Bill Clinton o Reagan… ni siquiera Churchill. Es Arnold Schwarzenegger quien está detrás de estas palabras. Recordemos que ganó las elecciones a Gobernador de California en 2003 (originada por un “recall” a la elección de Gray Davis, pero abundar en esto sería salirse del tema) con un 48,6% del voto. Ganó la reelección en 2006 con un 55,9% y ha sido el último gobernador republicano de ese estado hasta, al menos, dentro de cuatro años. Schwarzenegger nació en Austria y debatió en inglés en Estados Unidos para ser el gobernador de un estado que, por sí solo, es la quinta economía mundial.

Así que “cuando haces campaña y tienes que participar en tantos debates…” es una frase que martillea porque el exgobernador revela una realidad que en España nos parece cada vez más inusual: el debate electoral.

No nos engañemos, estar a 10 días de las elecciones y que no haya programados aún dos debates desde poco después de conocerse la fecha de las elecciones es no querer debatir. Puede que no por todas las partes, pero el tacticismo es extremo, las excusas son pobres e incluir en el tema a la Junta Electoral Central no hace sino alargar el bloqueo.

Un debate, es cierto, es un acontecimiento de riesgo. Los que han recibido clase de Steve Jarding conocen lo que ocurrió en el debate presidencial de 1992 con Clinton, Bush y Perot. Marisa Hall Summers (que entonces tenía 25 años) pide hacer una pregunta, se le da el micrófono y pregunta cómo se han visto afectados los candidatos por la crisis que entonces dominaba la economía. Bush da una respuesta derivada hacia conceptos macroeconómicos y, mientras se vuelve hacia su banqueta, Clinton se ha levantado y está hablando con la mujer a una distancia suficiente para producir confianza.

Bush, que incluso fue cazado por una cámara mirando el reloj, no fue reelegido. Dudo que fuera por ese debate en concreto, pero Clinton, con una enorme intuición que no es sino el resultado de mucha práctica, causó un hondo efecto y ganó en la comparativa entre ambos que marcaría el resto de la campaña.

Así que sí, se corren riesgos, y caer en uno para mal es más probable que poder aprovecharlo para el propio beneficio (no soy coach de nada, así que prefiero enfrentar la realidad reconociendo que las oportunidades se aprovechan si estás entrenado y se pierden si no las ves venir).

Hoy a los debates se les exige encapsulamiento de ideas, porque la información que recibimos ya viene encapsulada; por titulares, por tweets, por posts… de Instagram ya ni hablamos, claro. Y lo aplicamos hacia atrás porque, por ejemplo, estos últimos días se nos ha recordado mucho el debate de Pizarro y Solbes tan sólo por la idea de que Pizarro le dijo a Solbes que estaban negando la crisis y cómo Solbes decía que 2009 sería un buen año.

No nos acordamos del test inicial al que ambos se sometieron para demostrar quién estaba mejor orientado en actualidad económica, ni las escapatorias de Pizarro con el “entonces no estaba en el PP”. Un debate preparado en cifras y no en discurso, pero nada de eso importa porque, al final, nos queda que Solbes negaba una realidad que conocía y tenía delante de sus narices, como luego aclaró en su libro Recuerdos.

No tengo para olvidar los golpecitos en el pecho de Pablo Iglesias en el debate de 2015 que, desde entonces, son marca de la casa pero que, en realidad, copió del papel de Martin Sheen en El Ala Oeste (a lo mejor por eso habla tanto de Juego de Tronos, como distracción y no desvelar sus fuentes).

Pero sí recuerdo los distintos enfrentamientos en una misma campaña entre González y Aznar o (gracias a YouTube) el debate de 1982 en La Clave, con idéntico formato que cualquier otro programa de la Clave y en el que en un mismo espacio estaba Arzalluz, Carrillo, Fraga, Guerra, Lavilla…

Los debates son útiles a la solvencia, permiten (hoy obligan) a condensar y encapsular. También permiten evaluar quién está más cargado de argumentos frente a quién, o quién saca los pies del tiesto antes (Pedro Sánchez y su ataque frontal a Rajoy en el cara a cara de 2015) o, como dejó claro anoche el debate a seis de RTVE, lo imperativo de que sean los candidatos a Presidente del Gobierno los que estén detrás de un atril, encima de una banqueta, sin ningún tipo de apoyo o sentados en sillas pero, en definitiva, en el mismo espacio confrontando ideas. Porque anoche, por muy disputado que hubiera sido el evento, la sombra de los líderes planeaba más que sutilmente.

Así que… ¿lo peor de todo? El metadebate, o debatir sobre el propio debate. Parece que éste sea el tema más interesante a falta de una fecha, una hora y una cadena. Por ejemplo, que sean 4, 5 ó 6 los participantes. En mi opinión el debate, al igual que las elecciones (y de hecho por estar vinculado a éstas) deja atrás una configuración parlamentaria, que se queda ya antigua, al estar inmersos en un proceso para enfrentar una nueva. Entonces ¿por qué limitar el debate a lo que ya había y no abrirlo a la perspectiva de lo que va a haber?

Enrique Cocero

Consultor electoral y socio Fundador de 7-50 Strategy

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