¿Víctimas o verdugos?

Si viajan a Roma les recomiendo que vayan a la plaza del Tritone. Ya sé que muchos cuelgan en alguna red social sus fotos en la Fontana de Trevi, pero, con todo respeto, la opulencia de la obra de Salvi, no posee la fuerza y la energía de la de Bernini (y está menos atestada de gente). La plaza donde se encuentra pertenece a la colina más alta de Roma, el Quirinale. Suban por la calle Quatro Fontane, dejarán la izquierda el Palacio Barberini, obra que sucesivamente comandaron Maderno (al que asistió su sobrino Francesco Borromini) y Bernini. Originariamente era un terreno de la familia Sforza que, en apreturas económicas, lo vendieron a la poderosa familia de origen toscano.

Suban un poco más y encontrarán el cruce con la Vía del Quirinale donde están las cuatro fuentes en cada una de sus esquinas. En una de ellas, en la que se representa el Tíber, está la iglesia de San Carlo alle Quatro Fontane, obra de Borromini, apadrinada por Francesco Barberini. Si siguen la vía hacia el sur-oeste verán Sant’ Andrea al Quirinale (obra, de nuevo, de Bernini encargada por Camillo Pamphilj, cardenal de otra poderosa familia con origen en Umbria).

Avancen unos metros y a la derecha se abrirá la plaza de Monte Cavallo presidida por un obelisco y en cuya base se encuentra la fuente de los dioscuros. Allí se ubica el Palacio del Quirinale. Custodiado por coraceros, fue encargado como residencia veraniega del Papa y hoy es la residencia oficial del Presidente de la República Italiana. En menos de 800 metros, por tanto, habremos recorrido un camino de historia, de poder, de política y de arte como la materialización de cualquiera de los anteriores. 

Hoy, el habitante del Quirinale, se llama Sergio Matarella y, desde la mayor altura que domina Roma, le toca decidir cuál es la mejor vía para paliar la inestabilidad política de un país que nunca que se caracterizó por sus aguas calmadas. Letta, Renzi, Gentiloni y Conte son los nombres que nos resuenan como primeros ministros de Italia desde que Mario Monti, el tecnócrata que gobernó para recuperar la economía, dejara el asiento en 2013 tras menos de dos años en el Palacio Chigi. En ese mismo periodo de tiempo España ha tenido dos presidentes del gobierno.

Para verlo desde Italia he ido al Corriere de la Sera y allí Massimo Franco habla de Conte como de un hombre determinado, que sabía que su tiempo en este gobierno había llegado a su fin (bien mediante moción de censura o no, me permito añadir, porque Salvini ha ido a por la opción de segar tras la de desgastar) y que ha sido, en palabras de Franco, «duro y riguroso con su vice y ministro», «demoledor», llega a decir, para irse con dignidad. Apunta el periodista que ha sido un éxito de Conte el quitarse «no una, sino muchas piedras de los zapatos».

Me ha llamado especialmente la atención cuando Massimo Franco habla de las dos vías posibles tras la renuncia del Primer Ministro: un gobierno sin continuidad con el actual y que se mantenga hasta 2022, o uno que lleve a elecciones.  Matarella quiere evitar que se acumulen las decisiones a tomar tras la caída del gobierno mientras Italia espera. Matarella quiere un gobierno que actúe, no un impass hasta que llegue un acuerdo improbable. 

Percepción: ¿víctimas o verdugos? El castigo del relato que quiere imponerse como resumen digerido (y dirigido) de situaciones en ocasiones complejas de las que no se tiene información completa. Salvini está hoy en un gobierno interino después de haber recibido un fuerte rapapolvo mientras, lo más que podía hacer durante el discurso de Conte, era gesticular. La moción de censura era un movimiento destinado a enmarcar en la inoperancia a un teórico aliado para pasar a catalogarlo como el rival. Resulta que ahora deja al de La Liga con la tarea de justificar su actuación.

Porque Giuseppe Conte hizo un recorrido por todo aquello que ha precipitado el fin del gobierno y tal cual ha quedado recogido por los medios, cada uno de los motivos. Y los dio teniéndole al lado, dejando caer en ocasiones su brazo en el hombro del líder derechista. Dejó incluso la sensación de que mucho de lo expresado en el Senado venía tras numerosas conversaciones en privado. ¿Cómo? Le dijo a Salvini en un momento de su intervención: “no te lo he dicho nunca, Matteo, pero no se usan símbolos religiosos en actos políticos”, invitando a la mente del espectador a entender que el resto de las cosas sí se habían hablado, posiblemente varias veces.

Será interesante ver cómo Salvini avanza tras este fin de gobierno y cómo las encuestas ubican a cada uno de los protagonistas. Recuerden que Renzi no llegó al poder a través de las urnas y que, cuando quiso hacerlo, el resultado fue devastador para el candidato.

Y, hablando de urnas, hay una parte de la intervención de Giuseppe Conte que que deber estar resonando desde Roma: “Hacer que los ciudadanos voten es un ejercicio democrático. Pedir que voten cada año es de irresponsables”.

Enrique Cocero

Consultor político y socio Fundador de 7-50 Strategy

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